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“La rebeldía es quiltra, pobre y valiente”. Monumentos y Contramonumentos que se disputan el espacio público

por 26 noviembre, 2019

“La rebeldía es quiltra, pobre y valiente”. Monumentos y Contramonumentos que se disputan el espacio público
Teniendo esto en consideración, el hecho de que Matapacos se haya convertido en protagonista del espacio público nacional en este contexto de manifestaciones sociales puede tener múltiples interpretaciones, sin embargo una que resulta interesante es la que el artista alemán Horst Hoheisel (1944) ha señalado en sus trabajos, manifestando que el arte en el espacio público cobra vital sentido “cuando la gente se enoja y se rebela por una causa”
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Era invierno del 2011 en Chile y las movilizaciones estudiantiles se tomaban calles y avenidas de diversas ciudades del país que demandaban con fuerza y valentía una educación pública, gratuita y de calidad para todos los chilenos. En Santiago los estudiantes secundarios y universitarios que se manifestaban en el centro de la capital preciaban de la compañía incesante de un perro negro, quiltro y corajudo que sin descanso le ladraba hasta el hartazgo a los carabineros “defendiéndolos” y “protegiéndolos” de las acciones que estos pudieran desplegar en su contra. Esta situación se mantuvo sin alteraciones en el 2012 y 2013, años en los que las movilizaciones continuaban. Asimismo, este quiltro ya reconocido como “Matapacos”, se había transformado en un ícono relevante de las manifestaciones, configurándose un imaginario en torno a su figura que se basaba en su condición de rebelde, luchador y antiautoritario, similar a lo que sucedía con los estudiantes de aquellos años. Desde ese entonces y hasta su fallecimiento en el año 2017, Matapacos, era un asistente seguro de las marchas y mantuvo hasta el final de sus días su carácter rebelde, errante y valiente. Su muerte no pasó inadvertida para el mundo estudiantil, quienes lo homenajearon en diversos espacios mediante murales y registros audiovisuales, consagrándose como un actor relevante en la memoria colectiva de aquella generación de jóvenes que agradecía su compañía y protección de la represión policial que les acechaba en cada manifestación pública.

Con todo, uno de los procesos más llamativos es que la figura de Matapacos ha disputado espacios reservados, hasta hace no mucho, para los monumentos legitimados desde los diversos poderes, pero que, en la mayoría de los casos, la ciudadanía era la gran ausente de dicha legitimidad. Sin embargo, en la actualidad vemos la representación de este can negro, mestizo y “antiautoritario” disputándose el lugar con aquellas figuras que silenciosas y ajenas al clamor de los ciudadanos se habían transformados en monumentos de la nación.

Dos años después de su muerte, Matapacos resurgió como una de las figuras más representativas de las diversas manifestaciones que se han realizado en el país desde el 18/10 apropósito de la grave crisis de representatividad que sacude con fuerza a la clase política nacional. La imagen de este quiltro negro con una pañoleta roja atada al cuello proliferó hasta en los lugares más recónditos del país y del mundo, emergiendo murales, esculturas y diversas expresiones artísticas en el espacio público que lo tenían de protagonista, pero aquél protagonismo se basaba en una consigna clara y evidente; Matapacos representaba la rebeldía y la valentía de una clase social que por años había sido invisivilizada y víctima de graves abusos, pero que no seguía dispuesta a tolerarlo y ahora le “ladraría” con fuerza y sin descanso a esa profunda desigualdad.

Teniendo esto en consideración, el hecho de que Matapacos se haya convertido en protagonista del espacio público nacional en este contexto de manifestaciones sociales puede tener múltiples interpretaciones, sin embargo una que resulta interesante es la que el artista alemán Horst Hoheisel (1944) ha señalado en sus trabajos, manifestando que el arte en el espacio público cobra vital sentido “cuando la gente se enoja y se rebela por una causa”. Asimismo, siendo uno de los líderes en la “creación” de contramonumentos, este artista visual plantea que los monumentos, desde lo simbólico, entregan más información de aquellos que solicitaron su creación e instalación que de lo que se intenta conmemorar o a quien se intenta homenajear. Por otro lado, Hoheisel también se manifiesta en función de aquellos hechos o acontecimientos que “mereciendo” un monumento o alguna expresión material conmemorativa no lo tengan; he ahí la emergencia de los contramonumentos, entendiendo estos como una expresión  de aquello que no se ha monumentalizado desde lo “oficial”, pero que no por ello no goza de relevancia para diversos grupos y sujetos sociales. Considerando este punto entonces ¿en qué radicaría la emergencia de los contramonumentos?, de acuerdo a lo planteando por este artista alemán, en términos simples, en ser la posibilidad para aquellos que han sido silenciados, invisibilizados, marginados y condenados a una no representatividad monumental en el espacio público la tengan en algún momento aunque esta sea emífera e impermanente, sin embargo no menos significativa ni simbólicamente relevante.

Así, el contramonumento se hace cargo de aquello que ha sido obviado de la representatividad monumental, entre ellos, los grupos históricamente más desprovistos de poder; las mujeres, los pobres, la clase media, los niños y los pueblos originarios, entre otros. Sin embargo, en el último tiempo estos grupos, organizados y conscientes de esta deuda histórica, la han reclamado desde diferentes perspectivas, siendo protagonista de este reclamo el espacio público.  De esto, para el caso de Matapacos, el análisis es interesante, en tanto este can quiltro, negro y rebelde viene a ser la representación de millones de chilenos que tomándose avenidas y plazas del territorio nacional decidieron acabar con aquella invisibilización sistémica de la habían sido víctimas por años y se volcaron a las calles a demandar justas reivindicaciones de manera valiente, rebelde y antiautoritaria, tal como lo hacía Matapacos en el 2011.

Con todo, uno de los procesos más llamativos es que la figura de Matapacos ha disputado espacios reservados, hasta hace no mucho, para los monumentos legitimados desde los diversos poderes, pero que, en la mayoría de los casos, la ciudadanía era la gran ausente de dicha legitimidad. Sin embargo, en la actualidad vemos la representación de este can negro, mestizo y “antiautoritario” disputándose el lugar con aquellas figuras que silenciosas y ajenas al clamor de los ciudadanos se habían transformados en monumentos de la nación. Así, el negro Matapacos emerge desde la ciudadanía y de diversos movimientos sociales, tiene una presencia y un importante grado de validación nacional y se toma espacios que hasta antes del 18/10 hubieran sido impensados para un can de sus características. Un ejemplo de esto es la instalación de su imagen construida con material reciclable que se realizó hace unos días en la Plaza de la Aviación de Providencia, una de las comunas con mayores recursos del país, donde aún permanece preciando de miles visitas, imágenes y apariciones en redes sociales que lo “viralizan” y  validan mediante estas plataformas.

Finalmente, es probable que la consagración de la figura de Matapacos como un contramonumento que cuenta con una importante legitimidad social pueda transformarse -por la vía colectiva, ciudadana y no institucional- en un monumento y sea un legado que estas generaciones le pretendan heredar a los que vendrán en un futuro y sabrán de estas grandes manifestaciones sociales que buscaban ante todo terminar con la profunda desigualdad de la que precia  este Chile postdictatorial .

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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