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Claves mapuche para entender el estallido de Chile Opinión

Claves mapuche para entender el estallido de Chile

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Ziley Mora
Por : Ziley Mora Etnógrafo, educador, filósofo, escritor y consultor. Por más de tres décadas se ha dedicado a difundir las joyas de la alta cultura y filosofía mapuche, recolectadas a través de kimches, arrieros, lonkos y machis. Es autor de más de una veintena de libros vinculados a la cosmovisión, tradición oral, prácticas y espiritualidad de los antiguos mapuches del sur, entre ellos “Yerpún, el Libro Sagrado de la tierra del sur” y el diccionario “Zungun, palabras que brotan de la tierra”. Actualmente se dedica a la enseñanza de la Ontoescritura, un método autobiográfico para la transformación personal, inspirado en las prácticas terapéuticas de la machi.
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Cada chileno/a, desde la tradición del respeto y equilibrio mapuche por el az mapu (“costumbre armoniosa de la tierra”) y desde el itrofill mongen (“biodiversidad de la vida natural”), debemos cuestionarnos a fondo con estas preguntas: ¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Cómo es que hemos olvidado la belleza y pisoteado lo sagrado? ¿Cómo es que nos perdimos tanto como para pensar que sólo existe lo que brilla y se compra? ¿Acaso nuestros bienes son más importantes que el respeto por la vida misma y el espíritu divino que la anima? ¿Cómo es que el interés quiso segar de cuajo los árboles y apresar la fuerza alegre y vivificadora de los ríos? ¿Cómo es que hicimos avanzar sin misericordia el desierto, a tal punto que la fauna hoy nos teme, nos huye y el bosque quisiera volverse piedra para salvarse de nuestras manos?


Nuestra crisis es crisis de toda la tierra, de todo el espacio de Chile. Pero también es crisis de todo el tiempo de Chile. Al menos desde los últimos cuarenta y cinco años, los años del modelo de consumo, del lucro acumulador y de la desregulación de la economía a las “leyes del mercado”. Y he aquí una gran clave mapuche para entender lo que está pasando: el estallido es una consecuencia temporal, un efecto directo en la vida de las personas de una causa: la sistemática siembra de desequilibrios y transgresiones, todas cometidas en las últimas décadas del devenir humano sobre esta mapu.

Estamos viviendo justamente en estos días en las aguas emocionales de Kay-Kay Filu (la serpiente de las inundaciones de las tierras bajas, incluyendo las pasiones humanas bajas). No olvidemos que la serpiente Filu viene del verbo ful´ün, “desparramarse sin control”. Y en el antiguo idioma andino, Kay es “divinidad”. Y estas aguas emocionales pueden manifestarse también a través del fuego.

El poderosísimo binomio “agua-fuego” (ko ka kitral) siempre está presente, ya sea al momento de enjuiciar el alma de un difunto, como cuando corresponde enjuiciar el tiempo de un alma colectiva. Así como el fuego –atavismo que nunca se va de Chile–alimenta y sirve a otro proceso que ocurre en otro nivel de realidad invisible, la newen (fuerza-energía) ardiente o “fuerza de la llamarada” lo transforma todo en su prueba purificadora que desbarata y destruye para recomponer otra cosa, algo nuevo.

Otra definición mapuche muy interesante para estos tiempos es el concepto de wekufe, “el mal” o “lo maligno”, que viene de la raíz wekun, “afuera”, “lo externo”, en relación al malestar que podemos traer a nuestras vidas cuando no estamos auténticamente conectados con la fuente y raíz de quien “yo soy”. Pero que también se lee wekufe (we, “lo nuevo” y küfu, “echarse a perder” o “corromperse”) como “el mal equilibrador” o aquel que “compone lo nuevo echando a perder”. Entonces, el wekufe o lo maligno, no es necesariamente “malo” en la perspectiva del tiempo, pues gracias al aceleramiento de una putrefacción devendrían cosas nuevas, buenas e impensadas. Por lo tanto no temerle a una crisis mayor, pues ésta tiene una función equilibradora, re-establecedora de un orden perdido y antes ni siquiera vislumbrado.

Entonces, como el desarrollo económico que originó este estilo de progreso fue hecho desde un egoísmo inconsciente y depredador, también la quemante barricada del vandalismo fue inconsciente y violenta. Así, la energía del cambio y la transformación, que cada tanto conmueve y despierta a Chile, tiene también su conexión y razón de ser con el Cielo. La gente de esta tierra, tanto proletarios como poderosos, han estado ambos desarraigados de su fuente espiritual y sabiduría ancestral, obedeciendo a energías negativas inconscientes, por lo que desde una perspectiva arquetípico-simbólica el fuego se abrió paso para purificar antiguos odios y resentimientos, y pesares acumulados por más de dos siglos.

Por otra parte, con tantos y tan sistemáticos atentados contra el equilibrio de los elementos primordiales: el aire, el agua y la tierra, aparece en su momento el fuego, su compañero vengador, para purificar y hacer “pagar”. Y con inusitada rapidez, de un viaje, se cobran los daños causados al equilibrio de la Mapu Ñuke (la tierra madre) que ha registrado cada una de sus violaciones pasadas. Como la matriz inteligente de la Naturaleza nada olvida, de golpe aparece la erupción, el estallido, la violencia y su incontenible desmesura.

Por tanto, en esta hora de Chile de inconsciente modernidad e incontinente consumo, no olvidemos a los espíritus de los animales y de las plantas calcinados o torturados de diversa forma. No olvidemos el negocio forestal amparado por décadas en subsidios estatales del decreto 701, ese que devastó los montes de tanto bosque nativo. No olvidemos las motosierras al arrancar milenarias raíces, arrasando también con cascadas y vertientes habitadas por los ngenko (los espíritus-dueños de esos santuarios de pureza). La agricultura transgénica fue otro de los crueles verdugos. Y la avaricia de plantar frutales con químicos fumigándole el alma a sus nobles raíces. Los ngen de tanta planta, flor, de los majestuosos árboles, también nos vienen a reclamar hoy su derecho a la vida arrebatada sin autorización, sin el más mínimo ritual de permiso. 

Cada chileno/a, desde la tradición del respeto y equilibrio mapuche por el az mapu (“costumbre armoniosa de la tierra”) y desde el itrofill mongen (“biodiversidad de la vida natural”), debemos cuestionarnos a fondo con estas preguntas: ¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Cómo es que hemos olvidado la belleza y pisoteado lo sagrado? ¿Cómo es que nos perdimos tanto como para pensar que sólo existe lo que brilla y se compra? ¿Acaso nuestros bienes son más importantes que el respeto por la vida misma y el espíritu divino que la anima? ¿Cómo es que el interés quiso segar de cuajo los árboles y apresar la fuerza alegre y vivificadora de los ríos? ¿Cómo es que hicimos avanzar sin misericordia el desierto, a tal punto que la fauna hoy nos teme, nos huye y el bosque quisiera volverse piedra para salvarse de nuestras manos?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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