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Neurociencias: cómo el internet ha cambiado la forma en que pensamos

por 4 septiembre, 2019

Neurociencias: cómo el internet ha cambiado la forma en que pensamos
La actual utilización excesiva de tecnología generado consecuencias, entre ellas, el uso de teléfonos inteligentes a edad temprana se ha vinculado a niños fácilmente distraibles. Una hipótesis al respecto hace alusión a un nuevo concepto llamado media multitasking. Este concepto corresponde a la interacción con múltiples estímulos simultáneos de forma superficial, generando usuarios malos en pruebas que requieren cambiar de tareas o sostener la atención en una determinada, ya que se distraen fácilmente con estímulos irrelevantes necesitando una mayor concentración para no desenfocarse.
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Inimaginable hace una década, es el hecho de que hoy tenemos un gran, rápido y fácil acceso a todo tipo de información. Ante cualquier duda podemos usar nuestros teléfonos inteligentes, encender el computador o tablet y encontrar el nombre de esa canción de la cual solo recordábamos una fracción del coro, la ruta más rápida y con menos tránsito para llegar a nuestro destino o simplemente cómo cocinar algo nuevo. Hace un tiempo no se sabía con certeza que efectos podían tener estas nuevas formas de conexión, obtención de información y comunicación sobre el cerebro humano, pero medio siglo de estudios ha permitido saber que el cerebro es un órgano altamente maleable gracias a su gran plasticidad, y que se modifica por los estímulos del entorno, como estudiar un segundo idioma o aprender a hacer malabares.

Un estudio de la Universidad de Yale analizó cómo el internet afecta nuestra percepción de los conocimientos propios, y sus resultados indican un aumento en la seguridad de estos cuando tenemos acceso a internet para rellenar los vacíos en nuestro saber. Además, plantea una difuminación entre nuestras memorias y los contenidos de internet, ya que, al preguntarle a sujetos de estudio que habían usado buscadores online para complementar sus respuestas a algunas preguntas, el motivo por el cual sus respuestas eran completas y correctas, estos lo atribuyeron a una “mayor actividad cerebral”.

La discusión sobre los efectos positivos y negativos del uso de internet se inició en base a un estudio que indicaba que los jugadores de un famoso videojuego multijugador masivo presentaban una considerable reducción de la materia gris en la corteza orbitofrontal, área encargada de regular la impulsividad y la toma de decisiones. Un estudio reciente publicado en el Diario Oficial de la Asociación Psiquiátrica Mundial habla sobre como el internet podría estar cambiando nuestra forma de pensar y desenvolvernos dividiendo el análisis en tres aspectos principales: El primero de estos fue la atención y como un flujo constante de informaciones, avisos y notificaciones compiten por captarla y la desvían de tareas que requieren una concentración constante y sostenida. El segundo aspecto fue la memoria y el conocimiento, planteando como el internet se ha convertido en el recurso principal para la solución de tareas y preguntas, y como esto afecta la forma en que procesamos recuerdos nuevos y valoramos nuestro saber personal. El tercero de estos aspectos es el de la cognición social y cómo se generan consecuencias personales y sociales de incorporar las redes de contactos, interacciones y estados dentro del mundo en línea.

Media multitasking

Sabemos que hoy en día el mundo moderno podría considerarse “online”, ya que los dispositivos móviles con acceso a internet han disminuido significativamente la brecha digital que antes se presentaba entre países de alto ingreso versus aquellos de ingresos más bajos. Hoy un 95% de los jóvenes estadounidenses tienen acceso a internet y un 45% de estos reporta estar en línea 24/7. Sin ir más lejos, es probable que todos nosotros, si no es que nosotros mismos, tengamos un amigo que no apaga el celular ni para irse a dormir. Gracias a esto, el internet se ha vuelto un aspecto casi inevitable, omnipresente y funcional en nuestra vida. Esto ha llegado a tal magnitud no solo por la calidad del contenido, sino por grandes estudios de publicidad y marketing que realizan las empresas en línea para atrapar nuestra atención, registrando, por ejemplo, donde posamos nuestro cursor. Esto es anotado, registrado y proliferado para que siempre se nos ofrezca información que encontremos ad hoc a nuestros gustos. Empresas han sido acusadas también de intencionalmente capitalizar nuestra atención usando el gran potencial adictivo del internet, premiándonos por nuestra total atención. Los smartphones han introducido un nuevo hábito en nuestras vidas que de seguro hemos hecho mientras leíamos esto: chequear el teléfono. Esto muchas veces se nos premia con un refuerzo positivo como descuentos, promociones u ofertas relámpago que afectan a nuestro sistema dopaminérgico corticoestriatal (sistema cerebral relacionado al placer y a los comportamientos impulsivos como las adicciones).

Todo esto ha generado consecuencias. Entre ellas, el uso de teléfonos inteligentes a edad temprana se ha vinculado a niños fácilmente distraibles. Una hipótesis al respecto hace alusión a un nuevo concepto llamado media multitasking. Este concepto corresponde a la interacción con múltiples estímulos simultáneos de forma superficial, generando usuarios malos en pruebas que requieren cambiar de tareas o sostener la atención en una determinada, ya que se distraen fácilmente con estímulos irrelevantes necesitando una mayor concentración para no desenfocarse. Al respecto, se realizó un experimento con dos grupos de sujetos. A uno de los grupos se le pidió comprar en internet por 15 minutos y al otro se le pidió leer una revista por el mismo tiempo. Luego se les pidió a ambos grupos concentrarse en una determinada tarea, observándose que el grupo que realizó las compras en línea tuvo muchas más dificultades en concentrarse que su contraparte.

Memoria

Respecto a nuestra memoria, el internet podría reemplazar algunos sistemas de memorización ya que toda la información disponible en línea se asemeja a una memoria externa, a la cual podemos echar mano ante cualquier duda, pero eso no es algo del todo nuevo. Antes de la aparición de los motores de búsqueda y bases de datos en la nube ya existía algo conocido popularmente como “tengo un amigo que sabe de eso”. De hecho, es normal que en grupos de trabajo bien afiatados o en relaciones largas se genere algo conocido como: memoria transactiva. Este término plantea que no solo almacenamos información en nuestro cerebro, sino que en los cerebros de las personas que nos rodean. Actualmente estaríamos generando este tipo de memoria con el internet.

Otro de los sistemas de memorización que se ve afectado es el de la semántica (memoria de hechos). Cuando las personas dudan y buscan respuestas en enciclopedias, si bien deben esforzarse más por encontrar los resultados, pueden recordar las respuestas por más tiempo que aquellos que buscaron inmediatamente en línea. Esto último se asoció a una reducción en la actividad cerebral durante la recopilación de información en línea sugiriéndose que la búsqueda de información de esta manera no activa de forma eficiente las zonas del cerebro encargadas de la memorización a largo plazo.

Un estudio de la Universidad de Yale analizó cómo el internet afecta nuestra percepción de los conocimientos propios, y sus resultados indican un aumento en la seguridad de estos cuando tenemos acceso a internet para rellenar los vacíos en nuestro saber. Además, plantea una difuminación entre nuestras memorias y los contenidos de internet, ya que, al preguntarle a sujetos de estudio que habían usado buscadores online para complementar sus respuestas a algunas preguntas, el motivo por el cual sus respuestas eran completas y correctas, estos lo atribuyeron a una “mayor actividad cerebral”. Con estos antecedentes y a medida que estemos cada vez más vinculados con dispositivos inteligentes como es el caso de los famosos wearables, es casi inevitable que la barrera entre los conocimientos propios y los de internet se adelgace, por lo que se prevé un sentimiento colectivo de “mejor que el conocimiento mismo”.

Relacionado con el facilitado acceso a internet por parte de la población global, se ha aumentado fuertemente el uso de plataformas sociales (como Facebook, Instagram o Twitter). Neuroimágenes han mostrado que tanto las redes sociales en el mundo real como las en línea se relacionan con el tamaño de la amígdala (sector del cerebro que regula la cognición social y las emociones) siendo este un ejemplo clave de cómo se ha solapado la sociabilidad online con la offline en el cerebro humano. En estas mismas imágenes se observó que el volumen de materia gris de determinadas áreas cerebrales estaba estrechamente relacionado con el número de amigos en Facebook, pero que no se relacionaba con las amistades en la vida real planteando que las conexiones en línea fomentan conexiones superficiales involucrando a miles de asociaciones nombre-cara que no se requieren en la vida real.

Respecto a nuestra respuesta cognitiva social en el mundo online, una metáfora planteada por los autores del estudio es “un nuevo campo de juego para el mismo juego”, ya que muchas de las respuestas neurocognitivas a acontecimientos sociales en línea son muy similares a las de la vida real como es el caso de rechazo y aceptación. Normalmente el ser aceptado o rechazado en el mundo real son conceptos ambiguos y subjetivos. Aquí el mundo digital rompe esta norma, ya que en plataformas de redes sociales se nos da de forma directa y cuantificada nuestro “éxito social” en forma de likes, amigos o seguidores. Usando la naturaleza adictiva del Internet y la búsqueda de aceptación, algunas empresas de medios sociales usan este feedback para aumentar el número de usuarios.

Hay evidencia suficiente para afirmar que el basar la autoestima en estos “valores de aceptación” repercute de forma especialmente negativa en jóvenes usuarios, ya que es parte de la naturaleza humana el compararse con pares. Esto nos ha permitido desarrollar habilidades para evolucionar y sobrevivir, pero en línea nuestro patrón de comparación se ve manipulado por un entorno artificial que cuenta con la edición de fotos para acentuar características físicas y la exposición de personas exitosas que se muestran perfectos. Con la explotación de este tipo de usuarios (prácticamente inexistentes en la vida real) aumentan las comparaciones negativas empeorando la concepción que se tiene de uno mismo. De hecho, adolescentes que pasan cinco horas diarias en redes sociales tienen más probabilidad de presentar un problema de salud mental en comparación a sus contrapartes (1 hora en redes sociales) con un 66% más de probabilidad de generar conductas autodestructivas. Pero no todo es negativo. En adultos mayores se ha observado que el uso de internet promueve la activación de determinadas zonas del cerebro, causando que se atenúe el deterioro cognitivo normal por la edad.

En conclusión, sabiendo que el uso de internet genera cambios atencionales y promueve el media multitasking en lugar de una atención sostenida en un foco determinado, y que, además, el fácil y rápido acceso a la información en internet compite con varios sistemas de memoria, afectando también la forma en la que nos comunicamos y sociabilizamos entre nosotros, quizás deberíamos esforzarnos un poco más en buscar información personal y reunirnos con nuestros pares cara a cara a disfrutar un buen momento juntos o aprender algo nuevo, ya que al fin y al cabo, eso es lo que nos hace ser seres sociales.

Artículo original: https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/wps.20617

Texto del convenio con el Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso (CINV)

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