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Chile no es Las Condes

por 1 julio, 2020

Chile no es Las Condes
La reactivación pospandemia tiene que hacerse con criterios de integración y justicia social, o la próxima gran crisis nos va a llevar a los mismos resultados y a cometer los mismos errores. La realidad de cada territorio importa y, por eso, la nueva Constitución debiera otorgarles un rol mucho más preponderante a los municipios, al mismo tiempo que establecer una estructura más horizontal en la toma de decisiones del Estado, creando órganos colegiados que asesoren permanentemente a las autoridades centrales. Es que, a final de cuentas, Chile no es el pueblito idílico que describe la canción y, por ello, gobernar Chile no es lo mismo que gobernar Las Condes. De hecho, es muy distinto. Si hasta los analistas estadounidenses se dan cuenta de ello, es tiempo de que también lo empecemos a hacer nosotros.
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“El pueblito se llama Las Condes y está junto a los cerros y al cielo”, dice un vals de Chito Faró, popularizado por Los Huasos Quincheros. No es casual que se haya idealizado a esa localidad, convertida en comuna en 1901, y que hasta 1946 incluyó a los actuales territorios de Vitacura y Lo Barnechea, gran parte de lo que tradicionalmente se ha conocido como el “barrio alto” de Santiago, que sirve como residencia de la élite chilena y sede de sus principales grupos económicos.

En un país tan desigual, no es trivial el lugar geográfico desde el cual se toman las decisiones más importantes, especialmente aquellas decisiones públicas que afectan a la población en su conjunto. Si bien la mayoría de las dependencias centrales del Estado se encuentran en Santiago Centro, sabemos que buena parte de las autoridades hace su vida y tiene sus redes en esos parajes de “Si vas para Chile”.

Hace pocas semanas, Bloomberg publicó un crudo análisis sobre el manejo de la pandemia en nuestro país, señalando que “siguió el ejemplo de las naciones ricas solo para darse cuenta, una vez más, de que un gran porcentaje de sus ciudadanos son pobres”. A juicio del medio, esto se debería a la profunda distancia existente entre los grupos gobernantes y el resto de la sociedad, lo cual podría haber generado conclusiones erradas, como que las cuarentenas selectivas tendrían éxito en la Región Metropolitana, sin considerar las profundas diferencias que existen entre comunas que están muy cerca geográficamente, pero son separadas por una enorme grieta social.

Cuando el 26 de marzo las comunas del sector oriente entraron en cuarentena, muchas personas que se quedaron en sus hogares continuaron requiriendo distintos servicios provistos por otras personas que no vivían en zonas cuarentenadas y que no tuvieron mayores problemas para cruzar, transformándose en vectores de contagio. Luego, cuando en mayo los hechos hicieron imposible seguir postergando una cuarentena regional, los contagios ya se habían expandido en muchos barrios populares con casas pequeñas y poco espaciadas entre sí. Por otra parte, la evidencia ha demostrado que las cuarentenas tienen poco efecto en lugares con altos niveles de pobreza, segregación y bajos ingresos, más aún si, previo a las restricciones de movilidad, no se han tomado medidas económicas para garantizar el sustento de las familias. Así se fue configurando una bomba perfecta.

Es que el 1,7% de hacinamiento en las viviendas de Las Condes contrasta con el 14% que tiene Independencia o el 13% de Recoleta, Cerro Navia y San Ramón (cifras del INE), justamente las comunas que están liderando las tasas de mortalidad. De acuerdo con una investigación de Ciper, mientras en la Clínica Las Condes fallece un 5% de los hospitalizados por COVID, en el Hospital Padre Hurtado muere el 25%. El COVID ha terminado por desnudar nuestras desigualdades, esas que el exministro Mañalich decía desconocer y que esperamos que el ministro Paris tome en consideración.

Para ser justos, no es la primera vez que la RM sufre las consecuencias de políticas públicas que han sido diseñadas pensando que toda la ciudad es igual al barrio alto. Hace 13 años, el Transantiago se transformó en un ícono de esta asimetría, cuando incluso se tuvieron que retirar buses demasiado grandes porque alguien creyó que las calles en las comunas de la periferia eran igual de anchas que en la zona oriente. En ese momento se desdeñó la importancia de los municipios, y se recurrió a ellos demasiado tarde. Ahora, en el manejo de la pandemia, pasó algo similar, aunque ambos eventos se tornan incomparables al considerar que esta vez lo que ha estado en juego son vidas en vez de traslados.

Todos esperamos que la estrategia sanitaria dé un giro y que logremos salir del túnel en el que nos encontramos. Para ello –entre otras cosas– se requieren cuarentenas efectivas, que disminuyan la movilidad a niveles importantes (datos de la UDD muestran que en comunas como Puente Alto la reducción ha sido solo de un 10%), poniendo el foco de la fiscalización en algunas empresas que siguen forzando a sus trabajadores a asistir a sus empleos. Pero, además de lo coyuntural, este momento debe dejarnos lecciones para el futuro inmediato, pues no podemos olvidar que tenemos un proceso constituyente a la vuelta de la esquina.

Chile no puede dirigirse con las lógicas de un puñado de comunas de Santiago, que ostentan niveles de vida que aún están a años luz del resto; una especie de minipaís desarrollado que la mayoría de la población ni siquiera va a poder conocer. La realidad es mucho más diversa y, con ello, los problemas que enfrentan las personas. ¿Cómo podemos pedirles, por ejemplo, a los estudiantes de Lumaco, en la Región de La Araucanía, que aprendan a través de plataformas virtuales si solo 1 de cada 5 hogares tiene conexión a internet? ¿Qué homogeneidad puede existir si en la pura RM la distancia entre la comuna con menos pobreza multidimensional y la que tiene más es de 23 veces, cifra que se amplifica a 57 veces si la contrastamos con la comuna más pobre del país?

La reactivación pospandemia tiene que hacerse con criterios de integración y justicia social, o la próxima gran crisis nos va a llevar a los mismos resultados y a cometer los mismos errores. La realidad de cada territorio importa, y por eso la nueva Constitución debiera otorgarles un rol mucho más preponderante a los municipios, al mismo tiempo que establecer una estructura más horizontal en la toma de decisiones del Estado, creando órganos colegiados que asesoren permanentemente a las autoridades centrales (la estructura del Ministerio de las Culturas es un buen ejemplo que podría replicarse).

Es que, a final de cuentas, Chile no es el pueblito idílico que describe la canción y, por ello, gobernar Chile no es lo mismo que gobernar Las Condes. De hecho, es muy distinto. Si hasta los analistas estadounidenses se dan cuenta de ello, es tiempo de que también lo empecemos a hacer nosotros.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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Envíada por Gloria Elgueta Pinto | 4 julio, 2020

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