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2020: la piñerización de la protesta social

por 30 diciembre, 2019

2020: la piñerización de la protesta social
La tercera fase, actualmente en desarrollo, se abre en paralelo al encauzamiento del Acuerdo a través del proceso constituyente. Esta tendrá el foco probablemente en la figura del Presidente, la Presidencia de Chile y en particular de Sebastián Piñera. Estamos observando señales de lo anterior cada vez con más nitidez. Cuando se retome la energía de la protesta social con sus expresiones de rabia, malestar, impugnación a los partidos políticos y crítica trasversal a la incapacidad del sistema institucional de procesar el problema con cierta legitimidad, lo que vamos a ver en el centro de la discusión es la conversación sobre Piñera.
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Conforme pasan los días, la evolución de la protesta social sigue signada por la incertidumbre. Es cierto que en las últimas semanas hemos observado una baja de la conflictividad coyuntural. También un cierto encauzamiento de la energía por cambios institucionales se comienza a instalar con la convocatoria al plebiscito del 26-A. Lo anterior, con la tarea pendiente de la agenda social que parece seguir desacompasada de los tiempos políticos. Lo nuevo es que se comienza a instalar, en paralelo y con una fuerza creciente, la conversación sobre la permanencia del Presidente en el cargo.

En este mismo medio planteábamos, a inicios de noviembre, el escenario del posible fin anticipado del actual periodo presidencial. Sosteníamos entonces que los últimos datos mostraban a un Presidente con bajísimos niveles de aprobación a su gestión. Esta sigue estando, ayer como hoy, en un dígito, sin que se vislumbre, antes ni ahora, una mejora.

Su coalición de Gobierno comienza a mostrar diferencias profundas en relación con las decisiones para enfrentar la crisis. Especialmente se han observado divergencias respecto a las medidas para el restablecimiento del orden público y del proceso constituyente. La acción del intendente metropolitano, a través de la llamada estrategia de copamiento policial, está demostrando ser poco eficaz y con un alto costo en términos de opinión pública y que ha sido duramente criticada por sectores del oficialismo.

La impericia del equipo político de La Moneda tuvo su corolario con el famoso informe que entregó el ministro Blumel al Ministerio Público y que contenía “información extraordinariamente sofisticada a partir de análisis con tecnologías de big data, con tecnologías de la información” para investigar responsabilidades en los hechos ocurridos durante el estallido social. Hasta ahora nadie del oficialismo ha defendido dicho reporte y más voces se suman a los cuestionamientos por su contenido y oportunidad.

Las disputas siguen escalando fuertemente en el oficialismo. La votación de diputados de RN y Evópoli en las reformas para mejorar la representación de los delegados constituyentes, tiene como telón de fondo la disputa del liderazgo del sector en vistas al posible vacío de poder que deja el Presidente, quien en nuestro sistema presidencialista es también, en los hechos, el líder de su coalición.

En este contexto se debe analizar la evolución de la protesta social y los posibles escenarios que se van configurando.

La primera fase del estallido social tuvo su foco en la sorpresa, en las razones de la violencia y en el diagnóstico de la desigualdad y los abusos. Esta tensión ocupó cerca de un mes.

La segunda fase se inaugura el 12-N y discurre entre las horas de la noche del martes 12 y la madrugada del viernes 15 de noviembre, que fueron decisivas del momentum político que posibilitó la salida institucional a través del acuerdo suscrito por la mayoría de las fuerzas políticas representadas en el Congreso. A partir de ese momento se constitucionaliza la discusión y el diagnóstico inicial cede espacio a la discusión jurídica. Esta etapa se cierra, dejando varios heridos en el camino, con la convocatoria al plebiscito que da inicio al proceso constituyente.

La tercera fase, actualmente en desarrollo, se abre en paralelo al encauzamiento del Acuerdo a través del proceso constituyente. Esta tendrá el foco probablemente en la figura del Presidente, la Presidencia de Chile y particular de Sebastián Piñera. Estamos observando señales de lo anterior cada vez con más nitidez. Cuando se retome la energía de la protesta social con sus expresiones de rabia, malestar, impugnación a los partidos políticos y crítica trasversal a la incapacidad del sistema institucional de procesar el problema con cierta legitimidad, lo que vamos a ver en el centro de la discusión es la conversación sobre Piñera.

La piñerización de la conversación cohabitará con dos factores de resistencia a este escenario. Por una parte la incapacidad de autocrítica profunda por parte del Jefe de Estado, resultado de la ceguera ante la situación que lo afecta. Lo anterior se evidencia en que, cada vez que dispone de espacio mediático ante la opinión pública, su discurso gira en que lo ocurrido es una ataque a su persona y contra su proyecto de Gobierno. De otra, la negación de buena parte de la elite de poder verbalizar lo que se habla en los entresijos del poder: la salida anticipada del Presidente.

Las señales que obsérvanos es que, desde un punto de vista sicopolitico, el Mandatario se está trasformando en un actor que parece no estar resultando funcional al actual proceso de trasformación, por su desconexión con la energía dominante y, por tanto, su incapacidad para encauzarla.

Nada va a funcionar si la legitimidad social del Presidente no funciona. Hoy, todo lo que gira alrededor de la Presidencia de la República no funciona, porque es la pieza central la que parece estar fallando. A partir de marzo, probablemente el escenario de conversación sobre Piñera converja en que el Primer Mandatario está pasando definitivamente de ser parte del problema a ser él el problema.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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