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Síntomas de un conflicto no resuelto en La Araucanía

por 4 agosto, 2020

Síntomas de un conflicto no resuelto en La Araucanía
Lo primero es comprender este conflicto con todas sus variables. Lo que no resulta adecuado es vincular una causa de derechos políticos colectivos, como es el caso del pueblo mapuche, con hechos de violencia, cuya investigación debe permitir despejar dudas sobre su origen, móviles y responsables. En un Estado “democrático” debe primar el debido proceso y no la “autotutela”. La policía debe proteger y defender también al mapuche y no solo a los grupos privilegiados. El nuevo ministro del Interior parece que más bien está llamando a la violencia, a la ausencia del Estado de Derecho, donde el imperio de la ley ya no existe, sino donde se impone quien tiene más fuerza.
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Hoy recrudece el conflicto en La Araucanía y sus causas son las mismas de siempre. Pero un lector inquieto y que quiera buscar la verdad objetiva no saca nada con recurrir a los libros de historia, pues lo que va a encontrar allí es una versión interpretativa de los hechos, escrita por el sector que podría autodefinerse como “vencedor” de ese conflicto. Y como un autoproclamado triunfador, reclama su derecho a contar los hechos según su visión y de acuerdo a su modo de ver el mundo.

Esa “historia oficial”, obviamente, omite todo aquello que incomoda y esconde todo lo que le resulta vergonzoso de confesar.

Pero llegó el tiempo de decir la verdad, con un apego riguroso a los hechos acaecidos. Aclaremos, en todo caso, que ese momento llegó, no por una graciosa concesión de quienes han administrado el poder hasta ahora, sino porque ha sido el pueblo el que ha exigido que le dejen de contar mentiras. Hay una memoria colectiva que ha despertado y que ha restituido el lugar que le corresponde al pueblo mapuche y todos los pueblos originarios, a través de un gesto espontáneo que levantó sus banderas, al mismo tiempo que pidió justicia y dignidad para todos, más allá de su condición, su cuna, el colegio donde estudió o el monto que acumula como patrimonio.

Los últimos hechos que hemos conocido en la Provincia de Malleco no son actos que quisiéramos ver, pero sí son los síntomas de un conflicto no resuelto y pésimamente gestionado por este y muchos otros gobiernos. Con la claridad de siempre, reafirmo mi rechazo a la violencia y sostengo la vocación de paz de mi pueblo en el nutram (diálogo). Pero al mismo tiempo, exijo respeto a nuestras históricas demandas, que son la raíz de lo que hoy presenciamos. Lo ocurrido en Curacautín es un buen ejemplo de odio, de un pequeño grupo ligado a los empresarios agrícolas, turísticos y forestales, herederos de los beneficios obtenidos con las peores armas posibles, y no puedo dejar de mencionar a aquellos medios de comunicación masiva que, interesadamente, intentan presentar estos hechos como una lucha de chilenos contra mapuche.

Pero en Chile hay una suerte de tradición por volver a empezar, cada vez. Esto es como el castigo del Presidente Sebastián Piñera, que por estos días hace gala de su inacabable capacidad de repetir sus propios errores, nombra a Víctor Pérez como ministro del Interior. Y el señor Pérez visita La Araucanía y hace lo que le indica su ADN más profundo, se reúne con los “afectados por la violencia” mapuche, les da su respaldo, reafirma la necesidad de mantener el Estado de derecho por todos los medios… y se va. Es decir, una vez más, volvemos a tener un ministro del Interior que no entiende el problema que aqueja a los mapuche y que comienza, como tantos otros, a dar “palos de ciego”.

En el horizonte comprensivo del señor Pérez, solo existen ciertos ciudadanos, con los que vale la pena reunirse y conversar. Los otros están ya estigmatizados en su cabeza como terroristas, violentistas o insurrectos. Como se ve, el señor Pérez es de aquellos que suscribe esa “historia oficial” a la que aludíamos.

Sin embargo, no quiero agotar mi tiempo en el recién estrenado ministro. Solo basta recordar sus conocidas marchas junto a los líderes de la mal denominada “Colonia Dignidad”, para respaldar con su presencia a ese siniestro personaje llamado Paul Schäfer Schneider.

Lo que parece revelarse es una nueva-vieja estrategia de los grupos de poder económico y grupos políticos fundamentalistas, para deslegitimar la lucha de nuestra Nación Mapuche.

Los últimos hechos que hemos conocido en la Provincia de Malleco no son actos que quisiéramos ver, pero sí son los síntomas de un conflicto no resuelto y pésimamente gestionado por este y muchos otros gobiernos. Con la claridad de siempre, reafirmo mi rechazo a la violencia y sostengo la vocación de paz de mi pueblo en el nutram (diálogo). Pero al mismo tiempo, exijo respeto a nuestras históricas demandas, que son la raíz de lo que hoy presenciamos. Lo ocurrido en Curacautín es un buen ejemplo de odio, de un pequeño grupo ligado a los empresarios agrícolas, turísticos y forestales, herederos de los beneficios obtenidos con las peores armas posibles, y no puedo dejar de mencionar a aquellos medios de comunicación masiva que, interesadamente, intentan presentar estos hechos como una lucha de chilenos contra mapuche.

Seamos muy claros en esto, lo que aquí hay son los resabios plenamente vigentes de ese genocidio conocido bajo el eufemismo de “Pacificación de La Araucanía”, que además de un derramamiento de sangre injustificado, despojó al pueblo mapuche de su bien más preciado: la tierra. A esta acción del Estado se sumaron grupos de colonos, que vieron en ese proceso ignominioso una posibilidad de transformarse en los nuevos ricos del agro y, muy pronto, en un grupo de poder político influyente.

El diputado Benjamín Vicuña Mackenna (Partido Liberal) en el año 1868, para justificar la invasión a La Araucanía, dijo: “Bruto indomable, enemigo de la civilización porque solo adora todos los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriagues, la mentira, la traición y todo ese conjunto de abominaciones que constituye la vida del salvaje…”. Han cambiado los nombres de los políticos, pero se mantiene el mismo discurso.

Esta política sistemáticamente aplicada, permitió la usurpación de las tierras y el ganado de la nación Mapuche. Así se puede leer en El Mercurio del 31 de mayo de 1861: “Tu Intendente Villalón con Salvo, apunta Mañil, juntos quedaron llenos de animales… hizo quemar casas, sembrados, hacer familias cautivas quitándoles de los pechos a sus hijos a las madres que corrían a los montes a esconderse, mandar cavar las sepulturas para robar las prendas de plata con que entierran los muertos en sus ritos los indios, y matando hasta las mujeres cristianas…”.

Son esos criterios los que deben modificarse. Y lo primero es comprender este conflicto con todas sus variables. Lo que no resulta adecuado es vincular una causa de derechos políticos colectivos, como es el caso del pueblo mapuche, con hechos de violencia, cuya investigación debe permitir despejar dudas sobre su origen, móviles y responsables. No corresponde que todas las acciones sociales de reivindicación política sean tratadas como actos terroristas.

En un Estado “democrático” debe primar el debido proceso y no la “autotutela”. La policía debe proteger y defender también al mapuche y no solo a los grupos privilegiados. Este punto es particularmente grave, ya que los mapuche perfectamente podríamos asumir esa autotutela, lo que nos lleva a una situación insostenible. De este modo, el nuevo ministro del Interior más bien parece que está llamando a la violencia, a la ausencia del Estado de Derecho, donde el imperio de la ley ya no existe, sino donde se impone quien tiene más fuerza.

Se ha buscado desprestigiar la memoria reciente del denominado “estallido social”, que generó una unidad inseparable entre el pueblo de Chile, el pueblo mapuche y todos los pueblos indígenas, que logrará una unión más perfecta y real, basada en el respeto y el reconocimiento mutuos. La gente ya hizo una opción, que se ratificará en el proceso constituyente que se aproxima. Ese será el primer paso en la construcción de un mundo donde la persona y la vida en general (itrofil mongen) sean el centro del desarrollo.

Aclaremos, también, que el pueblo mapuche jamás ha atacado al excluido y empobrecido pueblo de Chile, que ha sido víctima de los mismos grupos de poder que han segregado a los pueblos originarios. Muchos de ellos, reconvertidos en la casta de políticos que han terminado beneficiándose de nuestro sufrimiento. No cabe duda, la lucha del pueblo de Chile está íntimamente ligada a la del pueblo mapuche. Nuestro camino por la lucha de un “buen vivir” con dignidad, está unido inseparablemente. Y este camino debemos recorrerlo juntos.

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