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Un asesinato y la posibilidad de una nueva guerra en Medio Oriente

por 4 enero, 2020

Un asesinato y la posibilidad de una nueva guerra en Medio Oriente
Las características de Irán hacen que una guerra abierta en su contra sea una opción irracional. Este país es, por muchas razones, muy distinto a otros de la región donde EE.UU ha intervenido. Su gran población de más de 80 millones, su extenso territorio y capacidad bélica hacen que un ataque directo sea impensado. Además, Irán cuenta con una economía que, si bien ha sufrido los embates del boicot norteamericano, es mucho más grande y avanzada que la de Irak antes de la invasión de EEUU en 2003 o la de Siria antes de la guerra civil. La población iraní esta sustancialmente más educada, mejor alimentada, con más acceso a bienes de consumo y con más expectativas de mejora que la mayoría en Medio Oriente, por lo que una intervención en su territorio sería estratégicamente compleja.
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El asesinato del militar iraní Qassem Soleimani ha sorprendido a muchos y, ciertamente, abre un nuevo capítulo en la historia de intervenciones de Estados Unidos en Medio Oriente. El alto funcionario fue asesinado por un misil lanzado a distancia -por orden expresa del presidente de EE.UU Donald Trump- cuando estaba en el aeropuerto de Bagdad, en el vecino país de Irak. La pregunta que muchos se hacen es ¿habrá una nueva guerra en Medio Oriente? La respuesta puede parecer perturbadora: la guerra ya está en curso.

Para comprender por qué debemos observar algunos hechos. Primero, quién era el general Soleimani. Las milicias Quds que él dirigía son una rama de la Guardia Revolucionaria (Pasdarán), el poderoso ejército de la revolución que responde directamente al líder supremo, el ayatola Ali Jamenei. Estas milicias son una unidad de élite y no hay certeza del número real de sus integrantes. Una de sus tareas es crear lazos con milicias de países de la región, por eso Soleimani se encontraba en Irak. Las operaciones de estos grupos pueden rastrearse en Siria e Irak, pero también podemos ver su influencia en Líbano, Palestina y Yemen.

Segundo, el complejo sistema político iraní. Por muchas razones, este país de Medio Oriente es un actor de enorme relevancia geoestratégica, pero su complejidad política hace que sea difícil prever los siguientes pasos. Irán es una República en donde el poder último reside en el líder espiritual, el Ayatola Ali Jamenei, quien sucedió al difunto líder de la revolución de 1979, el ayatola Ruhollah Jomeini.

Medio Oriente se asemeja a un polvorín a punto de explotar, pero tras la retirada de tropas norteamericanas en los últimos años se ve casi imposible que EE.UU quiera volver a la guerra en esta región. En vez de eso, Washington ha estrechado vínculos con aliados que pueden desempeñar un papel militar más activo, principalmente con dos: Israel y Arabia Saudita. Ambos son enemigos de Irán y potencias regionales, embarcados en una campaña por reducir la injerencia iraní en la región. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha sido el principal promotor de una guerra contra Irán. Pero es poco plausible que esto beneficie a Israel: Irán tiene aliados en Palestina y Líbano, países vecinos de Israel. Pero también por razones económicas: China se está convirtiendo en un socio importante para Israel y también para Irán y es poco realista pensar que quiera una guerra abierta. Arabia Saudita quiere debilitar a Irán, pero no tiene la capacidad militar para enfrentarse sola a esta potencia regional. Rusia y Turquía no quieren que se altere el statu quo, así que no avalarán una escalada en el conflicto.

El presidente es electo, al igual que los miembros del parlamento, pero todos los candidatos deben pasar por el filtro de la clase clerical. Por su parte, la guardia revolucionaria o Pasdarán, que goza de bastante independencia financiera y prestigio, es un grupo de poder en sí mismo. De este ejército se desprenden dos unidades especiales: las milicias voluntarias (Basij, formadas mayoritariamente por jóvenes pobres y fieles a la revolución) y las Quds, que dirigía Soleimani. El alto general tenía una enorme popularidad y llegada directa con el líder Jamenei, lo cual hace pensar que las represalias por su asesinato serán fuertes. Pero la clase política estará dividida: no todos están de acuerdo con escalar el conflicto con EEUU.

Tercero y en relación con lo anterior, la sociedad iraní ha estado movilizándose desde la Revolución Verde de 2009 y a fines del 2018 protagonizó importantes protestas, a pesar de las represalias del régimen y la popularidad de Soleimani. No es plausible que los iraníes quieran ir a la guerra, lo más probable es que vastos sectores de las clases medias urbanas sigan demandando mejor estándar de vida. Al mismo tiempo, todos los iraníes son orgullosos de su historia e independencia, así que, si el conflicto escala, la sociedad iraní no tolerará una intervención en su país. Todo esto puede ser capitalizado por el régimen en aras de movilizar a la población y desviar la atención del malestar ante la alicaída economía interna.

Cuarto, las características de Irán hacen que una guerra abierta en su contra sea una opción irracional. Este país es, por muchas razones, muy distinto a otros de la región donde EE.UU ha intervenido. Su gran población de más de 80 millones, su extenso territorio y capacidad bélica hacen que un ataque directo sea impensado. Además, Irán cuenta con una economía que, si bien ha sufrido los embates del boicot norteamericano, es mucho más grande y avanzada que la de Irak antes de la invasión de EE.UU en 2003 o la de Siria antes de la guerra civil. La población iraní esta sustancialmente más educada, mejor alimentada, con más acceso a bienes de consumo y con más expectativas de mejora que la mayoría en Medio Oriente, por lo que una intervención en su territorio sería estratégicamente compleja.

Adicionalmente, el territorio iraní es una pesadilla con elevadas montañas, desiertos calurosos y planicies enormes, que hacen que una invasión terrestre sea francamente un absurdo. Tampoco es muy alentadora la posibilidad de bombardeos selectivos, dado que sus defensas antiaéreas y aviación son sustancialmente poderosas. El escenario de un enfrentamiento directo es poco plausible.

Quinto. Medio Oriente se asemeja a un polvorín a punto de explotar, pero tras la retirada de tropas norteamericanas en los últimos años se ve casi imposible que EE.UU quiera volver a la guerra en esta región. En vez de eso, Washington ha estrechado vínculos con aliados que pueden desempeñar un papel militar más activo, principalmente con dos: Israel y Arabia Saudita. Ambos son enemigos de Irán y potencias regionales, embarcados en una campaña por reducir la injerencia iraní en la región. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha sido el principal promotor de una guerra contra Irán. Pero es poco plausible que esto beneficie a Israel: Irán tiene aliados en Palestina y Líbano, países vecinos de Israel. Pero también por razones económicas: China se está convirtiendo en un socio importante para Israel y también para Irán y es poco realista pensar que quiera una guerra abierta. Arabia Saudita quiere debilitar a Irán, pero no tiene la capacidad militar para enfrentarse sola a esta potencia regional. Rusia y Turquía no quieren que se altere el statu quo, así que no avalarán una escalada en el conflicto.

Por último, aunque todo lo señalado arriba nos muestra la poca plausibilidad de agresiones abiertas, estamos ante un escenario de guerra poco convencional. El tipo de guerra en desarrollo en la región es nuevo: los ejércitos de milicias, grupos rebeldes, mercenarios, espías y la guerra cibernética han estado operando desde hace unos cuantos años. La Tercera Guerra Mundial no vendrá con la escalada del conflicto: ya la estamos viviendo.

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