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La salud como fenómeno integral

por 27 junio, 2020

La salud como fenómeno integral
La pandemia es un fenómeno total que no solamente puede enfocarse desde la medicina. Sobre todo, el diseño de estrategias preventivas de contagio requiere de equipos multidisciplinarios que puedan arribar a un diagnóstico acertado de la realidad social. Sociólogos, planificadores urbanos, psicólogos, asistentes sociales y economistas podrían haber contribuido, desde un comienzo, a hacer entender a las autoridades que una cuarentena no funcionaría solamente con llamados públicos de conciencia combinados con medidas de control policial, que la precariedad económica llevaría a la violación del confinamiento en busca del pan diario y, que el hacinamiento que padece parte importante de la población, actuaría como propagador intradomiciliario del virus.
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Entre las enseñanzas que nos está dejando la actual pandemia de COVID-19 en numerosas áreas, resulta impactante el cuestionamiento a las concepciones y prácticas reduccionistas que centran la salud y la medicina esencialmente en lo curativo, sin preguntarse por qué ciertas personas o grupos sociales son más propensos que otros a contraer enfermedades infecciosas y a sucumbir ante ellas.

La salud es un fenómeno integral que no depende exclusivamente de factores biológicos, como lo cree la biomedicina. Ella con su enfoque parcial, ignora que el paciente es un ser integral, pensante y sintiente, que tiene emociones (rabia, ansiedad, temor, angustia, esperanza y alegría), que vive en un agradable o desastroso entorno económico, social y relacional, que la combinación de todos estos factores influye en la aparición de las enfermedades, en su progresión o curación, en la actitud del paciente frente a ellas y en el éxito o fracaso de los tratamientos, incluida la muerte.

La biomedicina no asigna papel alguno al paciente y su entorno en el proceso curativo precisamente, porque ignora –intencionada o descuidadamente– el carácter multidimensional de la enfermedad. Así, el paciente es tratado como un mero objeto, como el campo donde se libra la guerra contra las enfermedades, las cuales se piensa solamente tienen causas externas y cuya superación, a través de remedios, tratamientos y/o intervenciones, también viene exclusivamente desde afuera.

En las condiciones de extremo aislamiento en que deben permanecer internados los pacientes de COVID-19, quienes los atienden, a pesar de estar sometidos a fuertes exigencias, tensiones, ansiedades, aislamiento de sus familias, lógicos temores de contagiarse y jornadas agotadoras, se han esmerado en suplir el cariño de los familiares de los enfermos. Emocionantes testimonios de agradecido reconocimiento por esa conducta, son frecuentes en los medios de comunicación. Probablemente ha operado el maravilloso fenómeno de la empatía y los funcionarios se han visto a ellos mismos en el enfermo, a sus propios padres, madres, hermanos o hijos. Retornada la normalidad, no debería perderse esta comprensiva y afectuosa relación de empatía sanitaria. Ciertamente, ella podría ser la más importante enseñanza y legado de la pandemia para la construcción de una medicina de relaciones humanas de afecto y amistad.

Desgraciadamente, pocos médicos aplican un enfoque integral bio-psico-social de la salud y las enfermedades, lo cual está comenzando a cambiar en la enseñanza de la medicina. Un ejemplo de este enfoque integral lo obtuve del infectólogo y humanista médico argentino, Dr. Paco Maglio, a quien entrevisté en Buenos Aires en diciembre de 2016, poco antes de su muerte: “Hay una reacción que se llamaba Mantoux, ahora se llama PPD, intradérmico, para ver si vos tenés el bacilo de Koch, y en una sociedad cosmopolita el 80% es positivo, pero de tuberculosis se enferma nada más que el 20%. Porque vos tenés el germen, pero esta es otra causa, tenés que estar desocupado, angustiado, deprimido, mal alimentado; eso actuará como causa de la enfermedad”.

Muchas décadas antes, el salubrista argentino, Dr. Ramón Carrillo, primer ministro de Salud Pública de Argentina entre 1949 y 1954, bajo la primera presidencia de Juan Domingo Perón, destacaba la naturaleza multidimensional de la enfermedad cuando decía: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la angustia, la tristeza y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causa de enfermedades, son unas pobres causas”. Sabias palabras. Ya hay indicios aquí y en otros países que los contagios y muertes por COVID-19 se concentran en los sectores y barrios más desfavorecidos social y económicamente.

El enfrentamiento de la pandemia en Chile ha pecado de reduccionismo biomédico, sin considerar suficientemente los condicionantes sociales de la transmisión del virus, por ejemplo, la necesidad de desplazamiento diario de muchas personas que buscan su sustento en labores informales. La estrategia inicial centrada en lo curativo (aumento de camas críticas y de ventiladores, unificación de los sistemas de salud), tuvo un logro en esa esfera, pero no fue efectiva en la prevención de los contagios.

La pandemia es un fenómeno total que no solamente puede enfocarse desde la medicina. Sobre todo, el diseño de estrategias preventivas de contagio requiere de equipos multidisciplinarios que puedan arribar a un diagnóstico acertado de la realidad social. Sociólogos, planificadores urbanos, psicólogos, asistentes sociales y economistas podrían haber contribuido, desde un comienzo, a hacer entender a las autoridades que una cuarentena no funcionaría solamente con llamados públicos de conciencia combinados con medidas de control policial, que la precariedad económica llevaría a la violación del confinamiento en busca del pan diario y, que el hacinamiento que padece parte importante de la población, actuaría como propagador intradomiciliario del virus.

La multicausalidad de la enfermedad ha sido destacada por el psicólogo chileno Enrique Barra Almagia: “Así como anteriormente se consideraba que la enfermedad era producto de un único agente patógeno, actualmente se reconoce que las enfermedades pueden ser multideterminadas, producto de una interacción entre predisposiciones individuales, influencias ambientales, vulnerabilidad orgánica, estilos de vida y aún procesos emocionales. Y por lo tanto, el enfrentamiento de la enfermedad también debe ser multifactorial, atendiendo tanto a los aspectos somáticos como psicológicos y sociales” (Psicología de la Salud, Mediterráneo, Santiago de Chile, 2003, p.17).

El desconocimiento de la realidad social y el enfoque parcial centrado en lo curativo, quedó patéticamente demostrado cuando el exministro Jaime Mañalich, poco antes de su salida, reconoció que jamás había imaginado los niveles de pobreza del país y que sus optimistas predicciones iniciales se habían caído como castillos de naipes. Hoy Chile se ubica entre los países con las mayores tasas de contagio en el mundo y no aparecen signos de quiebre de esa tendencia.

Pero el enfoque de la pandemia no solamente ha sido parcial en cuanto a las disciplinas y profesiones participantes, sino también en cuanto a excluir a las personas –nada menos que a los eventuales pacientes víctimas de la infección– y a sus organizaciones sociales, comunitarias, gremiales y barriales. Ha costado mucho que se reconozca un papel participante a alcaldías y municipalidades, los cuales, merced a su exposición pública, han logrado un posicionamiento y la aplicación de medidas de sentido común, como el cierre de los colegios, los malls y el comercio no esencial. También la presión de la ANEF y la CUT desbarató la "nueva normalidad" y el "retorno seguro" de los funcionarios públicos a sus labores presenciales.

Hoy en día existe consenso en que no basta la detección del virus a través de los exámenes de PCR, sino que se requiere del aislamiento de diagnosticados y sospechosos, por lo cual lo más importante debería ser el rastreo de sus contactos para proceder a su aislamiento.

Probablemente, falten recursos humanos y económicos para las tareas de rastreo de contagiados. Pero, en materia sanitaria, nuestro país tiene una hermosa y larga historia de voluntariado. Perfectamente se podría crear una Red de Voluntarios Rastreadores del COVID-19. Al igual que en numerosos países europeos que han quebrado la curva de contagios, miles de voluntarios telefónicos, con la capacitación sanitaria adecuada y respeto a la necesaria confidencialidad, podrían contribuir, conducidos por la autoridad, al rastreo de personas contagiadas y sus contactos más recientes, colaborando para quebrar la cadena de propagación de los contagios. Esta es una tarea que se requiere abordar masiva y urgentemente.

Además de los beneficios sanitarios, el voluntariado puede ser una labor que dé sentido a la vida de numerosas personas que padecen un confinamiento inactivo e improductivo. ¿Por qué no movilizar esta energía dormida en una tarea de bien público?

La salud no es labor solamente de profesionales sanitarios. En verdad, no hay tema más omnicomprensivo y transversal que la medicina. Siempre ha estado claro que todos alguna vez nos enfermaremos y llegaremos a ser pacientes, incluidos –por cierto –los médicos. La pandemia ha aumentado exponencialmente las probabilidades de enfermar. Por tanto, las personas, los eventuales pacientes, podrían y deberían ser considerados por la autoridad como agentes sanitarios, aprovechando el país los beneficios de sus aportes.

Por otra parte, en materia de gestión en salud, la pandemia ha venido a llamar la atención sobre la ineficiencia operativa de sistemas de salud que actúan aislada y descoordinadamente. En la pandemia, bajo una sola mano coordinadora han actuado el sistema público, el privado, los establecimientos de las Fuerzas Armadas, Carabineros, mutuales. Sería una pena que esta experiencia se perdiera y que, cuando se superara la emergencia, se volviera a la descoordinación y aislamento, en un momento en que será necesario resolver las enormes necesidades de salud lógicamente postergadas por la pandemia.

Volviendo a las condicionantes sociales de la salud, otra lección importante deriva del estado de extrema desigualdad social del país, que implica la vulnerabilidad de millones de personas sin capacidad alguna de ahorro, que deben ganar su sustento diario en actividades informales. De no avanzarse realmente en la solución de este problema, ante cualquier nueva emergencia, Chile va a quedar expuesto a perder todos los avances en salud logrados con el trabajo esforzado y paciente de los últimos cien años.

Finalmente, hay que considerar que el aspecto más importante de la medicina es la relación entre seres humanos. Por un lado, médicos y demás funcionarios sanitarios y, por el otro, pacientes y familiares. La medicina, más que una técnica, debería ser un arte de las relaciones amistosas y afectivas. El médico y humanista español Pedro Laín Entralgo, quien visitara frecuentemente Chile a mediados del siglo pasado, promovía una medicina centrada en el paciente como protagonista del acto médico. Agregaba que sin “amistad médica” –forma en que concebía la relación entre pacientes y médicos– no podía ejercerse la medicina. Esta actitud ha existido en la pandemia.

En las condiciones de extremo aislamiento en que deben permanecer internados los pacientes de COVID-19, quienes los atienden, a pesar de estar sometidos a fuertes exigencias, tensiones, ansiedades, aislamiento de sus familias, lógicos temores de contagiarse y jornadas agotadoras, se han esmerado en suplir el cariño de los familiares de los enfermos. Emocionantes testimonios de agradecido reconocimiento por esa conducta, son frecuentes en los medios de comunicación. Probablemente ha operado el maravilloso fenómeno de la empatía y los funcionarios se han visto a ellos mismos en el enfermo, a sus propios padres, madres, hermanos o hijos. Retornada la normalidad, no debería perderse esta comprensiva y afectuosa relación de empatía sanitaria. Ciertamente, ella podría ser la más importante enseñanza y legado de la pandemia para la construcción de una medicina de relaciones humanas de afecto y amistad.

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