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La economía hegemónica en su laberinto

por 18 abril, 2020

La economía hegemónica en su laberinto
En pandemia parece sensato seguir la receta de aquellos países económicamente heterodoxos, por su Estado de Bienestar, incluso con recortes, me refiero a los países con mejores niveles de vida de la población, como los escandinavos, que no parecieran ser dignos de atención por el dogma neoliberal, pero que frente a esta pandemia resulta imposible seguir ignorándolos. Lamentablemente muchas vidas se perderán con el coronavirus, esperemos que entre tanta muerte y tragedia también se lleve las visiones dogmáticas y la corrupción de nuestras democracias. Que el aumento de la conciencia frente a esta crisis desastrosa sirva para construir un mejor vivir.
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La hegemonía de la perspectiva neoliberal en economía, ha sido muy fuerte en los últimos cuarenta años, especialmente en nuestro país.

Obviamente existen otras perspectivas en economía y una alta gama de matices, apellidos como Stiglitz, Chang, Piketty o Mazzucato, por solo citar a algunos, nos recuerdan que la economía es una disciplina compleja, que forma parte de las ciencias sociales y que, por lo mismo, se basa en el siempre impredecible comportamiento humano, lo que debiera excluir aproximaciones dogmáticas o teológicas acerca de cómo adoptar decisiones de política económica.

Sin embargo, el predominio del pensamiento único en economía es muy fuerte en el mundo y en nuestro país.

Por otro lado y no sólo en Chile, la perspectiva neoliberal ha sido adoptada por los gobernantes con entusiasmo, para redistribuir el ingreso hacia el 1% más rico, y presenciamos políticas estatistas para las pérdidas de los bancos en la crisis del 2008 (rescates millonarios pagados por los contribuyentes e impuestos más bajos a los ricos e híper ricos) y liberales para las pérdidas de los ciudadanos. En otras palabras, subsidios al sistema financiero y a las transnacionales, y crudeza del mercado y bancarrota individual para las personas comunes.

Todo lo anterior ha formado parte de las decisiones de gobiernos de derecha, de centro y de izquierda, evidenciándose, además, una relación incestuosa entre el financiamiento de la política y las decisiones en favor de los financistas y no de los ciudadanos. Como dicen Hacker y Pierson, en el mercado se vale por tu bolsillo o solvencia económica y en la democracia, por el contrario, se trata de una persona un voto, es decir, vale lo mismo el voto del pobre como el voto del rico.

Y por ello debe haber cortafuegos que impidan el entrecruce del mercado con la elección de los políticos, ya que estos deben representar por igual los intereses de sus electores, sea cual sea su situación económica. Pero si estos cortafuegos se vulneran y los grandes grupos económicos financian a tal o cual candidato (o a todos), una vez elegido y pensando en los costos de su futura reelección, el político electo sentirá más inclinación por representar el interés de sus financistas que el de sus electores comunes y corrientes. Además, luego de ser financiado tendrá que devolver el favor, y ser leal con quienes le ayudaron a financiar su carrera.

Con estas palabras Hacker y Pierson describen la decadencia norteamericana y la política orientada en beneficio de los ricos, con el consecuente aumento de la pobreza y destrucción de la clase media. Es decir, la lenta agonía de la democracia representativa, dando igual quién venza ya que se financia por igual a candidatos de todos los colores políticos. Nunca antes los poderosos han estado más tranquilos con los resultados de las elecciones.

Por tanto, por un lado, está el pensamiento económico dogmático, de la escuela de Chicago, con fórmulas simplistas y alejadas de la realidad, y por otro lado un sistema político al servicio de los más ricos, para quienes este dogmatismo es una excelente excusa para adoptar políticas regresivas en nombre de un supuesto conocimiento técnico.

Para la escuela de Chicago, las personas siempre actúan en forma egoísta y dicho actuar generará, gracias a la mano invisible, bien común. Además, nada es peor que las regulaciones, lo mejor es la liberalziación de los mercados y dejar que todo funcione automáticamente.

Lo ideal es que nada sea gratis, salud, cultura y educación deben ser bienes de mercado, competitivos, porque si son proveídos por el Estado sólo se genera ineficiencia y pobreza. Sin embargo, existen numerosas voces disidentes, que son generalmente ignoradas. Por ejemplo, Chang enfatiza que los países ricos se desarrollaron justamente con medidas estatales interventoras, como Gran Bretaña, Estados Unidos y Corea del Sur. Mazzucato destaca cómo la innovación va de la mano con la inversión estatal, dado que riesgo es muy alto para los privados. Colander nos recuerda lo que denomina “el arte perdido de los economistas”, al parecer olvidado, ya que la economía hegemónica pareciera estar más preocupada de sus ecuaciones matemáticas que de la veracidad de sus supuestos.

Para los políticos corruptos, el dogmatismo neoliberal permite revestir de cierto fundamento técnico, supuestamente objetivo, las políticas regresivas adoptadas por gobiernos de derecha a izquierda para tener contentos a sus financistas y devolverles el favor.

Pero la actual pandemia constituye un terremoto de realidad para las teorías de pizarrón. Pareciera que sin el Estado rescatista nos hundimos. Los seres humanos somos complejos, egoístas y solidarios a la vez, por tanto, cuidado con las visones unidimensionales. Un Estado totalitario ahoga la libertad y un Estado ausente permite que la concentración de capital privado ahogue también la libertad.

En pandemia parece sensato seguir la receta de aquellos países económicamente heterodoxos, por su Estado de Bienestar, incluso con recortes, me refiero a los países con mejores niveles de vida de la población, como los escandinavos, que no parecieran ser dignos de atención por el dogma neoliberal, pero que frente a esta pandemia resulta imposible seguir ignorándolos.

Lamentablemente muchas vidas se perderán con el coronavirus, esperemos que entre tanta muerte y tragedia también se lleve las visiones dogmáticas y la corrupción de nuestras democracias. Que el aumento de la conciencia frente a esta crisis desastrosa sirva para construir un mejor vivir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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