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La desfonda comunicacional

por 9 septiembre, 2020

La desfonda comunicacional
En otro momento político, un error comunicacional así, con el correspondiente control de daños y sacrificio de piezas habría funcionado. Pero los errores con las pandemias forman parte de otro mundo distinto a las claves de la comunicación política. Una lectura de opiniones de especialistas en la materia, hace ver que esta cueca surrealista de errores no se rige por las reglas de siempre.
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El miércoles pasado el Gobierno anunció un plan especial con el objeto de celebrar las Fiestas Patrias en medio de la pandemia. Como evidencia de que no era algo muy serio, la iniciativa tenía nombre de fonda de zona popular e incluía una especie de "chipe libre" de seis horas. La primera sensación instalada en muchas personas fue que ese tramo de tiempo era como en la película The Purge, donde el Estado simplemente desaparecía de su rol en la pandemia y los ciudadanos podían andar a sus anchas. O algo peor, una especie de tregua que daba el enemigo poderoso a los chilenos y chilenas para que festejaran tranquilamente el aniversario de la nación.

Tales interpretaciones pueden parecer exageradas, pero las comunicaciones no solo se construyen desde el deseo de los emisores, sino en buena parte desde las percepciones de los públicos objetivos y la propia naturaleza carnavalesca que tiene la celebración del 18, implica que ese riesgo es posible. Una oportuna rebeldía del intendente de la Región del Biobío, una de las más afectadas por la pandemia, hizo notar que el Gobierno se enfrentaba a una nueva crisis, en este caso autoinfligida.

Si el desaguisado comunicacional tiene riesgo de consecuencias en el comportamiento de las personas, el Gobierno debe recalcar las instrucciones para esos días, y no quedarse solo en las disculpas. También debe despejar toda sospecha respecto a agendas ocultas en relación con el COVID-19. También tiene como tarea dejar clara la autonomía de las autoridades de salud, que posee organismos como el comité asesor y la mesa social, donde discute las medidas de comunicación de políticas públicas para la pandemia, en especial del segundo piso de La Moneda.

El retroceso se convirtió en una lamentable comedia de enredos, dado todo lo que ha significado el COVID-19 en la vida de las personas. Recordó en ciertos momentos los laberintos de explicaciones a raíz del funeral del tío del Presidente de la República. Al final del día, se restableció la calma, asumiendo el ministro de Salud que fue un error de él y anunciando, el vocero, que todo se echaba atrás y no había relajamiento alguno en las medidas preventivas del coronavirus. Para el Gobierno resultaba más barato sacrificar un poco del respeto bien merecido que ha ganado el ministro Paris y, con ello, evitar que la sangre llegara a La Moneda.

En otro momento político, un error comunicacional así, con el correspondiente control de daños y sacrificio de piezas habría funcionado. Pero los errores con las pandemias forman parte de otro mundo distinto a las claves de la comunicación política. Una lectura de opiniones de especialistas en la materia, hace ver que esta cueca surrealista de errores no se rige por las reglas de siempre.

En una columna publicada en este medio, el investigador Gonzalo Bacigalupe hace ver que una mala comunicación del riesgo incide directamente en la percepción del riesgo de las personas. En una columna publicada en Ciper, un grupo de académicos encabezados por Macarena Peña y Lillo hacen ver la preocupación en cuanto a que los mensajes necesarios para una adecuada estrategia para combatir la pandemia pudieran estar contaminados por el marketing político. La OMS hace ver que la comunicación estimula al público a adoptar comportamientos de protección y que debe centrarse en evitar la confusión.

Cabe preguntarse, entonces, ¿en qué momento el Gobierno pensó que era una buena idea? ¿Cuáles fueron los orígenes de este desaguisado y, en especial, cuánta autonomía tiene el ministro de Salud? Estas preguntas es necesario responderlas pronto, pues las lecturas de los adictos a las conspiraciones son rápidas y peligrosas. Varios vieron en el intento de dar seis horas para que los chilenos tuvieran contagios masivos al ritmo de cuecas bravas, una especie de disparo al plebiscito del 25 de octubre, teniendo en cuenta que las personas contagiadas por COVID-19 no podrán votar.

Otros también notaron que el aviso fue justo después de los enredos del ministro del Interior, que terminó pisándose la cola con su actitud de comprensión con los camioneros y, en especial, por no aplicar la Ley Antibarricadas, promovida con energía por esta administración.

Si el desaguisado comunicacional tiene riesgo de consecuencias en el comportamiento de las personas, el Gobierno debe recalcar las instrucciones para esos días, y no quedarse solo en las disculpas. También debe despejar toda sospecha respecto a agendas ocultas en relación con el COVID-19. También tiene como tarea dejar clara la autonomía de las autoridades de salud, que posee organismos como el comité asesor y la mesa social, donde discute las medidas de comunicación de políticas públicas para la pandemia, en especial del segundo piso de La Moneda.

La extensión de la sospecha es un incentivo claro al no cumplimiento de instrucciones durante el fin de semana de Fiestas Patrias, con el consiguiente riesgo de un rebrote en un momento en que los números sanitarios tienen mejoras tímidas y el Gobierno ha tenido éxito en el plan Paso a Paso.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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