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El vínculo entre el coronavirus y la destrucción de la naturaleza CULTURA|CIENCIA

El vínculo entre el coronavirus y la destrucción de la naturaleza

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Marco Fajardo Caballero
Por : Marco Fajardo Caballero Periodista de ciencia, cultura y medio ambiente de El Mostrador
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«En los últimos 40 a 50 años, los brotes de enfermedades infecciosas en el mundo se han cuadruplicado, y más del 70% de estas enfermedades puede rastrearse hacia algún o algunos eventos de alteración de hábitats», señala una científica. Y con miras al futuro, advierte: «La reconstrucción debe ser verde, con decisiones basadas en información. La economía debe repensarse, el planeta no tiene recursos infinitos, es un sistema biológico, y es solo sobre la comprensión y respeto de estos procesos que podremos tener un futuro como humanidad. ¿Cuánto le costaría a la economía mundial un nuevo COVID? Si no hacemos los cambios, tendremos uno más temprano que tarde».


Un gran número de científicos vincula la aparición de enfermedades con la destrucción del medio ambiente, algo que también podría haber sucedido en el caso del coronavirus.

Entre ellos, se encuentra Catherine Dougnac, subdirectora científica de la sección chilena de la Wildlife Conservation Society (WCS), que este mes participó en el webinar «Cuidando nuestra salud: la necesidad de redefinir cómo nos relacionamos con la naturaleza».

«En los últimos 40 a 50 años, los brotes de enfermedades infecciosas en el mundo se han cuadruplicado, y más del 70% de estas enfermedades puede rastrearse hacia algún o algunos eventos de alteración de hábitats», señala.

«Los mecanismos a través de los cuales se produce la emergencia de dichas enfermedades son variados, pero se resumen en un aumento de contacto (directo o indirecto) entre seres humanos, animales domésticos y fauna silvestre».

Estudios

Dougnac es veterinaria y doctora en ciencias silvoagropecuarias con enfoque en medicina de la conservación. En WCS participa en el desarrollo de proyectos de investigación, monitoreo de fauna silvestre e implementación efectiva de la conservación en el Parque Karukinka, en Tierra del Fuego.

Ella cree que la destrucción de la naturaleza es señalada como la principal causa de la emergencia de enfermedades infecciosas, algo que ha sido ampliamente estudiado.

La emergencia se refiere a que es algo “emergente”, algo que antes no se daba de igual forma o no existía. Al hablar de enfermedades infecciosas se refiere a la “aparición” de enfermedades provocadas por agentes biológicos transmisibles nuevos (bacterias, virus, parásitos), que se reportan en sitios donde antes no se encontraban o enferman a especies a las que antes no afectaban.

Deforestación e invasión

Para la especialista es clave considerar que la naturaleza nos protege y tiene un efecto de dilución de patógenos.

Sin embargo, al destruir, alterar la naturaleza, el ser humano altera asimismo los procesos que ahí se han desarrollado durante siglos, modifica los componentes de los sistemas y, de esta forma, genera consecuencias inesperadas.

«Por ejemplo, al deforestar, obligamos a los animales allí presentes a adaptarse o morir. Esto significa que deben buscar un nuevo hogar, que puede ser una construcción humana, buscar alimento en la basura de las personas o vivir en poblaciones más densas. Esto altera la cantidad y forma de contacto entre las diferentes especies», ejemplifica.

Este cambio no solo impacta a la salud humana a través del surgimiento de enfermedades infecciosas, sino que también por medio de alteraciones fisiológicas que producen diferentes enfermedades crónicas y alteraciones en la salud mental.

A esto se suma que todo el fenómeno está exacerbado por el cambio climático, subraya.

Coronavirus

¿Cómo se vincula este fenómeno con el COVID?

La científica responde que se vincula desde el origen de este virus, al igual que todas las experiencias anteriores con virus similares como el SARS, MERS, influenza aviar o la gripe porcina, incluso el ébola.

«La aparición de todas estas tiene el mismo origen y fueron una alerta que no supimos escuchar. El COVID-19 es solamente el recordatorio más reciente de que nuestra relación con la naturaleza no es la mejor. Desde fines de los años 2000 investigadores alertaban de la posibilidad de la emergencia de nuevos tipos de coronavirus, debido a esto», apunta.

«El COVID tuvo su origen en un mercado de animales de la ciudad de Wuhan, China. Si bien algunos son escépticos aún con respecto a esto, diferentes equipos de investigadores en el mundo han demostrado la similitud de este tipo de coronavirus con otros previamente aislados en animales silvestres que se comercializan en este tipo de mercados», indica.

En este caso, la extracción de todos estos animales desde sus hábitats naturales, puestos en jaulas o mallas en grandes densidades en ambientes urbanizados, de diferentes especies, como anfibios, mamíferos, aves, reptiles, peces, etc., constituye otro ejemplo de la destrucción de la naturaleza.

«Cuando los animales se encuentran en altas densidades, las probabilidades de contagio aumentan considerablemente. A modo de ejemplo, recordemos qué ocurre cuando alguien se enferma en una sala de clases, las probabilidades de que otro estudiante, si es que no todos, se enfermen, son muy altas. Por la densidad», recalca.

Capacidad de contagio

Aunque antes ha habido muchos virus, el colapso que ha causado el coronavirus a nivel mundial se explica no solo por su capacidad de contagio, sino por la cantidad de habitantes actualmente en el planeta.

«Nunca en la historia habíamos sido tantas personas en el mundo, ni habíamos podido movernos tan rápido entre regiones tan distantes, rompiendo de esta forma la barrera geográfica de las enfermedades», puntualiza.

«Este virus es nuevo, este tipo de coronavirus. Aún lo estamos conociendo, no sabemos exactamente cómo va a comportarse, de hecho, cada cierto tiempo vemos que aparecen nuevos síntomas que pueden asociarse a la infección con este virus. Cada país ‘prueba’ una fórmula diferente, cuyos resultados dependen de demasiados factores: clima, sistema de salud, idiosincrasia, entre otros».

Como el COVID-19 es un virus bastante contagioso, pero no así letal, tiene un amplio rango de presentaciones: desde asintomático hasta capaz de provocar la muerte.

«Esto facilita su diseminación: no sé que estoy enfermo, o lo sé, pero no me siento mal, y hago mi vida normal, contagiando a otros. La influenza, por ejemplo, si bien podría compararse por afectar el sistema respiratorio y forma de contagio, te hace sentir realmente mal, te obliga a estar en cama, de esta forma reduces el contagio. O utilizando un virus muy grave por otro lado, como el ébola, este es muy letal, por lo tanto, su tasa de contagio es menor, es probable que mueras antes de contagiar a otra persona. El COVID es silencioso, no afecta a todos por igual y se contagia con facilidad, como varios virus respiratorios», explica.

Principios de Berlín

Para enfrentar este fenómeno, la WCS apoya los Principios de Berlín, vinculados al concepto de «Una Salud» (“One Health”), según el cual es imposible separar la salud del ser humano de la salud del ambiente y de los animales.

«Estamos todos conectados y, cuidando de una, cuidamos de todas», enfatiza.

Este concepto como tal nace en el año 2004, en un seminario organizado por Wildlife Conservation Society (WCS) en Nueva York, donde participaron representantes de la OMS, FAO, la comisión de IUCN de Ley Ambiental y CDC, entre otros varios organismos y especialistas internacionales en salud humana y animal (“Building Interdisciplinary Bridges to Health in a Globalized World”).

El producto de esta reunión fueron los principios de Manhattan (The Manhattan Principles on “One World, One Health”), una lista de 12 recomendaciones para el control de emergencia de enfermedades zoonóticas y la mantención de la integridad de los ecosistemas para el propio beneficio de los seres humanos.

Sin embargo, durante muchos años el principal acercamiento con el concepto estuvo relacionado casi exclusivamente con enfermedades zoonóticas y el nexo con las interacciones entre seres humanos, animales domésticos y fauna silvestre, sin abordar en profundidad la salud del ecosistema en el amplio sentido de la palabra.

Por esto, en octubre del año pasado se realizó una conferencia en Berlín con participantes de todo el mundo, organizada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania en alianza con WCS, titulada “One Planet, One Health, One Future” («Un Planeta, Una Salud, Un Futuro»).

En esta oportunidad especialistas de diversas áreas, como la política, sociología, filosofía, economía, ecología y medicina veterinaria y humana, redactaron un documento donde se plasmó un llamado urgente a los gobiernos, academia y sociedad civil para quitar las barreras que limitan el trabajo colaborativo para prevenir la emergencia o reemergencia de enfermedades que amenazan a los seres humanos, vida silvestre y animales domésticos.

Este documento fue discutido y publicado como los “Principios de Berlín”. Básicamente es una actualización de los principios de Manhattan, que reintegra o incorpora de forma más fuerte la salud ecosistémica y la integridad de los ecosistemas como un componente fundamental para la salud humana.

«¿Y qué tiene que ver con COVID? Pues todo. El planeta tiene ‘una salud’, no importa dónde vivas, lo que ocurra en un lado del planeta puede afectarnos, por muy diferentes que pensemos que somos», remata.

Repensar la sociedad

Lamentablemente, para la especialista el COVID-19 es ahora parte de la humanidad, aunque es posible reducir el riesgo de que nuevas enfermedades infecciosas aparezcan.

«¿Cómo? Repensando nuestra relación con la naturaleza, nuestras sociedades. Escuchando a la ciencia cuando pensemos en intervenir la naturaleza», señala.

«Tenemos un montón de ejemplos, de malos ejemplos, con consecuencias desfavorables para la humanidad. Debemos poner atención y definir nuevas prioridades y formas de desarrollo. Son bastantes los pasos a seguir, pero desde nuestros hogares, todo lo que hacemos para proteger la naturaleza nos ayudará a prevenir la emergencia de estas y otras enfermedades: reciclar, separar la basura, ser consumidores consientes, reducir nuestros viajes y la generación de gases de efecto invernadero, etc. Ideas para cuidar la naturaleza hay muchas, debemos implementarlas a gran escala. Preocuparnos por la conservación de la naturaleza es la forma de cuidar nuestra salud y bienestar, presente y futuro», dice.

La importancia de la ciencia

En ese sentido, el COVID-19 deja varias lecciones, una de las cuales es el valor de la investigación.

«Es hora de hacernos cargo de nuestras decisiones. No vivimos solos, somos una gran sociedad mundial que está conectada entre sí y con la naturaleza. Somos animales, reconozcámonos como tales. Somos naturaleza y las fronteras no existen para la naturaleza. Ella es la que pone las reglas. Si la respetamos, nos protege. Debemos escuchar sus límites y para eso tenemos la ciencia», explica.

Ella cree que se debe aumentar la inversión en ciencia, investigación y conservación, pero también ciencias sociales, psicología y política, porque es necesario encontrar los mejores mecanismos para cambiar la relación con la naturaleza desde el comportamiento humano y de las sociedades en el mundo.

«La reconstrucción debe ser verde, con decisiones basadas en información. La economía debe repensarse, el planeta no tiene recursos infinitos, es un sistema biológico, y es solo sobre la comprensión y respeto de estos procesos que podremos tener un futuro como humanidad. ¿Cuánto le costaría a la economía mundial un nuevo COVID? Si no hacemos los cambios, tendremos uno más temprano que tarde», concluye.

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