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¿Deuda buena o deuda mala?

por 1 agosto, 2020

¿Deuda buena o deuda mala?
Qué duda cabe de que en estos tiempos el endeudarse puede ser para muchos una alternativa más que razonable, si es que no la única, para contener el impacto de la pandemia en el bolsillo. Sin embargo, debemos tener claro que tomar deuda de largo plazo para financiar nuestras obligaciones y necesidades más urgentes de corto plazo, no parecerá ser del todo una muy buena idea, puesto que “la clave” no será ocupar gran parte de dicha fuente de financiamiento en una salida de dinero “no recuperable”, sino que más bien será invertir parte de estos en activos con la expectativa que generen mayores ingresos, beneficios y rentabilidad a futuro.
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Para la mayoría de las personas, la deuda es parte de la vida. A ninguno de nosotros nos gusta tener que efectuar enormes desembolsos para cubrir los intereses de una deuda contraída, pero ahorrar suficiente efectivo para compras realmente grandes –por ejemplo un postgrado, adquirir un bien raíz o incluso desarrollar un emprendimiento– no siempre es posible y, en algunos casos, no es financieramente inteligente.

Entonces, resultará casi inevitable tener que endeudarse en algún momento de la vida y, más bien, lo que hay que preguntarse es cuándo valdrá la pena tomar una deuda y cuándo resultará beneficioso cubrir el costo de los intereses de ese préstamo. Pero ¿cómo saberlo?

Para responder dichas interrogantes, resultará relevante precisar que sí, existe endeudamiento bueno y endeudamiento malo: una “deuda buena” por lo general beneficiará su futuro financiero, mientras que una “mala deuda” lo perjudicará.

Al estar siempre consciente del tipo y el propósito de la deuda que se está asumiendo, estaremos protegiendo nuestro futuro. Tomar la cantidad correcta de “deuda buena”, sin duda alguna hará aumentar nuestra capacidad de generar ingresos en el futuro. Del mismo modo, también aumentará nuestra riqueza y en consecuencia tendremos mayor probabilidad de poder pagar responsablemente las cosas que necesitamos y que también deseamos, sin tener la necesidad de herir o enfermar nuestra economía personal.

Dado que en el mundo de las finanzas una de las variables clave es el tiempo, se puede derivar que todo aquel desembolso de dinero –ya sea con recursos propios o ajenos– que haya sido destinado a una inversión, de forma típica se debe esperar que este genere retornos probables en una dimensión temporal, medido en días, meses, años. De manera adicional, es importante precisar que el concepto de inversión corresponderá al acto de poner a disposición todos aquellos recursos con los que se espera la obtención de ingresos, luego beneficios y finalmente rentabilidad.

En consideración a lo anterior, el acto de efectuar inversiones no implicará en absoluto una disminución en el patrimonio, sino que implicará una variación de la composición de los activos o un aumento de los pasivos, los cuales podrán ser utilizados como fuente de financiamiento. Para ser más claros: si adquirimos una máquina mediante un préstamo o leasing, estaremos realizando una inversión “apalancada”, es decir, tomaremos una deuda con un tercero ajeno al negocio (aumento de pasivos financieros) para aumentar la cantidad de dinero que se necesita para financiar dicha inversión (aumento de activos). Efectivamente, tras efectuar dicha inversión, nuestro patrimonio definitivamente no habrá disminuido, sino que habrá variado la composición de los activos y pasivos que poseemos, más deuda financiera y más maquinaria.

Adicionalmente, existe un segundo elemento relevante a considerar: el componente riesgo, que en finanzas se entiende como la generación de resultados no ciertos. Por lo tanto y continuando con el ejemplo anterior, el hecho de invertir en dicha máquina implicará asumir un cierto nivel de resultados no ciertos en el tiempo, que podrían eventualmente transformar la inversión, financiada en este caso con una fuente de financiamiento externa, en una “mala deuda” si no se generan los beneficios y la rentabilidad esperada. O incluso peor, si la tasa de interés de dicho endeudamiento es superior a la rentabilidad que le reporta haber invertido en la máquina, estaremos destruyendo valor, lo cual hará inviable en un futuro cancelar el préstamo contraído.

En definitiva, y en relación con el concepto de “deuda buena”, tendrá sentido adquirir deuda para que dichos recursos sean invertidos en bienes o servicios, siempre y cuando estos aumenten su valor con el paso del tiempo, de forma que en el futuro valgan más con relación a su precio inicial más su costo de financiamiento, por ejemplo, una vivienda, un terreno.

Del mismo modo, será conveniente endeudarse cuando se financien todas aquellas inversiones de las cuales se tenga expectativas que generen ingresos futuros, por ejemplo, aquellos desembolsos relacionados a la puesta en marcha de un negocio innovador, en el lanzamiento de un nuevo producto o bien, comprar un inmueble para luego ponerlo en arriendo, siempre y cuando la rentabilidad de dicha “inversión apalancada” sea superior a la tasa de interés de su crédito hipotecario.

Finalmente, conseguir un préstamo para pagar un postgrado en el extranjero también resultará una buena opción, ya que en un futuro esta decisión aumentará nuestro valor futuro desde el punto de vista profesional, puesto que lo anterior incrementará la probabilidad de generar mayores ingresos futuros.

Como contrapunto, nos acercaremos más al concepto de “mala deuda” cuando esta se adquiere buscando explotar nuestro deseo de gratificación instantánea de muy corto plazo. Y lo que es peor, si estos desembolsos resultaren ser excesivos en relación con nuestra capacidad de generación de ingresos, esta acción en el futuro inevitablemente hará disminuir nuestro patrimonio, puesto que en algún momento se deberán vender activos que necesitamos para financiar esa misma “mala deuda”.

Adicionalmente, tampoco tendrá mucho sentido tomar este tipo de endeudamiento cuando se pretenda adquirir bienes que no necesitamos, que no podemos permitirnos o con vías de financiamiento poco eficientes, como por ejemplo invertir –en un porcentaje– en la adquisición con una tarjeta de crédito de un vehículo 0 km que no esté destinado a fines comerciales, dado que estaremos financiando con un alto interés un activo que irá perdiendo valor de manera sistemática en el tiempo. Tampoco será una buena idea solicitar préstamos de consumo cuyos plazos de amortización sean superiores a la vida del producto financiado, ergo, ¿tiene sentido seguir pagando unas vacaciones dos años después de haberlas disfrutado?

También hay que poner atención con los créditos de los cajeros automáticos, los pagos mínimos de las tarjetas de crédito y los créditos rápidos de tarjetas de casas comerciales. En general, este tipo de deudas son sumamente peligrosas, porque si no se controlan pueden provocar un efecto bola de nieve y crecer con tal rapidez, que pueden terminar de generar graves trastornos en nuestra economía doméstica si en eventos extremos, como la crisis COVID-19, la estabilidad de nuestros ingresos queda en jaque.

Al estar siempre consciente del tipo y el propósito de la deuda que se está asumiendo, estaremos protegiendo nuestro futuro. Tomar la cantidad correcta de “deuda buena”, sin duda alguna hará aumentar nuestra capacidad de generar ingresos en el futuro. Del mismo modo, también aumentará nuestra riqueza y en consecuencia tendremos mayor probabilidad de poder pagar responsablemente las cosas que necesitamos y que también deseamos, sin tener la necesidad de herir o enfermar nuestra economía personal.

Qué duda cabe de que en estos tiempos el endeudarse puede ser para muchos una alternativa más que razonable, si es que no la única, para contener el impacto de la pandemia en el bolsillo. Sin embargo, debemos tener claro que tomar deuda de largo plazo para financiar nuestras obligaciones y necesidades más urgentes de corto plazo, no parecerá ser del todo una muy buena idea, puesto que “la clave” no será ocupar gran parte de dicha fuente de financiamiento en una salida de dinero “no recuperable”, sino que más bien será invertir parte de estos en activos con la expectativa que generen mayores ingresos, beneficios y rentabilidad a futuro.

En efecto, el acto de abordar esta profunda crisis como una oportunidad y comprendiendo el trasfondo del concepto de “deuda buena” y “mala deuda” nos dará el empuje y la decisión de administrar estos recursos con una mayor “inteligencia financiera” y, con esto, poder desarrollar una segunda fuente viable de ingresos que permita diversificar el riesgo de nuestros negocios. De esta decisión, responsable e informada, puede depender un futuro que aún no terminamos de dibujar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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