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Análisis

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Festival de Teatro Container: Una interacción entre audiencias, arte y ciudad

por 4 abril, 2016

Festival de Teatro Container: Una interacción entre audiencias, arte y ciudad
Festival de Teatro Container, realza además la idea territorial, la ciudad se dota de otros significados, y adquiere una poética a través de diversas instalaciones que se diversifican en Valparaíso.
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Valparaíso, puerto, containers, cerros, diversidad y cultura, son elementos que dialogan y que le dan forma al Festival de Teatro Container, un evento teatral que rompe las estructuras clásicas de actor-audiencia, la tradición de las butacas y la lejanía del artista con el público. En todo el festival se evidencia la idea de movilizar a la audiencia en torno (y dentro) de la acción artística, con el objetivo que este no solo se identifique como un ente pasivo que observa la cultura como algo que está al otro lado y ajeno, sino que el festival busca una audiencia que forme parte de la acción artística.

La escena en este tipo de espectáculos logra una tridimensionalidad, por el carácter performativo que esta posee, puesto que en muchos casos, el proceso de puesta en escena de las obras incluyen al espectador y el resultado de esto es el diálogo de la comunidad y el arte.

Festival de Teatro Container, realza además la idea territorial, la ciudad se dota de otros significados, y adquiere una poética a través de diversas instalaciones que se diversifican en Valparaíso. “Partimos con el container. Símbolo de nuestro mundo globalizado donde los objetos son más libres que los hombres para viajar. Y los desplazamos de sus espacios habituales y los transformamos en espacios para hacer teatro”, afirma la producción del evento.

El teatro y la escena, así, cobran otro motivo, no se le da relevancia tan solo a la obra teatral en sí misma, sino que se le da importancia al fenómeno social y cultural que ocurre al instalar estos containers por la ciudad.

Hacer un recorrido siguiendo la ruta de los containers y, por tanto, de estas obras artísticas, es vivir una experiencia que tiene un sentido en sí misma: la comunidad se acerca a la cultura y la cultura a la comunidad, se produce un diálogo importante, el arte se inserta en las calles, en los barrios, en las esquinas, es la cultura de container que contiene Valparaiso como puerto y el solo hecho de que estos enormes objetos estén repartidos por diversos cerros y barrios de la ciudad, permite además conocer los distintos recovecos de la misma, donde el espectador  se introduce en la obra artística y también en la dinámica de la ciudad.

“Cocina pública” es un espectáculo que funciona como claro ejemplo de este fenómeno, la obra de arte es el barrio, donde los personajes somos los que participamos, “la gente” constituye la acción artística, es el sentido de comunidad que se logra a partir de la instancia de comer en comunidad, una actividad antiguamente tan normalizada y que hoy resulta ser casi de museo.

Las mesas largas, la olla grande, la cocina con una estética cálida y reconocible en el inconsciente colectivo como algo popular que, a su vez, está adaptada a un container donde, además, hay música en vivo; todos son elementos que le dan forma a una instancia, a un momento irrepetible, donde el ritual de comer en conjunto deviene en cierta teatralidad que se le entrega a ese momento, logran así un dispositivo que transforma una comunidad, acercándola y apropiándola de su propia tradición, de tal modo que un ritual cotidiano –comer- se vuelve una experiencia estética.

Frente a esta acción artística podríamos preguntarnos, ¿reunirnos a comer es una obra de arte? ¿Se puede llamar teatro? ¿Comer pasa a ser parte de una acción cultural? En este caso, por el enunciado y el enfoque que la compañía le designa a este momento, parece ser que sí. “Cocina pública” instala implícitamente el cuestionamiento de si la cultura y el teatro son importantes para el pueblo o el pueblo también es importante para la cultura, puesto que de ahí podemos sacar infinitas historias, vivencias, tradiciones, porque otro elemento unificador que plantea de forma muy inteligente la compañía, es compartir diferentes recetas de cocina, precisamente porque se manifiesta la riqueza cultural que tenemos y que esta guardan secretos de familias y libros viejos de los abuelos.

En esta misma línea de comunidad, nos encontramos con una performance, llamada “Encuentro de cajas” y tal como el nombre lo bautiza, no tiene ninguna otra pretensión que “la honestidad del encuentro” eso, por sí solo, denota la belleza que proporciona el montaje.

“Están expulsados de su casa y solo tienen 5 minutos para reunir sus objetos personales antes de marcharse, ¿qué objetos llevarían?” con esta pregunta, la compañía francesa Kumulus, desarrolla un taller con vecinos de Valparaíso durante los primeros días del festival, un taller gratuito y con personas que nos son del medio teatral, sino vecinos comunes y corrientes; el resultado de este proceso de taller, se pudo presenciar (y participar de él) en medio de la plaza Yungay en el cerro del mismo nombre.

“Encuentro de cajas” supone a un grupo de performers (chilenos y franceses) que comienzan a comunicarse a través de un lenguaje inventado, lo que genera un efecto de unificación cultural: en la imposibilidad de las palabras, son los gestos, la kinética y la proxémica, las que definirán la comunicación, las barreras y diferencias lingüísticas son tantas que pasan a cero, son tan totales que dejan de importar. Así, el único elemento que distingue a los performers son sus historias y secretos, que se encuentran al interior de las cajas.

El aspecto interesante que demuestra también el montaje, es que a pesar de no tener compresión lingüista convencional, logramos acceder a los diversos mundos internos de los personajes a través de los gestos, miradas, e interacción con el público, se evidencias temáticas tales como identidad, destierro, éxodo, la huida y la emigración. El distanciamiento –incluso en el sentido brechtiano del término- es total en un sentido, hasta tal punto que reorganiza las posibilidades comunicativas y nos hace verlas como algo nuevo, diferente y nos aproxima al problema de las relaciones comunicativas y humanas con una visión nueva.

En otro espectáculo, bajando por Cerro Cárcel, podemos ver a un grupo de jóvenes experimentar y dialogar con sillas, además los sigue un músico, que dota de ritmo la escena, donde los autos que pasan, las paredes, la arquitectura se transforma en una escenografía gigantesca y en elementos de diálogo para los participantes, de este modo culminaba el taller dictado por Satchie Noro que se dicta en marco del festival de Teatro Container.

En este caso en particular, la audiencia está por todos lados, debido a que la gente mira por las ventanas, pasan y se detienen extrañados al ver un grupo construir imágenes con sillas, en el suelo, acompañado de gestos, acciones y sonidos.

A su vez, en Plaza Sotomayor, vemos un container rojo enorme, un cuerpo dialogando en las alturas del mismo y un músico que dialoga con la imagen. Es todo y al mismo tiempo es nada para la inmensidad que proyecta el cuadro. En efecto, veíamos como el container expulsa un cuerpo liviano del volumen impetuoso y solido que proyecta el metal, contraste de la rigidez material versus la soltura y fluidez de una mujer que danza en el aire casi, una danza aérea de majestuoso atractivo visual. El container se movía con una espesura propia de un objeto pesado e industrial y en su movimiento se contrastaba como una avalancha a la presencia femenina que danzaba y   dialogaba en el espacio.



Satchie Noro en su performance logra mantener un diálogo constante con container apropiándose de él, introduciéndolo no como un objeto externo a su obra, sino que haciéndolo formar parte de la escena. Por cierto, la calidad de los movimientos denotan un gran profesionalismo, las destrezas que a simple vista parecían fáciles, eran a ojos de cualquier entendido, enormemente difíciles de establecer en la altura.

Cuando nos referimos al concepto de intimidad que contiene el teatro container, es imposible no mencionar   la obra "La voz" de la compañía “Perro Negro”, el sentido diferenciador de este montaje es la intimidad que se logra en el container, esta obra no podría realizarse del mismo modo en un teatro tradicional, la dirección tuvo la sensatez de apropiarse del espacio container, traduciéndolo en el factor principal que lleva a la actriz (única) a relacionarse emotivamente con la audiencia.

La actriz –Consuelo Holzapfel- articula esta versión de la voz humana, la obra de Jean Cocteau y en ella proyecta una especie de patetismo profundo, una especie dolor vital que causa, por una parte conmiseración y por otro lado risas, en una paradoja que solo da cuenta de la brillantez tanto del texto como de su actuación. Consuelo Hozaplfel encarna muy bien a la mujer despechada y herida que habla por teléfono y con alguien más (que no vemos) y nos invita a introducirnos en ese mundo, en la profundidad emotiva del personaje, haciendo al público parte de la situación, del dolor, del sin sentido, del abandona y la soledad. . El montaje es preciso, inteligente y cada elemento del mismo tiene un sentido en la totalidad.

Si cabe destacar que probablemente la obra podría profundizar más en elementos que integren al contenedor como parte de la escena y del mundo del personaje, precisamente porque a momentos la escena se trasladaba a un teatro íntimo, más que a un container.

El Festival de Teatro Container proyecta multiculturalidad y un gran profesionalismo en su ejecución, en la calidad de los montajes y el sentido de selección de los mismos, evidentemente este festival debiese ser tan conocido como Santiago a mil o Santiago off, porque potencia la descentralización, tiene montajes gratis y los pagados sólo tienen un costo de $2000, a pesar de recibir montajes internacionales que siempre implican mayores gastos, por lo demás, el evento se toma realmente la ciudad de Valparaíso, es decir, es un programa artístico del que, sin duda, hay que hablar e invitar a vivir la experiencia de él.

 

 

 

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