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Cambio Climático y la transición justa del sistema económico

por 9 julio, 2019

Cambio Climático y la transición justa del sistema económico
La crisis climática requiere de líderes con el coraje suficiente como para oír la evidencia científica sin censuras y con la tenacidad para actuar motivados por algo más que solo la esperanza. La transición a la nueva economía puede ser planificada y consensuada o puede ser abrupta y caótica. Latinoamérica y el Caribe tienen la oportunidad de movilizarse hacia una economía sustentable que nos saque del subdesarrollo, que permita plantearse metas de mitigación ambiciosas pero a la vez alcanzables, y que incorpore la adaptación al cambio climático sin dejar a nadie atrás. O podemos insistir en mantener todo igual con algunos avances dentro de los márgenes que el sistema nos permite, a riesgo de terminar socavando nuestro desarrollo a punta de catástrofes climáticas evitables.
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Según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) la humanidad tiene hasta el año 2030 para cambiar radicalmente su economía si quiere cumplir con la meta de París, es decir, mantener el aumento promedio de la temperatura global bajo los 1,5°C de aquí al fin del siglo. De no ser así, el grupo de expertos afirma que nos veríamos enfrentados a un desafío sin precedentes con consecuencias catastróficas.

La situación es grave y aún así en Latinoamérica y el Caribe no nos damos por enterados. Trombas marinas, megasequías, megahuracanes, aumento del nivel del mar, inundaciones, olas de calor. El planeta nos manda señales cada vez más evidentes, pero la inercia del crecimiento económico incesante no da espacio para cambios radicales.

Es cierto que avances existen. Costa Rica sigue siendo un ejemplo a nivel internacional de desarrollo limpio, y el incentivo a las energías renovables y la agenda de descarbonización en Chile han sido destacadas en todo el mundo. Sin embargo, a la luz de la evidencia es indudable que aquellos esfuerzos son insuficientes. ¿Hasta dónde se puede seguir insistiendo en el actual modelo de desarrollo consumista y basado en el uso de combustibles fósiles? ¿Hasta cuándo seguiremos aplazando la transición a un verdadero desarrollo sustentable, bajo en carbono y justo para todos?

En el informe “Trabajar en un Planeta más Caliente”, publicado recientemente, la Organización Internacional del Trabajo estima que en Latinoamérica y el Caribe, solo en el sector agrícola, se perderían más de dos y medio millones de puestos de trabajos debido a olas de calor, cambios en las precipitaciones y aumentos en la temperatura. En Chile la escasez de agua amenaza con menores productividades en la agricultura, la minería y la generación de energía hidroeléctrica. En el resto del continente, los cambios en el clima harán inhabitables ciertas regiones, aumentando las migraciones entre el campo y la ciudad, como también entre países. Menores productividades y rentabilidades económicas, debido a efectos climáticos, tendrían un impacto en el crecimiento, mientras que las pérdidas asociadas a los eventos climáticos extremos pueden extender la brecha de la desigualdad y aumentar la vulnerabilidad, sobre todo en la población más pobre. Más aún, este escenario es caldo de cultivo para la inestabilidad política y el populismo.

El planeta se calienta y el clima está cambiando rápidamente. Mientras tanto, en cada reunión internacional y Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático, ciertos líderes del mundo se esfuerzan por cerrar los ojos a la evidencia y a desoír las advertencias de la comunidad científica internacional. En la última Reunión Anual de Bonn para la acción climática, una vez más los delegados del bloque conformado por Estados Unidos, Arabia Saudita, Brasil y otros, se opusieron a avalar las recomendaciones del IPCC y se negaron a discutir la más reciente evidencia científica sobre la crisis climática. Lamentablemente se repiten los fantasmas del año pasado de la COP24 de Katowice, se pone en riesgo el éxito de la COP25 de Santiago y se amenaza la credibilidad de la futuras COP y toda la agenda climática de la ONU.

Así las cosas, el escenario político en Latinoamérica y el Caribe no es el mejor. De acuerdo con el estudio de Disparidad en Emisiones, publicado por la ONU en noviembre pasado, los gobiernos de la región se encuentran lejos de cumplir con sus contribuciones al Acuerdo de París en reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Entretanto, aumentos en la temperatura, cambios en las precipitaciones promedio y eventos climáticos extremos ya se pueden sentir por todo el continente.

En América Latina y el Caribe existe una brecha entre las palabras y los hechos. Aún así, ante la acusación de promesas incumplidas, no pocos argumentarían que hay desafíos regionales y locales que parecen más urgentes: la eterna carrera por el crecimiento económico en un mundo hiperglobalizado y en el contexto de la guerra comercial, la grave crisis migratoria especialmente en Haití y Venezuela, el aumento de la pérdida de puestos de trabajo ante la automatización y la revolución digital, la persistente y enraizada desigualdad, y el avance del populismo de izquierdas y derechas. Todos, desafíos muy actuales y presentes.

Ante este escenario, queda preguntarse si las democracias de la región son capaces de responder a esta exigente agenda, a la vez que avanzan en la transición a un desarrollo sustentable. La respuesta es que la crisis climática amenaza con agudizar las condiciones que subyacen a los retos del continente.

En el informe “Trabajar en un Planeta más Caliente”, publicado recientemente, la Organización Internacional del Trabajo estima que en Latinoamérica y el Caribe, solo en el sector agrícola, se perderían más de dos y medio millones de puestos de trabajos debido a olas de calor, cambios en las precipitaciones y aumentos en la temperatura.

En Chile la escasez de agua amenaza con menores productividades en la agricultura, la minería y la generación de energía hidroeléctrica. En el resto del continente, los cambios en el clima harán inhabitables ciertas regiones, aumentando las migraciones entre el campo y la ciudad, como también entre países. Menores productividades y rentabilidades económicas, debido a efectos climáticos, tendrían un impacto en el crecimiento, mientras que las pérdidas asociadas a los eventos climáticos extremos pueden extender la brecha de la desigualdad y aumentar la vulnerabilidad, sobre todo en la población más pobre. Más aún, este escenario es caldo de cultivo para la inestabilidad política y el populismo.

El panorama es desesperanzador y, debido a eso mismo, debemos encontrar una respuesta pronta pero realista. La crisis climática requiere de líderes con el coraje suficiente como para oír la evidencia científica sin censuras y con la tenacidad para actuar motivados por algo más que solo la esperanza. Querámoslo o no, el clima se encuentra en una evolución capaz de cambiarlo todo. La transición a la nueva economía puede ser planificada y consensuada o puede ser abrupta y caótica.

Latinoamérica y el Caribe tienen la oportunidad de movilizarse hacia una economía sustentable que nos saque del subdesarrollo, que permita plantearse metas de mitigación ambiciosas pero a la vez alcanzables, y que incorpore la adaptación al cambio climático sin dejar a nadie atrás. O podemos insistir en mantener todo igual con algunos avances dentro de los márgenes que el sistema nos permite, a riesgo de terminar socavando nuestro desarrollo a punta de catástrofes climáticas evitables.

La crisis climática no es solo un desafío medioambiental, es también una prueba para nuestros sistemas políticos y económicos. Las decisiones que tomemos dentro de la próxima década probarán ser las más importantes de este siglo. El final, aunque no por mucho tiempo más, sigue abierto.

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