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Opinión

La empresa en el debate público

por 9 junio, 2017

La empresa en el debate público
El chileno, en su condición de ciudadano empoderado, exigente y más individualista, e independientemente de su condición social, enfrenta a esta empresa grande y exitosa de otra forma. Al percibirla como excesivamente poderosa e influyente, le exige más y la escruta más. Le exige más en cuanto a su aporte a la sociedad más allá de la generación de empleos o la producción de bienes y servicios y le asigna un rol público y social, más allá que cuidar el medio ambiente o aportar a sus comunidades vecinas. El ciudadano tiene una visión crítica de la empresa que soslaya su rol público, función que, dicho sea de paso, es consecuencia de su propio éxito. Y la escruta más en cuanto a sus vínculos con los gobiernos y con la política, las asimetrías de información y los abusos. Un escrutinio que además se ha multiplicado y expandido gracias a las redes sociales, el gran acceso a la información que hoy existe, y que se ha traducido en dos fenómenos universales: una redistribución del poder y nuevos estándares de transparencia.
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En su columna del 7 de junio, titulada "La ofensiva política del gran empresariado", Eugenio Rivera expresa una visión crítica de los planteamientos públicos de los nuevos liderazgos de gremios empresariales, entre quienes me cuento.

Aunque obviamente no comparto sus planteamientos, me parece una crítica legítima y necesaria, y su columna me da la oportunidad de abrir un debate.

Respecto de nuestro énfasis en comunicar a la ciudadanía la importancia de la empresa y los mercados, Eugenio sostiene textualmente que mis planteamientos tienen una debilidad fundamental, cual es “la incapacidad de ponerse en los zapatos del resto de los ciudadanos. No hay ningún reconocimiento de que estos puedan tener algo de razón en sus críticas. Al defender el 'lucro' sin especificaciones, revela total inconsciencia respecto de la pésima distribución del ingreso en el país y la alta concentración del mismo. ¿O es que acaso los profesores, los trabajadores no hacen bien las cosas, no viven bajo el riesgo permanente de perder el empleo o ser afectados por una enfermedad catastrófica, como para recibir una mejor remuneración?”.

Es razonable que tenga diferencias sobre mi lectura de esa ciudadanía, pero no es preciso sostener que yo no la considero en mi análisis. Y para sustentarlo haré referencia a planteamientos públicos que he realizado y que precisamente se refieren a esa ciudadanía que, según Rivera, simplemente ignoro .

En columna publicada en el diario La Tercera del 31 de diciembre de 2016 sugerí que los empresarios debíamos “profundizar nuestro proceso de adaptación a un nuevo contexto”. Y planteé que era importante que tuviéramos una lectura más matizada y menos autocomplaciente de él. En efecto, si bien sostuve que “el Chile de hoy está marcado por una mayoría silenciosa que considera que ha progresado en los últimos 25 años”, había otra cara de esa misma moneda, por cuanto “lo que esa mayoría silenciosa ha ganado en progreso, ha tenido su precio en inseguridades y temores”. En el discurso que pronuncié luego de ser electo presidente de la Sofofa, indiqué en el mismo sentido que aquello era por la fragilidad de lo logrado, asociado a eventualidades dramáticas como la pérdida del empleo o la enfermedad catastrófica de un familiar.

Siguiendo con la lectura sugerida, sostuve que “también hay una minoría participativa compuesta por grupos organizados de la sociedad civil que se movilizan e inciden en el debate público, algunos atribuyendo los temores e inseguridades de la mayoría silenciosa a quienes ostentan poder político y económico”. Finalmente concluí que, como mundo empresarial, “debemos conectarnos con esa mayoría silenciosa (que al mismo tiempo son nuestros clientes, colaboradores y proveedores) y reconocer a esos grupos organizados de la sociedad civil como actores relevantes del debate público en una sociedad moderna.”

Más atrás, en marzo del 2015, y con motivo de una presentación que hice en el seminario de Icare “Cómo Viene el 2015”, también me referí a este nuevo contexto, sosteniendo que respecto de las múltiples hipótesis que se esgrimían, en vez de descalificarlas como muchas veces hacemos en el mundo empresarial –entre otras cosas, por que se basarían en percepciones que no tienen sustento en la realidad o en una visión ideológica–, debemos prestarles atención. Cuando hablamos de confianza, las percepciones son casi tan importantes como las realidades objetivas.

En dicha presentación sostuve que el chileno, en su condición de ciudadano empoderado, exigente y más individualista, e independientemente de su condición social, enfrenta a esta empresa grande y exitosa de otra forma. Al percibirla como excesivamente poderosa e influyente, le exige más y la escruta más. Le exige más en cuanto a su aporte a la sociedad más allá de la generación de empleos o la producción de bienes y servicios y le asigna un rol público y social, más allá que cuidar el medio ambiente o aportar a sus comunidades vecinas. El ciudadano tiene una visión crítica de la empresa que soslaya su rol público, función que, dicho sea de paso, es consecuencia de su propio éxito.

Y la escruta más en cuanto a sus vínculos con los gobiernos y con la política, las asimetrías de información y los abusos. Un escrutinio que además se ha multiplicado y expandido gracias a las redes sociales, el gran acceso a la información que hoy existe, y que se ha traducido en dos fenómenos universales: una redistribución del poder y nuevos estándares de transparencia.

Continuaba argumentando que, si seguíamos ignorando esta lectura, y asumiendo que el problema que enfrenta la empresa chilena se limitara a que los ciudadanos no entienden nuestro aporte y que el mundo político y los medios de comunicación amplificarían tal incomprensión, o si seguimos anclados en el argumento del aporte al crecimiento, la generación de empleo o las acciones de RSE, seguiríamos chocando con el mismo muro. Y no porque los ciudadanos no reconozcan tales aportes, sino porque los tienen asumidos, los dan por sentado y claramente demandan más, sobre todo de la gran empresa.

Concluía en ese seminario que como mundo empresarial debíamos construir un nuevo estándar que dice relación con el rol público, el escrutinio y el “accountability”, no solo por parte de accionistas, sino que de la sociedad en su conjunto. Tiene que ver con la construcción y luego con la gestión de un patrimonio más relevante que los activos físicos: me refiero a la confianza. Y este nuevo piso no debe debilitar sino que hacer más sustentable lo que sigue siendo un objetivo esencial, cual es la generación de valor para sus accionistas.

Nuestra propuesta de validación de la empresa y de los mercados en el proyecto de desarrollo nacional tiene una dimensión dinámica y adaptativa, en ningún caso estática y defensiva del statu quo, como parece sugerir Rivera. Pero tiene también una dimensión relacionada con validar la esencia del ser empresa, cosa que sí rescata Eugenio al citar una mención que hice sobre la legitimidad del lucro como “lo que mueve el capital en el mundo y la legítima retribución al capital invertido, al riesgo asumido, al trabajo bien hecho y tiene un sentido ético cuando esa fuerza movilizadora finalmente genera emprendimiento, puestos de trabajo y valor al entorno”.

Porque, tal como indiqué en un foro posterior, cuando no se comprende o directamente se niega la esencia del otro (la empresa en este caso), la convivencia se acerca a una más transaccional y por lo tanto frágil, cuando lo que debemos salir a buscar es una sustentable de largo plazo. Compartirá Rivera que la empresa en cualquier latitud del globo es sustentable en el largo plazo si genera valor para sus accionistas. Es precisamente a lo que me refiero cuando sostengo que el diálogo con otros actores se hace difícil “si consideran que el lucro es malicioso per se” o, en otras palabras, si esos otros actores niegan un elemento constitutivo del ser empresa, cual es la generación de valor para sus accionistas, lo que no tiene ninguna contradicción con la generación de valor público o social; por el contrario, lo hace sustentable.

Cuando me refiero a la importancia de validar el vilipendiado lucro, no me he referido, como sugiere Eugenio, a la distribución del ingreso, ni a la concentración de riqueza, ni si el lucro es excesivo o no en algunos sectores, o bien si hay ámbitos que la sociedad chilena rechaza que se organicen como negocio. Me parece que no se puede desprender de mi posición sobre el lucro, que soy indiferente a esas temáticas, sobre las cuales me parece muy pertinente el debate.

Un comentario final. Dice Rivera que algo que no termina de reconocer el liderazgo empresarial es que en los últimos años no han surgido nuevas actividades productivas significativas en el país. “El empresariado se duerme en los laureles”. Y de ello responsabiliza a los empresarios locales.

Me parece que hay una contradicción en este argumento. Por un lado, Eugenio parece criticar la alta concentración de la economía en pocos grupos económicos y, por otro, le reprocha a los mismos no haber sido activos en el surgimiento de nuevas actividades productivas. Mi experiencia personal ha sido diferente al concepto de dormirse en los laureles.

Me tocó liderar Colbún por 12 años como gerente y luego como presidente. En los 10 años que fue estatal, solo construyó cuatro centrales de generación. En los 12 años que me tocó liderarla, agregamos 19 centrales, multiplicando casi por 4 el número de colaboradores, más que duplicando la capacidad instalada, y por primera vez ampliamos nuestras operaciones a Perú. Yo creo en el foco. Y junto con un equipo, mi foco en los últimos años fue hacer crecer a Colbún. Y no de cualquier forma. Hacerlo generando valor para los accionistas, para nuestros colaboradores, nuestro clientes, proveedores y para las comunidades donde nos insertamos.

Una demostración de ello es el principal proyecto que hemos desarrollado, la central hidroeléctrica Angostura, que no solo generó valor para nuestros accionistas, sino que al mismo tiempo se transformó en un polo turístico a través de un parque abierto que desarrollamos en torno a la central, que ha sido visitado por 400.000 personas desde que se abrió el 2014, generando oportunidades de empleo y de emprendimiento para los habitantes de las comunas de Santa Bárbara y Quilaco.

Estoy seguro que muchos otros empresarios pueden dar un testimonio similar. Los grupos nacionales han optado por focalizarse en sus industrias “core” y las han hecho crecer, modernizarse y expandirse internacionalmente. ¿Acaso son también responsables de desarrollar nuevas industrias?.

Los niveles de diversificación de nuestra economía, la inversión en I&D, la desigualdad y los niveles de concentración, entre otros que menciona Rivera, son temas complejos y muy pertinentes, que deben ser debatidos tanto en relación con su foto actual, como sobre todo a su evolución. El espacio de una columna no es suficiente para analizarlos en toda su complejidad y, por lo tanto, invitamos a Eugenio Rivera y a otros actores del debate público a discutirlos en la Sofofa, en su condición de foro de conversaciones relevantes para el país.

Bernardo Larraín
Presidente Sofofa

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