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La centroderecha ante el engendro Kast-UDI-pinochetismo-populismo-economicismo

por 28 diciembre, 2018

La centroderecha ante el engendro Kast-UDI-pinochetismo-populismo-economicismo
La centroderecha se encuentra ante un desafío ineludible, del cual dependerá su subsistencia y la buena salud de la democracia chilena, o su declive como sector político y, como su consecuencia más probable, una intensificación de la crisis de época en la que vivimos. La combinación actual “UDI-Kast-populismo-pinochetismo-economicismo” es un engendro que contiene una yuxtaposición de factores que deben ser discernidos, si se quiere ganar claridad sobre la situación. Ella confronta a la derecha con su pasado y su futuro. Esa configuración extrema no ha de ser desatendida, pese a que parezca un superviviente esclerosado, destinado a sucumbir con la edad. El auge de ese conjunto de elementos es también expresión de un déficit.
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El triunfo del ala más dura en la UDI en las últimas elecciones de directiva se une al entusiasmo que la llegada de Bolsonaro al poder ha generado en Chile; también a las declaraciones de una diputada de RN sobre su pinochetismo y a la candidatura permanente de Kast. La derecha se encuentra entonces en una encrucijada entre la moderación y el extremismo; entre una vocación nacional dispuesta a articular las pulsiones y anhelos populares en una institucionalidad reformada, de un lado, y, del otro, el populismo que tiende a hacerse eco de temores y deseos sin asumir el desafío complejo de darles forma y cauce; entre una consideración política del mercado (y su importancia), y una adhesión economicista al mismo. Es una encrucijada que importa un ajuste de cuentas de la derecha con su pasado. El pinochetismo y el Chicago-gremialismo (como lo llamara el luctuoso Jovino Novoa) son parte de ese pasado.

El pinochetismo y el neoliberalismo, la adhesión de casi la mitad del país a un dictador que ya llevaba gobernando 16 años y a un economicismo sin contrapeso, pueden ser explicados como el Apartheid en Sudáfrica y otras posiciones extremas en diversas latitudes del planeta, por referencia a la Guerra Fría.

La consideración del peso de la época es lo que, precisamente, hace sonar frívolas e irresponsables las declaraciones de la diputada de RN, dichas con jovial superficialidad treinta años después. Fenómenos como la adhesión a Pinochet dependían de una disputa casi cósmica y en virtud de la cual, en Chile, muchos podían sentirse amenazados. Piénsese en los pesqueros soviéticos sobre nuestras costas; en el FPMR; en Carrizal Bajo; en las películas de esa época, hasta las más populares “Juegos de Guerra”, “Desaparecido en acción” y “Rocky”; en la carrera espacial y los transbordadores; en el vergonzante Muro de Berlín; hasta en los juguetes; la situación del mundo estaba determinada por la amenaza roja.

El desafío es especialmente urgente, debido a la falta de elementos comunes –simbólicos, retóricos, institucionales– sobre los que construir una convivencia y un diálogo compartidos. Pasa que, a casi tres décadas de iniciada la Transición, aún faltan fundamentos explicitados desde los cuales quepa elaborar los consensos mayores de las próximas décadas. Es de la emergencia de una centroderecha a la vez republicana y popular, consciente de que la tarea política consiste no en abolir, sino en manejar la tensión entre el principio republicano de la dispersión y el nacional-popular de la integración; de una centroderecha claramente asentada sobre un discurso reformista e institucional, que depende, en alto grado, de la realización de los grandes acuerdos políticos de reforma y construcción nacional, los acuerdos que serán capaces de dar expresión articulada y estable a las pulsiones y anhelos populares, sobre cuyo soporte luego puedan acontecer disensos ordenados, respetuosos, en definitiva, de las condiciones consensuadas del despliegue nacional.

Si alguien decía algo muy tonto o pretendidamente inteligente, se le respondía: “Te van a llevar los rusos”. Es necesario hacer un estudio del ambiente cultural masivo de los ochenta para recién entender qué ocurrió en nuestro país, qué explica ese 44 por ciento que votó por el Sí. Es menester efectuar una reflexión sobre esa situación para comprender los alcances y límites de un pensamiento tan ideológicamente cargado como el de esa derecha de Guerra Fría.

La combinación actual “UDI-Kast-populismo-pinochetismo-economicismo” es también un engendro que contiene una yuxtaposición de factores que deben ser discernidos, si se quiere ganar claridad sobre la situación. Ella confronta a la derecha con su pasado y su futuro. Esa configuración extrema no ha de ser desatendida, pese a que parezca un superviviente esclerosado, destinado a sucumbir con la edad. El auge de ese conjunto de elementos es también expresión de un déficit.

El déficit es de pensamiento político. En los últimos años, por cierto, se ha fortalecido y vuelto a perfilar una centroderecha más centrista y republicana, popular y de estratos medios. Una centroderecha más consciente de sus tradiciones –conservadora, liberal, agraria, nacional-popular, socialcristiana– y según las cuales ella hunde sus raíces en la gran historia de Chile, incluidos momentos sobresalientes como la construcción institucional que comienza en los albores de la república y se proyecta a hasta bien entrado el siglo XX; el impulso cristiano social, desde antes de Rerum Novarum y que encuentra expresión en la Falange Nacional y la DC; la “generación del centenario”, esa que liga a Encina y Alberto Edwards, Luis Ross, Tancredo Pinochet, Darío Salas y Luis Galdames en una reflexión sobre la crisis de su tiempo.

A esa centroderecha más política y reflexiva que comienza a despuntar se la encuentra en Renovación Nacional, en la parte más reflexiva de la mitad derrotada en las elecciones de la UDI, en sectores independientes, en Evópoli y el PRI, en diversos miembros del gobierno y sus equipos. Probablemente sea RN, por su tamaño, la diversidad de su composición social, su acervo ideológico diverso y de mayor profundidad histórica, sus vínculos internacionales y el orden interno que ha conseguido desde hace ya varios años, el partido en mejores condiciones de expresar a esa centroderecha.

El asunto es que, pese a la existencia de esa centroderecha, al hecho de que ella se deja discernir con claridad de los sectores más economicistas y reaccionarios, esa existencia ha alcanzado hasta el momento el modo de libros, de documentos, de esbozos y pasos iniciales, pero no ha conseguido cuajar aún como una articulación política poderosa y que exprese efectiva y nítidamente un pensamiento a la vez denso y claro en grado suficiente como para permitirle entrar con prestancia en el debate nacional.

El efecto más palmario ha sido la llamada “falta de discurso” que la ha acompañado en los últimos años, y sobre la que se ha escrito bastante. Otro efecto manifiesto es la emergencia, con una fuerza sorprendente, de la derecha populista y economicista encarnada en aquel conglomerado o yuxtaposición a la que contribuyen, a su modo, Van Rysselberghe y Kast, una diputada, Gonzalo Rojas o Jovino Novoa. No pocos ven escandalizados al engendro, como una clara amenaza a la convivencia democrática y a la que habría incluso que censurar, sin tomarse la molestia de reparar en la propia responsabilidad que les cabe en su aparición.

El engendro extremista no se deja desarticular ni con leyes mordaza ni con indignación moralizante ni con cadenas de usuarios indignados de redes sociales. Su consideración adecuada requiere identificar con serenidad sus diversos aspectos y asumir la tarea, mucho más exigente, de ofrecer una alternativa pertinente. Si bien la conjura de los extremismos es labor de todas las fuerzas republicanas y democráticas maduras, en este caso le cabe una especial responsabilidad a la centroderecha chilena, por varias razones. Ocurre que es ella la que está gobernando y tiene, en consecuencia, la fuerza de impulsión principal; que la socialdemocracia se halla en una profunda crisis, política y generacional; que el brote extremista viene desde el polo derecho; que, en fin, una de las causas directas de la aparición de tal dramática conjunción es, quiérase o no, todavía: el déficit de pensamiento político de la centroderecha más moderada.

La centroderecha se encuentra ante un desafío ineludible, del cual dependerá su subsistencia y la buena salud de la democracia chilena, o su declive como sector político y, como su consecuencia más probable, una intensificación de la crisis de época en la que vivimos. Ese desafío no puede plantearse, llegados donde estamos, sino como el de hacer germinar y expandir un pensamiento propiamente político a la altura de la época presente. Un pensamiento que repare en aquellas condiciones bajo las cuales pueden florecer las capacidades humanas y en las cuales cabe esperar que encuentren acogida las pulsiones y anhelos del pueblo.

Tal pensamiento político debiese considerar dos principios relevantes para la conformación de institucionalidades políticas. De un lado, un principio nacional o popular, en virtud del cual el pueblo pueda integrarse consigo mismo y con su territorio. No es posible alcanzar el despliegue espiritual y material de la nación si no existen condiciones razonables de existencia para todos; tampoco si el pueblo se hacina en Santiago y se impide o dificulta severamente, como hoy, que este se esparza armoniosamente por su paisaje.

Del otro lado, se ha de rehabilitar el principio republicano o de la división del poder social, según el cual tal poder debe repartirse: entre un Estado fuerte y una sociedad civil poderosa, dotada de recursos económicos suficientes; a su vez, según este principio, el poder ha de ser dividido tanto al interior del Estado (en los tres poderes clásicos; entre el Estado central y macrorregiones provistas de competencias políticas; entre los funcionarios de partido y una burocracia profesional y dinámica), cuanto al interior del mercado (mediante el fortalecimiento de Pymes y cooperativas, el aseguramiento de condiciones de competencia limpia, la protección de los derechos de consumidores y trabajadores).

Atendida la situación actual, se abren dos escenarios como los más probables. O bien la centroderecha logra articular un discurso propiamente político (y no puramente económico o puramente moral o una combinación de moralismo y economicismo), para así entrar con prestancia en la discusión pública, en los foros libres, y consigue darles expresión a vastos sectores sociales, para tender puentes con los grupos más ilustrados de la centroizquierda; o bien la centroderecha persiste en sus combinaciones de moral y economía sin política, con las cuales ya no es factible articular grandes reformas institucionales, y, entonces, sigue fortaleciéndose el combinado extremo “Udi-Kast-populismo-pinochetismo-economicismo” y, a la izquierda, correlativamente, una reacción que probablemente vendrá desde los sectores más radicales. O desfondamiento del centro o la constitución de un diálogo reformista entre sectores más reflexivos y moderados, tales lucen ser los dos caminos que se abren.

El desafío es especialmente urgente, debido a la falta de elementos comunes –simbólicos, retóricos, institucionales– sobre los que construir una convivencia y un diálogo compartidos. Pasa que, a casi tres décadas de iniciada la Transición, aún faltan fundamentos explicitados desde los cuales quepa elaborar los consensos mayores de las próximas décadas. Es de la emergencia de una centroderecha a la vez republicana y popular, consciente de que la tarea política consiste no en abolir, sino en manejar la tensión entre el principio republicano de la dispersión y el nacional-popular de la integración; de una centroderecha claramente asentada sobre un discurso reformista e institucional, que depende, en alto grado, de la realización de los grandes acuerdos políticos de reforma y construcción nacional, los acuerdos que serán capaces de dar expresión articulada y estable a las pulsiones y anhelos populares, sobre cuyo soporte luego puedan acontecer disensos ordenados, respetuosos, en definitiva, de las condiciones consensuadas del despliegue nacional.

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