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Lo peor no ha pasado

por 2 enero, 2020

Lo peor no ha pasado
Esa sensación de conformidad, criticada desde la propia coalición oficialista, es otra muestra de que queda muy poco del hábil apostador de bolsa que podía olfatear la oportunidad desde lejos. En su lugar, hay un político cansado, que no acepta el título del más malo de los gobernantes de la historia reciente de Chile, quebrado con la derecha y nunca reconciliado con el centro político del cual –alguna vez– se vio como profeta. Los escasos conversos que le acompañan en su gestión no pueden ser, en ningún momento, síntomas de un quiebre de los ejes.
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Entrevistado por La Tercera, el Presidente Sebastián Piñera anunció que “lo peor ya pasó”, en la ilusión de que la cresta de la ola del estallido social que empezó el 18 de octubre ya había cruzado esta tierra y, por tanto, estábamos en una especie de etapa de poscrisis, como suele llamar la literatura especializada sobre conflictos a ese momento donde ya hay calma y corresponde sacar las lecciones.

Esa sensación de conformidad, criticada desde la propia coalición oficialista, es otra muestra de que queda muy poco del hábil apostador de bolsa que podía olfatear la oportunidad desde lejos. En su lugar, hay un político cansado, que no acepta el título del más malo de los gobernantes de la historia reciente de Chile, quebrado con la derecha y nunca reconciliado con el centro político del cual –alguna vez– se vio como profeta. Los escasos conversos que le acompañan en su gestión no pueden ser, en ningún momento, síntomas de un quiebre de los ejes.

Queda mucho de lo peor. La violencia en las calles no ha disminuido y el cambio de tono del intendente Felipe Guevara no ha logrado hacer bajar la cantidad de manifestantes. Más aún, esa cierta tendencia que había a la disminución de los asistentes a las marchas, en especial las de Plaza Italia, se revirtió con la estrategia del copamiento policial. Una persona atropellada de manera brutal y un manifestante muerto por inmersión en una cámara sin tapas, además del incendio del Cine Arte Alameda, muestran el fracaso de la estrategia de la autoridad regional.

Un último punto de los demonios que se vienen sobre Piñera es el quiebre con su coalición. La UDI siente que ha pagado muy caro por su lealtad al Gobierno. Parte de ese precio es la dolorosa caída de Andrés Chadwick, pero también la pérdida de conexión con sus bases, que ven al Presidente ceder y ceder a la izquierda, a cambio de nada. Sin la UDI de puntal, el Gobierno no tiene mucho que hacer. Es verdad que el Mandatario ha tratado de convertir a Evópoli en su propia Cámpora, dándole los ministerios más importantes, pero dicho partido no tiene la fuerza parlamentaria ni el arrastre de sus otros dos socios de Chile Vamos.

Con esto, se va también la carrera política de quien fuera uno de los alcaldes más promisorios que tenía la derecha. Una acusación constitucional, que parece al menos reunir los votos en la Cámara de Diputados, viene pronto y después de Guevara serán pocos los valientes dispuestos a asumir el cargo.

Por otro lado, la situación económica este año es para temer. En la misma entrevista el Presidente hizo ver que Chile venía creciendo hasta el estallido, que interrumpió lo que iba a ser un buen año. La evidencia contradice completamente su apreciación. Antes del estallido, la economía iba camino a mostrar un rendimiento menor al que había pronosticado el Mandatario en su cuenta al país del 1 de junio, donde planteó –textualmente– que Chile crecería entre un 3% y un 3,5%. Los vaticinios antes del 18 de octubre, de todos los economistas, más bien prometían una economía que no alcanzaría siquiera el piso soñado por Piñera.

Debido a la mala memoria que suelen tener muchos y la serie de acontecimientos desde ese día que han marcado a Chile para siempre, pocos recuerdan ese patinazo en las predicciones presidenciales.

La realidad del año que viene no es muy buena. En el caso de la guerra comercial entre China y EE.UU. sí es correcto decir que lo peor ya pasó, pero el problema para Chile ahora es la falta de inversión. La crisis y en especial el cambio constitucional han generado una incerteza en los actores, que hará guardar en carpeta muchos proyectos. El excesivo maximalismo de los profetas del cambio constitucional con mayor presencia en los medios asusta a muchos. Hay que recordar que, si gana la opción por el cambio constitucional, la nueva Carta Magna estará recién en abril del 2022.

También el propio Gobierno de Piñera, al que le quedan dos largos años, es motivo de incerteza entre muchos empresarios. En ese mundo, ven a un Presidente débil, zigzagueante, presa de sus propios fantasmas, como la intervención extranjera, necesitado de vacaciones y que se atribuye un liderazgo con el que solo coincide 1 de cada 10 chilenos. Nada más incierto entonces para invertir que la mezcla entre un fantasma presidencial, como llamó José Antonio Kast a Piñera, y un cambio incierto en el modelo. Hay que recordar que la actual administración ganó con una promesa de prosperidad económica y, si eso no ocurre, el Gobierno sigue amenazado en su propia existencia.

Otro punto de lo peor que sigue es la baja productividad legislativa. Desde el día uno de la crisis, el tema pensiones es el más importante de la opinión pública y recién este domingo el Presidente anunció que podía hacer indicaciones para marcar a las vilipendiadas AFP e introducir un pilar distributivo en el sistema. Así, la reforma se parece a la que propuso Bachelet y sobre la cual los asesores económicos del actual Mandatario echaron toneladas de basura. Como nadie se hace responsable de tamaño error político, las culpan recaerán de nuevo sobre Piñera. Algo similar ocurre con la agenda antiabusos, anunciada en La Moneda pero sin ejecución en el Congreso.

Un último punto de los demonios que se vienen sobre Piñera es el quiebre con su coalición. La UDI siente que ha pagado muy caro por su lealtad al Gobierno. Parte de ese precio es la dolorosa caída de Andrés Chadwick, pero también la pérdida de conexión con sus bases, que ven al Presidente ceder y ceder a la izquierda, a cambio de nada. Sin la UDI de puntal, el Gobierno no tiene mucho que hacer. Es verdad que el Mandatario ha tratado de convertir a Evópoli en su propia Cámpora, dándole los ministerios más importantes, pero dicho partido no tiene la fuerza parlamentaria ni el arrastre de sus otros dos socios de Chile Vamos.

RN –el propio partido del Presidente– se desangra en sus peleas internas. Pareciera ser otro, distinto del que hace pocos meses aplaudió a una diputada que se declaró pinochetista. Las diversas posiciones sobre el plebiscito harán más duro el quiebre y, por tanto, más débil aún a La Moneda.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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