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Patricio Bañados: “Para que cambie la televisión, tendría que cambiar la clase dirigente” El ex conductor de El Mirador confiesa que no ve televisión abierta

Patricio Bañados: “Para que cambie la televisión, tendría que cambiar la clase dirigente”

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Marco Fajardo Caballero
Por : Marco Fajardo Caballero Periodista de ciencia, cultura y medio ambiente de El Mostrador
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Para quien fuera uno de los rostros más representativos de la TV de calidad, la televisión pública no tiene mucho futuro si no cambia la clase dirigente. Quienes están al mando de las emisoras, dice, no tienen idea de televisión, «es gente nombrada por conveniencia política, algún correligionario que no tiene pega». En ese sentido, «creo que la vergüenza máxima se la lleva TVN, que supuestamente es una televisión pública pero es un canal comercial como cualquier otro».


Patricio Bañados, uno de los fundadores de la televisión chilena, estaba agotado. El locutor y presentador (Santiago, 1935), con más de medio siglo de carrera e ícono de la campaña del “No”, dio decenas de entrevistas en el marco del reciente lanzamiento de su libro Confidencias de un locutor (Editorial Cuatro Propio), donde cuenta su experiencia desde el comienzo. Sin embargo, unos días después se dio el tiempo para conversar con Cultura+Ciudad y realizar su análisis de un medio esclavo del rating que hace tiempo perdió la misión educativa de sus inicios.

– ¿Usted ve televisión actualmente?
-Veo bastante televisión, pero cable. Televisión abierta prácticamente no veo. Veo los titulares de las noticias. Dependiendo de los invitados que tenga, veo “Mentiras verdaderas” de La Red. Si hay algún partido de fútbol de la selección, lo veo. Pero lo demás es básicamente cable.

-¿Y qué ve en el cable?
-Veo películas que me interesan, hay muy buenos documentales en Films & Arts, esas cosas. A veces películas clásicas.

[cita]La TV tiene un poder educativo gigantesco. (La clase dirigente) tendría que entender eso, si es que no lo ha entendido, porque si lo ha entendido e intencionadamente le da basura a la gente, ahí tenemos otro problema bastante superior. A los esclavos en Estados Unidos se les prohibía aprender a leer. No vaya a ser que estemos ante una situación similar, que no se quiere despertar a la gente.[/cita]

-¿Por qué ve poca televisión chilena?
-Porque no me gusta y lo que dan no me interesa, aunque uno pase por ahí (haciendo zapping). Veo que están hablando de amores de señoritas que no conozco con jóvenes que no conozco tampoco, porque no estoy al día, telenovelas que nunca veo, aunque están bastante bien hechas, bien actuadas, pero no me interesan. Veo que hay unos juicios, donde unos se acusan, hay una jueza… pero no me interesa. Trato de ver el domingo en la noche “Tolerancia cero”, pero ahí también depende del invitado. Encuentro que ha aflojado mucho el programa en tratar los temas que a uno le interesan con la debida rigurosidad.

-¿Y programas como “Los archivos del cardenal”?
-Tengo entendido que era muy buen programa, pero no lo vi.

-¿Pero no lo ve por el horario o porque tampoco le llama la atención?
-Son series que nunca sé en qué canal las dan. Pero dicen que era muy buena. “Los 80” tampoco la vi. Mis hijos me decían que era buena, pero estar pendiente que tal día la dan a tal hora…

-¿Y qué le gustaría ver, o qué debería haber en la televisión para que usted lo vea?
-Mira, yo tengo un recuerdo, aunque sea un poquito una fijación, de lo que intentamos hacer cuando aquí nació la televisión, el año 61, 62, entregada a las universidades por un Presidente de derecha. No fue un comunista, un socialista, fue Jorge Alessandri, el líder de la derecha hasta que apareció Pinochet. Mejor que líder, el emblema, el personaje emblemático. Él decidió que la televisión tenía que ser universitaria. Me gustaría ver lo que intentamos hacer en esa época, sin recursos, y lo que vi en Europa los tantos años que viví (allá), principalmente la BBC. Una televisión entretenida, primero que nada, porque la televisión no es una sala de clases. Ahí nos topamos con otro problema del otro extremo, los que creen que hay que salir a darle clase a la gente con una pizarra: eso no es televisión. (Me gustaría ver) la televisión que vi en Inglaterra, en la BBC, con unos programas humorísticos que eran para matarse de la risa, con teatro clásico, con teatro contemporáneo, con discusiones de los problemas nacionales al nivel que todo el mundo lo puede entender, con discusiones encendidas a veces, con documentales de lo que pasa en todo el mundo… algo tan sencillo como eso, algo que tiene que ver con la vida cotidiana de cada uno, y no una cosa que no tiene nada que ver con nada.

-¿Y qué tendría que pasar para que se vea ese tipo de televisión en Chile?
-Me parece que tendría que pasar algo muy grave (risas). Yo creo que tendría que cambiar toda nuestra clase dirigente, los dueños de este país, los que mandan. La clase política y la clase económica, que han llegado a ser lo mismo, porque ellos son los que mandan.

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Foto: Javier Liaño

-Pero hablo también del modelo de financiamiento de la televisión, porque la BBC se financia…
-Con un pago de cada uno de los televidentes que viene con la cuenta de la luz.

-Se podría generar una televisión distinta con ese modelo. Porque finalmente, ¿a qué se debe que actualmente se den los programas como los que usted menciona y no otros?
-Porque es más fácil. Es más fácil juntar unas cuantas niñas bonitas y exhibirlas, o poner un humorista, que idear cómo entregar algo que valga la pena a la población, a través de un lenguaje televisivo, en otras palabras, entretenido. Por lo demás, quienes mandan exigen que se dé eso porque con tantos años de entrenamiento la gente ya está acostumbrada a ver eso, y si le dan otra cosa la encuentra rara y es posible que no la vea, aunque las cifras no indican eso.

Cada vez que se ha dado en la televisión un programa de calidad, el “bendito rating” lo ha respaldado. Por eso creo que tendría que cambiar la clase dirigente, para que tuviera conciencia de que un medio que llega a todos los hogares del país, las 24 horas del día, tiene un poder educativo gigantesco. Tendría que entender eso, si es que no lo ha entendido, porque si lo ha entendido e intencionadamente le da basura a la gente, ahí tenemos otro problema bastante superior. A los esclavos en Estados Unidos se les prohibía aprender a leer. No vaya a ser que estemos ante una situación similar, que no se quiere despertar a la gente, a pesar de que la gente, como hemos visto en el último tiempo, ha despertado igual. Porque ha sido la gente, el pueblo, los estudiantes, de colegio en algunos casos, los que han tenido que salir a la calle a decirles a los dirigentes políticos, para su vergüenza, cuáles son los temas que interesan. Y ahora resulta que son temas nacionales. Pero no los puso el Parlamento, ni el gobierno anterior o el anterior: fue el pueblo de Chile.

-Una de las cosas que dice en su libro es que con la transición no cambió mucho tras la dictadura.
-En lo que toca al esquema económico, político y social que impuso la dictadura, no cambió nada. Por supuesto que no siguió desapareciendo gente, porque eso habría sido el colmo, o no se siguió torturando a destajo a cualquiera que no pensara como el gobernante. Pero, aparte de eso, ¿qué cambió? También la televisión, como parte de todo eso, siguió igualita, eminentemente comercial, entregada a los vaivenes del ”dios mercado” y Milton Friedman, su profeta.

-Aún así, usted pudo hacer “El Mirador”, ¿o le parece que fue una excepción?
-Debe haber habido dos o tres excepciones. Excepciones siempre hay, no fue sólo “El Mirador”. Nosotros alcanzamos a hacerlo aceptablemente un par de años. Después cada vez la censura era peor, y el programa terminó por diluirse, se perdió en la noche de los tiempos, de a poquito. Se iban los periodistas, se cansaban de la censura…

-¿Le gustaría volver a la televisión?
-Mira, la televisión ha sido mi profesión toda la vida, de manera que si el día de mañana hubiera una oferta razonable, para trabajar razonablemente… es como preguntarle a un médico si volvería a ejercer la medicina. Pero no tengo ansias de volver a la televisión. De hecho me han ofrecido dos o tres cosas, pero ninguna me ha convencido.

-¿Tiene alguna idea sobre lo que le gustaría hacer, un proyecto o dos que nos pueda decir?
-Ya me cansé de hacer propuestas y de que me las rechazaran. Ya he dejado de pensar en eso. Veo con envidia programas que dan en ARTV, por ejemplo, programas de la BBC, programas sobre arte, sobre historia, muy similares a lo que yo hacía: un tipo que explica cosas, que te lleva por el mundo, te muestra cosas. Me da mucha pena, ¿por qué no lo podemos hacer acá? Porque no existe la voluntad de hacerlo. Te voy a contar una cosa: cuando yo llegué a Holanda el año 63, después del campeonato mundial, había un solo canal de televisión. Y en ese único canal de televisión, me parece que los jueves, a las nueve de la noche, horario prime absoluto, daban clases de inglés. Porque sabían que holandés sólo se hablaba en su país. Era un programa de la BBC que contaba las aventuras de un matrimonio, en su casa, y a través de eso se enseñaba inglés, los artículos, la conjugación de los verbos, pero era una cosa entretenida, como tiene que ser en televisión. Por eso, frente a países con esa seriedad, con esa conciencia respecto a sus necesidades, ¿qué podemos oponer nosotros como para decir que vamos a llegar al desarrollo? ¿Por qué no lo hacemos? Porque no queremos, por flojera o, como dije antes, por la intención de la clase dirigente de mantener ahí nomás a los que no tuvieron la suerte de educarse en Harvard o vivir diez años en Europa.

-Seguramente en la televisión hay gente que piensa como usted, pero no está en cargos de poder. No creo que sea el único que piensa de esta manera.
-Espero que no. Los dueños son los que mandan sobre lo que se hace. Yo no culpo a mis colegas ni un segundo, están haciendo dignamente lo que se les exija que hagan. Algunos lo harán con más placer que otros, pero la gente tiene que ganarse la vida. Yo alguna vez hice de Viejito Pascuero en la televisión, si aquí no hay santos. Yo detestaría que alguien me atribuya virtudes que no tengo.

-¿Hay algún personaje o programa televisivo que le parezca especialmente nocivo?
-No hablaría de personajes, no me gusta entrar en eso. Pero he empezado a escuchar garabatos en la televisión, y me parece que aunque los chilenos hablamos con garabatos constantemente y alguien podría decir que así hablamos normalmente, hay muchas cosas que hacemos normalmente y no las hacemos en televisión, muchas rutinas diarias que no tienen nada de vergonzoso. Y eso toca otro aspecto: la vida privada. Hay muchas cosas que no son ningún secreto de la vida privada, pero no hay por qué hacerlas públicas. Yo no soy partidario del uso del garabato, salvo en las construcciones dramáticas. Pero en otro tipo de programas no me parece necesario. En cuanto a los canales, creo que la vergüenza máxima se la lleva TVN, que supuestamente es una televisión pública pero es un canal comercial como cualquier otro, donde nombran gente por conveniencia política, algún correligionario que no tiene pega. Mientras yo estuve, tuvimos de director en TVN a un veterinario, un yerno de Pinochet.

-Una de las cosas que dice en su libro es que en TVN se ha nombrado, en dictadura y democracia, a gente que no tiene idea de televisión. ¿Cuánto sabe la gente que hoy está al mando de TVN?
-Que yo sepa, nada. No tengo contacto con ellos, pero es evidente. Nombran a gente por política.

-¿Y qué hace la gente que sabe de televisión? ¿Está subordinada a ellos?
-Sí, absolutamente. Tienen que comer. Si a un excelente director dramático le dicen que haga una telenovela o se queda en su casa, lo tiene que hacer, lo que es perfectamente legítimo. Los que no tenemos fundo, tenemos que trabajar.

-Usted pagó con muchos años de ostracismo por su actitud de dignidad. ¿Se arrepiente de eso?
-Es un poco tarde para arrepentirme, pero la verdad es que he tenido una vida tan satisfactoria… Viví diez años en Europa a cuerpo de rey, fui contratado por la Radio Nederland, por la BBC de Londres, por la Sociedad Suiza de Televisión y Radiodifusión… Vi los mejores espectáculos del mundo, a Laurence Olivier en “Otelo”, vi bailar a Nureyev con la Margot Fonteyn, he escuchado la Quina Sinfonía de Beethoven interpretada por la orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, he visto en teatro a los grandes actores de la época –Ingrid Bergman, Alec Guinness, en Nueva York a Henry Fonda, a Ginger Rogers–, conozco Sudáfrica, Nueva Zelandia, la India, San Petersburgo, Oslo, en fin, ¿entonces de qué me voy a quejar si lo he pasado estupendamente bien?

He comido en los mejores restaurantes del mundo… No puedo decir que me arrepienta… me da un poco de pena nomás… por el país… porque yo lo he pasado bien, pero al país no se le está dando nada. A la gente que más lo necesita, porque la gente que no tiene cable es justamente la que tiene menos dinero, y es la que tiene menos posibilidades de pagarse espectáculos caros, buenos libros o viajes, es justamente la gente a la cual le podríamos obsequiar una televisión de calidad, decirle mire lo que existe en el mundo, véalo. Porque, ¿cuántas veces hemos escuchado a famosos escritores, artistas, futbolistas, lo que sea, decir “yo no tenía idea de esto”?

Tocar la mente de un niño con distintos aspectos de la cultura humana, que incluyen el fútbol, lo que sea, pero ofrecerle un abanico, debería ser un deber para una sociedad como la nuestra, donde por lo menos el 30% de la población no tiene para pagarse el cable y no sé si decir que vive en la pobreza, pero sí vive muy precariamente.

-Usted podría haberse quedado afuera, haber hecho carrera afuera, ¿por qué decidió regresar a Chile, viendo todas las posibilidades que había?
-Bueno, porque soy chileno. No soy inglés, ni holandés. Holanda es como una casita de muñecas, maravillosa, todo ordenadito, las callecitas, las casitas, todo funciona como un reloj, pero no hay un cerro… Londres es una ciudad de una vida cultural maravillosa, tiene esos pubs con esa cerveza inglesa que echo de menos hasta hoy, tiene miles de gratificaciones, pero es una ciudad gigantesca, asfixiante. Y aquí en Santiago, en el Chile de entonces, yo me iba a venir a una casa con un jardincito a vivir en un barrio tranquilo, podía andar en bicicleta, y con montañas, lagos, todas esas cosas. En Suiza el problema de los idiomas era insoluble. Nosotros vivíamos en Berna, donde se habla un dialecto, pero la televisión habla alemán, francés e italiano, y en la casa nosotros hablábamos castellano, pero venían los abuelos y hablábamos holandés, y nuestros mejores amigos eran canadienses y con ellos hablábamos en inglés. Era una majamama. De mis niños, el más chico llegó de meses, la segunda llegó de dos años y la mayor de cuatro años, entonces los niños tenían dificultad para expresarse. Ocho idiomas que ninguno servía para nada. Había aspectos muy gratos de vivir afuera –el orden, el respeto, el respeto al trabajador–, pero mi destino estaba acá. Nací aquí, tengo mis costumbres de acá… No te voy a decir que echaba de menos, pero nunca pensé en quedarme afuera.

-¿Sigue creyendo que la misión de la televisión es educar?
-En un sentido amplio, sí, tiene el deber de ser un ejemplo, debe tener unos estándares de calidad bajo los cuales no puede caer. La pregunta de si la televisión debe educar o no, es un poquito falsa, porque está educando siempre. Cualquiera que haya estudiado comunicaciones sabe que toda comunicación es formativa y enseña. Un niño que ve a alguien caminando así, ligerito va a caminar de igual manera. Entonces, si sólo das gritos y vulgaridad, le estás enseñando al niño que así es la cosa, que hay que gritar y hablar con desparpajo, con descuido. Si le das otra cosa… 

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