sábado, 19 de octubre de 2019 Actualizado a las 01:25

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El falso problema de los Agregados y (otra vez) las reformas pendientes en Cancillería

El falso problema de los Agregados y (otra vez) las reformas pendientes en Cancillería
Siendo nuestras relaciones internacionales y nuestra Cancillería unas de las áreas de menor escrutinio público, es importante evitar que las polémicas desvíen la atención de los temas de fondo y propicien propuestas simplistas e inadecuadas. ¿Hay que fortalecer la planta del Servicio Exterior y garantizar su movilidad ascendente? Definitivamente sí, pero junto con mecanismos que aseguren la actualización y evaluación progresiva de los funcionarios, y una política transparente en cuanto a ascensos y destinaciones.
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"Agregado al rol" era una figura común en los barcos antiguos, esos con amplios camarotes y espaciosos salones. Se usaba para señalar a aquellos pasajeros que no eran parte de la tripulación, pero que harían el recorrido junto con ellos, cumpliendo una función. Muy probablemente, Charles Darwin haya embarcado como "agregado" en su viaje como naturalista a bordo del Beagle, en el que visitó Chile. Tenía 22 años.

En el mundo diplomático, desde muy antiguo y a nivel global, existe la figura homónima, que permite "agregar" especialistas y personas de confianza a los cuerpos permanentes, ampliando y flexibilizando las posibilidades que ofrece una estructura funcionaria un tanto rígida, cerrada y jerarquizada.

Nadie duda que entre los funcionarios de carrera hay muchos profesionales competentes, aunque también es bien sabido que esta regla no es absoluta.

Ante esa realidad, los “profesionales externos” aportan algo más que una mirada distinta. Al igual como sucede en los gobiernos corporativos con los directores independientes (que incluso provienen de otras industrias), el actual dinamismo de las relaciones exteriores y las exigencias de la globalización demandan esa mixtura profesional. Esa es, desde ya, una buena razón para complementar las estructuras permanentes con embajadores o agregados externos.

Adicionalmente, por estrictas razones de sensibilidad y estrategia política, a nadie sorprende que siempre se haya permitido a los Presidentes de la República nombrar embajadores de su exclusiva confianza que provengan “fuera de los cuadros del escalafón ministerial interno” –en otros países participa también el Senado, aunque en forma secundaria– y, al mismo tiempo, que se entregue una pequeña cuota para otros funcionarios, también de confianza, generalmente más jóvenes, profesionales, operativos, libres de responsabilidades protocolares, que se "agregan al rol" y que cumplen funciones que, difícilmente, alguien del escalafón podría realizar.

¿Por qué? Un rasgo común a casi todos los diplomáticos de carrera, es que van rotando por países y posiciones, no siempre con posibilidad de especialización. Adicionalmente, por haber hecho buena parte de su vida fuera del país, sus “puntos de referencia” en relación con la sensibilidad interna no siempre están actualizados.

El verdadero drama del talento diplomático que egresa de la Academia Diplomática Andrés Bello –y que debemos alentar– no son los embajadores o agregados “políticos”, sino la existencia de un escalafón que se mueve en forma muy vegetativa, y que permite a algunos funcionarios "pasar piola", lejos de reales mecanismos de méritos y escrutinio.

No por ello se podría decir que las designaciones de exclusiva confianza sean siempre virtuosas y deban estar libres de escrutinio. Nuestra larga historia de diplomacia conoce varios ejemplos en contrario, pero el problema de fondo está en un sistema al que le ha costado modernizarse –debe destacarse la última reforma que remueve algunas estructuras– y que demanda sumar competencias complementarias, distintas a las del cuerpo diplomático de carrera.

Con todo y más allá de recientes polémicas, más teñidas de sensacionalismo que de problemáticas reales de política exterior, es evidente que un país que quiera jugar con pantalones largos en materia de relaciones internacionales, debe permitir al Ejecutivo asignar funcionarios de confianza en posiciones específicas, cualquiera sea el nombre que reciban.

Ello posibilitaría, entre otras cosas, refrescar y actualizar los equipos diplomáticos, cubrir áreas sensibles, prioritarias y de alta complejidad técnica –como la OMS y UNITAID, las energías limpias, el medio ambiente, los temas comerciales y militares, los países con relaciones políticas sensibles, etc.–, permitiendo cubrir las necesidades de nuestra política exterior con flexibilidad, capacidad operativa, integrando el invaluable activo de la carrera funcionaria con destrezas y conocimientos “duros”, provenientes de otras dimensiones. Sería difícil desmentir el aporte de embajadores y agregados que, sabiendo de relaciones internacionales, enriquezcan esa mirada desde la academia, los medios de comunicación, la literatura, la empresa o la profesión liberal.

Así las cosas, las designaciones de confianza en ningún caso deben ser vistas como una amenaza a las designaciones por méritos. De hecho, la lógica de los concursos podría ser aplicada también a estas últimas y, por cierto, no deben descartarse dentro de la carrera diplomática.

Para nadie es un misterio que haber logrado el "ingreso" a Cancillería décadas atrás no puede ser considerado como una garantía vitalicia de competencias para necesidades de un mundo global en permanente actualización. Para asegurar un piso mínimo y un mejor desempeño de los funcionarios de carrera, ellos deben ser reforzados con una intensa y permanente actualización de contenidos, con lógicas de ascenso y promoción inspiradas en estándares de Alta Dirección Pública.

Siendo nuestras relaciones internacionales y nuestra Cancillería unas de las áreas de menor escrutinio público, es importante evitar que las polémicas desvíen la atención de los temas de fondo y propicien propuestas simplistas e inadecuadas. ¿Hay que fortalecer la planta del Servicio Exterior y garantizar su movilidad ascendente? Definitivamente sí, pero junto con mecanismos que aseguren la actualización y evaluación progresiva de los funcionarios, y una política transparente en cuanto a ascensos y destinaciones.

Los desafíos de fortalecimiento de la Cancillería no pasan por “agregados más o menos”, sino por cambios que generen sistemas de incentivos que premien capacidades y conocimientos, cumplimiento de metas (KPIs, en lenguaje corporativo) y un mayor entendimiento de la función diplomática en el mundo actual.

El verdadero drama del talento diplomático que egresa de la Academia Diplomática Andrés Bello –y que debemos alentar– no son los embajadores o agregados “políticos”, sino la existencia de un escalafón que se mueve en forma muy vegetativa, y que permite a algunos funcionarios "pasar piola", lejos de reales mecanismos de méritos y escrutinio.

En suma: ¿debe permitirse al menos una cuota de embajadores y agregados que respondan exclusivamente a la confianza presidencial? Sí, categóricamente. En esto los focos no deben estar en la edad o aspectos formales, sino en la formación y conocimiento para las tareas específicas que se le asignen, en un mundo donde los factores internacionales están cada vez más presentes en diversos espacios del Estado e, incluso, en el sector privado.

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