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Obra “Demasiado cortas las piernas”: la configuración del monstruo

por 30 enero, 2019

Obra “Demasiado cortas las piernas”:  la configuración del monstruo
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El monstruo, a lo largo de la historia, ha ido mutando en su concepción, desarrollándose en diversos aspectos, tanto así, que puede contemplarse como un rol cultural, mucho más que como una forma negativa de la naturaleza, como parece haber sido su definición en las culturas más antiguas.

Por extensión, su espacio de acción y el repertorio de instituciones que convergen sobre la monstruosidad, igualmente irán variando a través de los siglos, debiendo toda la arquitectura social y sus tecnología de poder, ir evolucionando, cambiando, cerrando caminos y abriendo otros; en una palabra: dinamizándose, en virtud de domesticarlo.

“Demasiado cortas las piernas” obra presentada dentro del marco del Festival Internacional de Teatro Santiago Off en GAM, al menos desde una perspectiva, precisamente encara –estéticamente- la configuración del monstruo en términos sociales (y por tanto humanos), haciendo el nada despreciable esfuerzo de sacarlo de la zona de lo ominoso y con ello generar una epifanía (literal: epi-fanos) en el (no tan) respetable público sobre, más que la naturaleza, el sentido de lo monstruoso.

“Demasiado Cortas las Piernas” es un montaje que a partir de la dirección y las actuaciones levanta una propuesta en torno a la discusión no solo sobre la monstruosidad, la pedofilia o el deseo, sino también al modo cómo entendemos el amor, a como nos constituimos a través de las instituciones docilizadoras y, sobre todo, cómo nos enfrentamos a las emociones a partir de las relaciones que la comunidad legitima o no.

El montaje, a partir de una narración que va construyéndose en escena, expone poco a poco y sin certezas absolutas, la historia de un padre, obsesionado con su hija pequeña, a tal punto que conforma una relación incestuosa con ella, a partir de esto, el núcleo familiar, social y las diversas instituciones vinculadas a la familia (colegio, hospital, trabajo) se ven tocadas; en este sentido, la obra no solo se ocupa de la relación víctima-victimario, sino que observa a toda una red social que se ve ajada por los hechos. Desde ese mismo lugar, la obra no es categórica, de tal manera que organiza discursos que, permanentemente, ponen en tensión a esas instituciones, así como a la moral occidental, judeo-cristiana.

La dirección de Heidrum María Breier compone el montaje a partir de un lenguaje que toma distancia de la emotividad y la pasión, tan solo en algunos momentos ingresa en la emocionalidad más evidente, la obra solo entrega en contados momentos escenas donde la violencia, la pasión, el dolor, se manifiesten de manera evidente, por el contrario, Breier busca un lenguaje escénico desde la distancia fría dada por la reflexión, una mirada aséptica que, por lo mismo, hace que las acciones tengan una carga más efectiva a la hora de explotar. Esta decisión, también puede estar vinculada a la necesidad de tratar un tema tan complejo como este, desde un lugar que permitiera a la compañía abordar lo escabroso de las acciones sin generar un efectismo pobre y quedarse en la superficialidad, sino, como se logra, profundizar en las acciones, más allá de lo obvio; en este sentido, el trabajo de Heidrum Breier es sólido, eficiente y se observa una propuesta direccional en él y no una mera organización de escena.

El texto es de la dramaturga suiza Katja Brunner. Por supuesto, viniendo de un país primer mundista, una escritora o un escritor, queda revestido de un hálito de genialidad al que no siempre (incluso a menudo) no hace justicia. Tal vez este sea el caso. El texto tiene, sin duda, algunos aspectos muy interesantes, incluso notables, el primero y más fuerte es que la autora trata su tema sin hacer concesiones a lo políticamente correcto, con ello, produce una dramaturgia feroz en términos conceptuales y reflexivos, del mismo modo, en medio de la normalización de las acciones perversas que expone, permite deslizar algunos diálogos de naturaleza profunda, también, articula el juego de ir construyendo las acciones con múltiples voces que piensen y crean lo sucedido, es decir, se reflexiona no solo sobre el tema, sino también del acto mismo de relatarlo.

Sin embargo, es un texto altamente narrativo, lo que no deja de ser paradójico si pensamos no solo que se trata de teatro, sino que la misma autora, en una entrevista del 2015 dijera “Mi fascinación y mi amor por la dramaturgia fueron evocados por la experiencia, el sentir el poder de la palabra hablada en cualquier tipo de espacio donde pueda ocurrir”, de manera que no deja de sorprender la marca narrativa del texto, en una dimensión que lo hace lento y denso innecesariamente, perdiendo verdad escénica (no realismo) en varias ocasiones, los diálogos y narraciones terminan por sonar impostados (a pesar de los notables actores y la actriz) lo que quita peligro y fuerza a la obra, la historia y sus reflexiones quedan expuestas desde una visión distanciada, algo cool con esa cooleza que solo la más radical burguesía puede tener. Pero bueno, es una autora suiza… debe ser buena.

Las actuaciones, son, sin duda, el punto más alto del trabajo. Néstor Cantillana sitúa su personaje con diversos matices que permiten ver los –por llamarlo de una manera- distintos viajes internos que vive durante la obra, logra dar verdad a diálogos que en otros intérpretes tal vez sonarían vacíos y constata su capacidad de movilizar sus emociones en virtud de las exigencias del montaje, su trabajo no deja de conmover y de resaltar en el público, precisamente porque maneja con remarcable solidez las tensiones y distensiones emotivas, corporales, de acción, de hable en su personaje.

Gonzalo Muñoz es un actor especialmente interesante, creo que siempre lo ha sido, se moviliza brillantemente desde los segundos planos hasta convertirse en el centro de atención de las acciones, su trabajo tiene el particular rasgo de manejar los ritmos escénicos con precisión e inteligencia, avanzando, retrocediendo, desbordando o guardándose, en virtud de las acciones que la obra va requiriendo.

Álvaro Espinoza es un actor que también logra dar verdad y emoción a textos que, en otras manos, serían infinitamente más pobres. La brillantez de los diálogos y narraciones, en este caso, recae en manos de los actuantes y, sin duda, Espinoza logra un trabajo brillante en este sentido, en la medida que da fluidez y verdad a sus palabras, lo mismo que a su presencia en escena, Espinoza es un actor muy bien templado, en el sentido de saber equilibrar con abrumadora naturalidad sus emociones y formas comunicacionales en escena.

Macarena Teke, por su parte, propone uno de los trabajos más notables de la puesta en escena. Integra, con profundidad y sentido estético, la capacidad de emerger y desaparecer según la acción se desarrolla, matiza sus textos con sensibilidad, con una profunda lectura de los mismos y, sin duda, construye una versión emotiva, feroz y también inteligente de su personaje; sin duda, uno de los puntales más compactos y firmes del montaje.

Félipe Pérez, el cantante de la obra, permite un fluir de las acciones y entrega matices emotivos bien manejados y que aportan notoriamente al total de la puesta en escena.

El diseño de Toro es perfecto: elegante, sencillo (pero no simple), bien articulado en relación a la propuesta escénica de Breier, del mismo modo, el diseño sonoro de Javier Panella funciona en la misma lógica, integrado de manera sutil a la totalidad y, del mismo modo, aportando una ambientación particular para los diversos momentos del montaje.

“Demasiado Cortas las Piernas” es un montaje que a partir de la dirección y las actuaciones levanta una propuesta en torno a la discusión no solo sobre la monstruosidad, la pedofilia o el deseo, sino también al modo cómo entendemos el amor, a como nos constituimos a través de las instituciones docilizadoras y, sobre todo, cómo nos enfrentamos a las emociones a partir de las relaciones que la comunidad legitima o no.

 

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Envíada por Pietro Sferrazza T | 7 diciembre, 2019

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