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OPINIÓN

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Geopolítica sudamericana

por 19 marzo, 2019

Geopolítica sudamericana
Chile no puede aspirar a ordenar el planeta, obvio, pero puede ser parte activa de amplias coaliciones en pro de la solución de los problemas globales, como el cambio climático, la migración irregular o el terrorismo.  Eso requiere de un Ministerio de Relaciones Exteriores dirigido profesionalmente y asumir que, más que titulares de prensa, se trata de trabajar con tesón y coherencia por objetivos a largo plazo.
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Es común escuchar que la predominancia de “gobiernos de derecha” en detrimento de los “de izquierda” en nuestra región estaría redefiniendo las relaciones internacionales, mientras otros hablan de “péndulos” que se moverían inexorablemente en una dirección y luego en otra. Pero, la verdad sea dicha, las relaciones internacionales se establecen entre estados y no entre gobiernos, entre otras cosas, porque estos últimos son transitorios. Entonces, si estamos hablando de intereses de largo plazo en la región, es mejor atender a los intereses estatales de los principales actores, más allá de las ideologías de sus gobernantes de turno.

Si vamos a hablar de Sudamérica, la realidad nos obliga a hablar en primer lugar de Brasil, dado que con sus más de ocho millones de km2, sus más de 220 millones de habitantes, es virtualmente la mitad del subcontinente y ni hablar del peso específico de su economía, ya que Chile produce en total menos que el estado de Sao Paulo por si solo.

Brasil no reduce su diplomacia a Sudamérica, busca competir en las grandes ligas, pretende un puesto en el Consejo de Seguridad,  aspira a una presencia global. No solo posee territorio y población para ello, además su soberanía abarca a la Amazonia, principal reserva verde del planeta, amén del control de los acuíferos amazónico y guaraní. Luego, un principio elemental del realismo sudamericano es que cualquier maniobra o proyecto debe contar con el decidido apoyo de Brasilia.

Los brasileños establecieron una alianza con países emergentes y potencias independientes de la OTAN, y esos son los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), de disímil desempeño en estos años, pero claramente no buscaron el paraguas occidental (USA y Europa). Son activos socios comerciales con los asiáticos y desarrollan una fuerte presencia en África. También en el mundo árabe. A inicios de siglo impulsaron la conformación de Unasur –donde lograron alinear desde Chávez hasta Uribe–, en los tiempos en que este organismo se asumía como un mecanismo de concertación política y aún no desplegaba su costosa, incipiente y frondosa burocratización.

La crisis económica y política que ha enfrentado en los últimos años, obligó a concentrar los esfuerzos de las elites brasileñas en su quehacer interno, pero, más allá de ello, sus intereses permanentes siguen siendo los mismos: defensa de la soberanía amazónica, incremento de su presencia en la agenda global.

En el siglo 19, en etapa de conformación de nuestros Estados, los brasileños recelaron de un poderoso vecino en el norte, como pudo haber sido la Gran Colombia, si es que hubiera subsistido. En el siglo XX, sobre todo en su primera mitad, el recelo se concentró en su frontera sur, ante el espectacular crecimiento económico, tecnológico y demográfico de Argentina en las primeras décadas.

En el plano regional, amén de las diversas agendas bilaterales, lo más importante es asumir que ningún país se desarrolla en medio de un entorno inestable. Por tanto, Chile, por su propio interés nacional, debe procurar estar en primera línea en la solución de los conflictos de la región, a fin de asegurar la paz y la estabilidad, necesaria y deseada para los países involucrados y también para nuestros propios planes estratégicos. Subordinar la política exterior –de por sí estatal y de largo plazo– a objetivos comunicacionales o de política interna, es renunciar a una poderosa herramienta como lo es la diplomacia profesional, y pretender hegemonizar a los más grandes es pecar de ingenuidad o de falta de realismo.

Ambos recelos han dado paso a convivencias armoniosas hoy en día, cuya preocupación principal son las apetencias que origina la Amazonia con todas sus riquezas. Y esto vale para gobiernos “de izquierda” como de “derecha”. Aquí no hay péndulo. La preocupación estratégica, hoy, es un eventual condicionamiento que las potencias puedan hacer respecto a la Amazonia, y ahí los principales recelos miran hacia EE.UU. y, obviamente, a sus aliados.

Brasil tiene una experimentada diplomacia. Reconocida por todos. Pero también posee unas poderosas FF.AA. El equipamiento de las mismas se mantiene inalterable pese a los cambios políticos. La renovación de su flota empezó a inicios de siglo con un programa de construcción de 4 submarinos convencionales tipo Scorpene (hasta hoy exclusividad chilena en Sudamérica) y dos nucleares anunciados para el 2029. Todo con cooperación francesa.

Los brasileños quieren proteger la “amazonia azul” que abarca a 4.5 millones de km2, por donde transita casi todo su comercio y de donde extraen su petróleo. Ojo, este programa –con un costo inicial de 6.700 millones de euros– fue diseñado en tiempos de Lula, continuado por Dilma, y el primer submarino (“Riachuelo”) fue botado al mar en diciembre 2018 en presencia de Temer y el entonces electo presidente Jair Bolsonaro.

La fuerza aérea brasileña ha iniciado la construcción de las instalaciones donde se fabricarán 36 aviones Gripen, en esfuerzo conjunto con Suecia, lo que se espera lograr el 2024. Con ello cubrirán con eficacia su espacio aéreo. Además de la soberanía amazónica, a Brasil preocupa la acción de los carteles de la droga que actúan en tres de sus vecinos: Colombia, Perú y Bolivia, ya que se ha transformado de un país de paso a uno con un mercado interno de importancia para el narcotráfico.

Siguiendo el orden de la estatura estratégica tenemos a Argentina, con cerca de 45 millones de habitantes, el segundo territorio del subcontinente y, sobre todo, con una elevada concentración de recursos humanos: son el país que más Premios Nobel posee en América Latina, humanistas y sobre todo científicos.

Argentina vivió procesos traumáticos en el siglo XX. Empezando por la llamada “guerra sucia” desplegada contra parte de su población y siguiendo con la derrota de Malvinas. La legitimidad de sus Fuerzas Armadas se desmoronó y su economía le siguió los pasos. A finales del siglo XX, ingresó a una fase histórica conflictiva, de deterioro estratégico y de inestabilidad económica cíclica. Ello lo llevó a poner el acento en su quehacer interno y en el frente externo, a buscar aliados poderosos, como EE.UU., para obtener ayuda para estabilizar su economía.

El país trasandino cerró su competencia por el Atlántico Sur con Brasil y con Chile estableció una sólida política de confianza mutua. Sobre esa base –amén de la desconfianza entre civiles y militares– procedió a un desarme unilateral. En sus mejores momentos, la industria argentina logro desarrollar sofisticados misiles (como el Cóndor), una solida fabricación de tanques y aviones, todo lo cual se congeló. Pero conserva una reserva básica de inteligencia profesional y científica capaz de reactivarse, especialmente si es asistida por una potencia. Hoy carece de cazas de combate y con la tragedia del ARA San Juan perdió al último de sus submarinos. La actual crisis económica torna casi imposible que Argentina pueda invertir en renovación de su material estratégico.

Luego de los dos países más importantes del Atlántico sur, el tercer lugar en Sudamérica siempre lo disputaron Venezuela y Colombia, con recelos propios de las vecindades, pero con una fuerte integración a comienzos de siglo. Colombia y en especial los empresarios de la zona de los Santanderes –Cúcuta incluido– exportaban alimentos y productos industrializados a una próspera Venezuela, que nadaba en la abundancia petrolera. Desde hacía años, centenares de miles de trabajadores colombianos migraban a Venezuela en busca de mejores oportunidades y huyendo a la vez del prolongado conflicto interno. Chávez los nacionalizó a todos.

A finales del siglo XX y comienzos del actual, el panorama se concentraba en una Colombia que desplegaba una fuerte ofensiva contra las FARC, construyendo la mayor fuerza militar del subcontinente (medio millón de experimentados combatientes en sus mejores momentos), con equipamiento, doctrina e instrucción para un conflicto de baja intensidad. Paralelo a ello, a su lado, el chavismo empezó a asumir un conflicto que llamaron Guerra de Quinta Generación, en la cual se instruyó a sus tropas y se las equipó para resistir una agresión de parte del Comando Sur de EE.UU. De más está decir entonces que, mientras del lado colombiano se consideraba a Estados Unidos y sus tropas como el mejor aliado, del lado venezolano se le veía como la amenaza principal.

No siempre fue así, en la década de los ochenta, en plena guerra centroamericana y al calor de la Guerra Fría, los americanos equipaban a los venezolanos, fue el primer país en recibir poderosos F16, especialmente para proteger sus instalaciones petroleras ante una amenaza hipotética que representaba Cuba, que en aquellos años era capaz de enviar un Cuerpo de Ejército hasta Angola. Venezuela se concentró en esa época en el Caribe y en Centroamérica y no todo fue cooperación económica. Cuando las tropas somocistas extendieron su combate a las guerrillas sandinistas hasta el interior de la indefensa Costa Rica, a las pocas horas esa frontera fue sobrevolada por poderosos Mirage venezolanos que enviaron un potente mensaje a quien gobernaba Managua entonces: Costa Rica no estaba sola.

La crisis venezolana ocupa hoy los titulares, lo único que podemos agregar es que estamos en presencia de un “empate catastrófico” entre el gobierno de Maduro y la oposición, donde el tiempo corre especialmente en contra de la población civil que padece los estragos de una crisis económica que ya no tiene precedentes. La economía está en su peor momento en décadas, pero en el subsuelo venezolano yace una de las mayores reservas de petróleo del planeta y de valiosos minerales, como oro y coltán, entre otros.

Colombia, por su parte, está saliendo de una larga guerra entre el Estado y las FARC. Es notorio que el proceso ha perdido el impulso inicial, pero sí es evidente que, aunque subsisten graves problemas de seguridad en las regiones más apartadas, la paz dio valiosos frutos: terminó la guerra, las FARC en lo fundamental se desmovilizaron, entregaron las armas y se convirtieron en partido político. Quedan organizaciones irregulares y el número de los farianos que vuelven al monte crece, pero ya no es un problema militar, sino de seguridad.  Colombia quiere abrirse paso al desarrollo y, a la vez, impedir que la crisis venezolana la contamine con inestabilidades económicas, migratorias o de cualquier índole.

Es que la actual crisis venezolana afecta a Colombia especialmente por la migración, a estas alturas arriba de un millón, que perfectamente puede aumentar. Mas aún con operaciones como las de Cúcuta. Ambos países rompieron relaciones y se muestran los dientes. Bogotá se ha transformado en el principal aliado de EE.UU. en América latina, al tiempo que la Casa Blanca reitera, obsesivamente, que respecto a Venezuela todas las opciones están sobre la mesa.

¿Y Chile?

Chile es una potencia media en la región. Su economía es dinámica y ha crecido en las ultimas décadas, pero aún está lejos de los dos grandes: México y Brasil. En términos económicos y demográficos, es la mitad de Argentina. Nuestra masa demográfica de poco más de 18 millones, es menor que la población de Ciudad de México y Sao Paulo. En términos estratégicos poseemos cuatro escuadrones de F16 y una flota oceánica de 8 fragatas relativamente modernas y los submarinos Scorpene. En tierra, tenemos un Ejército de seis divisiones que incluye cuatro brigadas acorazadas y en la mayoría de nuestras unidades hemos alcanzado una interoperatividad nivel OTAN. En resumen, unas Fuerzas Armadas pequeñas, pero altamente tecnologizadas y cuasiprofesionales (la conscripción representa poco mas del 10% del total).

Los chilenos tenemos muchas diferencias, junto a pocos pero sólidos consensos. Pese al hipercriticismo que caracteriza a buena parte de nuestras elites, poco a poco Chile se transforma en una Florida austral, un lugar deseable para vivir para centenares de latinos que quieren migrar de sus respectivas naciones. La institucionalidad chilena ha sido sometida a duras pruebas –desde la policía hasta el Congreso, pasando por la Iglesia y el empresariado–, pero aunque con magulladuras, la fuerza de las instituciones caracteriza el funcionamiento del país. Como decía un experimentado diplomático estadounidense, el principal recurso de exportación chileno no es el cobre ni los salmones, sino su institucionalidad, pensando en su relación con los demás países latinoamericanos.

Hoy en día, en términos económicos, Chile puede disputar el tercer lugar sudamericano a Colombia y Venezuela, con promisorias perspectivas a mediano plazo.

En este cuadro, los chilenos nos proponemos transitar en esta generación al desarrollo. Si quisiéramos identificar un interés estatal que cohesiona a la amplia mayoría del país, es ese. Por cierto, una parte depende de nosotros mismos y, otra, de condiciones propicias para ello. Y ahí entra el tema internacional.

Chile no puede aspirar a ordenar el planeta, obvio, pero puede ser parte activa de amplias coaliciones en pro de la solución de los problemas globales, como el cambio climático, la migración irregular o el terrorismo. Eso requiere de un Ministerio de Relaciones Exteriores dirigido profesionalmente y asumir que, más que titulares de prensa, se trata de trabajar con tesón y coherencia por objetivos a largo plazo.

En el plano regional, amén de las diversas agendas bilaterales, lo más importante es asumir que ningún país se desarrolla en medio de un entorno inestable. Por tanto, Chile, por su propio interés nacional, debe procurar estar en primera línea en la solución de los conflictos de la región, a fin de asegurar la paz y la estabilidad, necesaria y deseada para los países involucrados y también para nuestros propios planes estratégicos. Subordinar la política exterior –de por sí estatal y de largo plazo– a objetivos comunicacionales o de política interna, es renunciar a una poderosa herramienta como lo es la diplomacia profesional, y pretender hegemonizar a los más grandes es pecar de ingenuidad o de falta de realismo.

Como hemos tratado de reseñar, los Estados no se pueden mover por razones ideológicas –quizás eso aplique para algunos estados confesionales integristas– sino que deben hacerlo por la consecución de sus propios intereses nacionales.

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