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CULTURA|OPINIÓN

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El recorte del presupuesto cultural, ¿una estrategia ideológica?

por 14 octubre, 2019

El recorte del presupuesto cultural, ¿una estrategia ideológica?
No sería agradable darnos cuenta que la derecha chilena pretendiese, con esta toma de decisiones, intentar acotar el acceso de la población a la cultura. Hablaría muy mal de ella y, de constatarse, la oposición debiese responder inmediata y enérgicamente ante esa ordinariez.
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Con mucha pena, los chilenos nos enteramos en estos días de la reducción de un 20% del presupuesto de cinco instituciones culturales de primer orden para la vida artística del país.

El Museo Chileno de Arte Precolombino, Matucana 100, el Teatro del Biobío, Balmaceda Arte Joven y Teatro a Mil, recibieron dicha noticia de parte del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. La entidad les informó que ya no contarían con la suma de 135 millones de pesos anuales, respectivamente, para sus operaciones. Como es natural, el mundo de la cultura reaccionó inmediatamente, indignado, y con justa razón.

El tema no es nuevo. Desde el regreso a la democracia tras la dictadura, donde el apagón cultural fue total, los artistas y las instituciones han vivido siempre el vía crucis de poder mantener a flote las manifestaciones artísticas con presupuestos cuando menos insignificantes, por no decir vergonzosos. El siempre insistente fantasma de los recortes se transforma en un déjà vu.

Resulta complejo entender en estas latitudes que, mientras nos maravillamos con el desarrollo del acervo artístico de otros países que miramos con admiración, nuestro propio mundo cultural no solo deba preocuparse de crear propuestas con arcas escuetas, también debe dejar a un lado sus procesos creativos para dedicar tiempo y energías a impedir que dichas arcas sigan disminuyendo de forma dramática, cuando por sentido común (el menos común de los sentidos) debiese ser totalmente al revés.

No hemos logrado entender que la cultura, las bellas artes y las artes de la representación no son solo la expresión del Estado, de lo que somos y de la excelencia a la que debiésemos ser capaces de aspirar como grupo humano, independientemente de nuestras legítimas diferencias. No logramos interiorizar que son además testimonio de nuestra identidad, de nuestra memoria y de nuestra vida común, la de todos y todas.

La felicidad de una nación se manifiesta a través de su creación artística, de su acceso, de su intercambio. La escasez de ello, por el contrario, significa también la manifestación de nuestra propia tristeza. Y no podemos permitirnos ser un país triste, porque no lo somos. O no debiésemos serlo. No debiésemos permitirnos serlo. No en nuestra democracia.

Como es lógico, la medida abre la ventana a preguntas necesarias, obligatorias, partiendo, por ejemplo, por cómo es posible que recortemos presupuestos cuando no hemos logrado siquiera ser capaces de poder certificar internacionalmente a nuestros museos con sistemas antisísmicos para salvaguardar las colecciones ante un posible terremoto. No estamos preparados. Debiésemos preverlo.

Tras la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, la reglamentación para el transporte de grandes colecciones cambió radicalmente, exigiendo que su traslado se realice hasta en cinco vuelos distintos. Eso hasta el día de hoy.

Aquella coherente disposición quintuplicó por ende los precios, por lo cual traer una gran colección de arte que nos invite a vivir una experiencia única de contemplación (con los presupuestos con los que cuenta una sola institución como el Museo Nacional de Bellas Artes, por ejemplo) resulta una tarea prácticamente imposible.

Por ende se niega a la sociedad chilena poder disfrutar de alguna de las majestuosas colecciones que circulan por Europa, Asia o Estados Unidos, con una facilidad y proximidad envidiables. Es solo una cuestión de presupuesto.

¿Es válido entonces, desde la lógica de su precaria situación, quitar presupuesto a estas cinco instituciones para que, como acusan, sea destinado a la construcción del famoso Museo de la Democracia, idea de la hija del Presidente, Magdalena Piñera?

La ministra Consuelo Valdés explica que será un complemento al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, que ya de por sí cumple su función de recordarnos los horrores padecidos por todos y su fin. ¿Es necesario aquel Museo de la Democracia para recordarnos lo que ya vivimos en la actualidad? Porque claramente lo hacemos en una democracia.

¿La creación de ese nuevo museo (presentado hoy como pabellón, no como museo) justifica quitar dinero a otros, como quien desviste un santo para vestir otro? He ahí la contradicción. He ahí una interrogante. Cualquier persona con rudimentarios conocimientos en museos sabe de sobra que cada Presidente de la República desea dejar su legado cultural a través de la creación de un gran espacio. Lo han hecho todos, desde Aylwin a Bachelet, y se entiende que Sebastián Piñera desee también lo mismo, que no logró en su primer período.

En esa disyuntiva nacen otras preguntas. ¿No hubiese sido acaso más elegante comprar su parte a la Universidad de Chile y crear un gran Museo Nacional de Bellas Artes, que le sirviese de escenario perfecto al Presidente para concretar grandes tratados comerciales, políticos, binacionales o multilaterales, como estrategia diplomática, inaugurando exposiciones emblemáticas, como hacen todos los países dignos de lo suyo?

¿No tendría más clase que un Mandatario, el que fuese, iniciara y concluyese la ejecución de un nuevo Museo de Arte Contemporáneo para el país, por donde desfilaran los grandes nombres nacionales e internacionales, ubicándolo en una situación geográfica ejemplar que amplificara la oferta turística de la ciudad? ¿No tendría más pertinencia, antes de crear un Museo de la Democracia, crear uno dedicado a la figura de Roberto Matta, nuestro nombre más global, personaje esencial del movimiento surrealista y la historia del arte universal, o Nemesio Antúnez, considerado por el MoMA el mejor artista chileno de la época contemporánea tras Roberto?

Claramente hablamos de palabras mayores, que parecen perderse a ratos entre una realidad irrespetuosa para nuestra creación artística, que encuentra en cada paso un eco constante, vacío, hueco, fundamentado en la inexistencia de una frecuentación de esos mismos espacios culturales, de no sentir cercanía hacia a algo tan indispensable para entender el mundo, el mundo propio y la cosmovisión de lo que sucede a nuestro alrededor.

Atrás parece haber quedado aquel tiempo, precioso, importante, donde las artes eran una prioridad de Estado, que motivó la construcción de ese mismo Museo de Bellas Artes o esa Biblioteca Nacional, que aún hoy después de un siglo seguimos mirando boquiabiertos gracias a su belleza y majestuosidad pese a su reducida escala, en su tiempo adecuada a un país pequeño como el nuestro.

¿Cómo podríamos quitarle presupuesto a un espacio como el Museo Chileno de Arte Precolombino, administrado por un visionario tan impresionante como Carlos Aldunate, que ha dedicado su vida a darle muchas vidas al museo, cuya ampliación fue inaugurada por el mismo Sebastián Piñera, museo protector y difusor de la excelencia de nuestros propios pueblos, anteriores incluso a la llegada de Cristóbal Colón a América, hoy recomendado por The New York Times o la revista Time a cualquiera que ponga un solo pie en nuestro país, de visita obligatoria? Resulta una locura.

¿Cómo podemos quitarle presupuesto al Teatro del Biobío, la sala de espectáculos más grande del país, levantado tras el terremoto y tsunami por el premiado arquitecto Smiljan Radic, mismo creador del pabellón 2014 de la Serpentine Gallery en Londres, que ha dinamizado la vida cultural de la región y ha regalado a la zona importantes premios de arquitectura? Resulta una locura.

¿Cómo podemos quitarle presupuesto a la Fundación Teatro a Mil, que ha puesto a nuestro país, en todos sus años de historia, en el ojo del huracán del mundo teatral y las artes del espectáculo, convertido hoy en un referente de fama mundial que nos ha traído al exhibidor innumerables orgullos? Resulta una locura. Resulta inexplicable, resulta violento.

En todas esas preguntas anteriores, cabe otra hasta quizá más importante, y es aquella relativa, de nuevo, a si ese Presidente de la República, a si aquellos parlamentarios que aprobaron dicha asignación de recursos, tienen real frecuentación de esos espacios.

Probablemente esta polémica tampoco sería tal si nos encontrásemos un fin de semana a quienes han tomado esta decisión junto a sus hijos en esos museos y espacios, explicándoles los mundos personales de artistas que cuelgan sus lienzos o exhiben sus objetos en dichos museos, o disfrutando de esos espectáculos que tantas alegrías han traído a cientos de miles de chilenos. Probablemente la historia sería distinta.

En pleno siglo XXI, pese a la interconexión de la que disponemos gracias a la tecnología, vivimos en un país donde debemos constatar que sigue siendo, a todas luces, culturalmente insular, lo que queda al descubierto con estas decisiones.

Para construir una sociedad culta, educada, respetuosa, con amplias posibilidades de reflexión, es necesario contar con una fuerte institucionalidad artística, que promueva y difunda la creación y la salvaguardia de las artes. ¿Por qué? Porque son las artes las que nos proporcionan una vía de escape a realidades personales y comunitarias difíciles, algunas veces muy complejas. Las artes y la cultura nos permiten soñar, creer que nuestra realidad no es tan desoladora.

En un país con tantas inequidades sociales, económicas y educacionales como el nuestro, las artes son un vehículo imprescindible para poder imaginar una realidad y, por qué no decirlo, un futuro mejor promoviendo la imaginación, la resolución creativa de conflictos, la superación de las dificultades. En esa añoranza, muy real, es una obligación del Estado garantizar a la población un acceso pleno a las artes y la cultura, que significa por lo demás nuestra mejor carta de presentación ante el resto del mundo.

No sería agradable darnos cuenta que la derecha chilena pretendiese, con esta toma de decisiones, intentar en una estrategia ideológica acotar el acceso de la población a la cultura. Hablaría muy mal de ella y, de constatarse, la oposición debiese responder inmediata y enérgicamente ante esa ordinariez.

Ningún Mandatario, a excepción de Ricardo Lagos, ha logrado entender a cabalidad la importancia de la cultura para una sociedad y para el desarrollo pleno de un país. Los presidentes y parlamentarios que logren longevidad en el tiempo, en la memoria, deben saberlo, serán aquellos que desde sus propias sensibilidades sean capaces, no solo de darle la mano a la cultura, sino de también atraerlos hacia sí mismos y abrazarlos con fuerza.

Las artes son lo más importante que tenemos. No reduzcan la cultura. Amplíenla, al resto del país y a ustedes mismos. Esperemos no solo la revocación de la medida, sino la amplitud de presupuesto para que estas instituciones, y muchas otras, puedan hacer lo que tienen que hacer. Y estoy seguro que así será, porque es digno de la democracia que debemos ser y proteger.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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