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¿Qué votamos el 25 de octubre?

por 1 octubre, 2020

¿Qué votamos el 25 de octubre?
Se equivocan los que creen que el pueblo no sabe de qué se trata la votación del 25 de octubre: se trata de derrotar a las minorías que han aplastado a las mayorías históricamente. Eso está simbolizado en la Constitución de Pinochet, pero no es lo único, se suman las desigualdades mucho más allá de este Gobierno, por ende, no es tampoco un plebiscito sobre el Gobierno. Si bien es un componente, no es el central. Los campesinos mexicanos después de la revolución decían que ella había sido "solo un cambio de cura en la misma mula”. Chile estará cambiando la mula en este plebiscito constitucional, al dispersar el poder y recuperar soberanía. ¿Cambiará Chile su mula solo en la Constitución o emprenderán los electores chilenos un cambio de mula en todos los aspectos que le atañen a su capacidad de votar?
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Las elecciones que tienen lugar en la pandemia configuran un escenario distinto de deliberación, los ciudadanos no están haciendo sus vidas normalmente, sino que están completamente inmersos en el mundo pandémico que ha interrumpido la vida. El comportamiento del elector sometido al estallido social, el hecho de que uno de cada dos chilenos conoce a alguien que murió del virus –49%–, la crisis económica que destruye o debilita su expectativas socioeconómicas, van a producir un cambio en las siete elecciones que sucederán hasta diciembre de 2021.

El primer cambio son las ganas de participar e ir a votar. Pareciera que durante el estallido social una alta mayoría tomó la decisión de cambiar la Constitución. Los datos son contundentes, se repite desde enero que el 72% dice que Chile necesita una nueva Constitución, es decir, reemplazar la de Pinochet. El 67% dice que vale la pena ir a votar; 71%, que el voto hace la diferencia; el 59% señala que votará de todas maneras; y el 58%, que es altamente probable que vote. Pinochet no está en la agenda, nadie lo menciona, pero estamos votando en contra de él, de su Constitución.

La opinión sobre el general Pinochet es clara en Chile hoy. En una encuesta nacional aplicada por MORI entre el 7 y el 17 de Septiembre de 2020, un 22% dice que los 17 años de su Gobierno fueron “buenos”. Ese es el otro lado de la medalla, es el voto de Rechazo, de los que votan para mantener su Constitución. Si en Chile hay más que ese 22% que quiere defender la Constitución de Pinochet, lo sabremos el 25 de octubre. El Gobierno no ha usado la figura de Pinochet para defender el Rechazo, a lo mejor no saben que ese apoyo es más fuerte que todo lo que puedan decir. Han usado el miedo, la incertidumbre.

No se dan cuenta, quizá, de lo que están haciendo. Porque hay también alta correlación del voto Rechazo con el voto de Joaquín Lavín o de cualquier otro candidato de derecha, especialmente de José Antonio Kast, cuyo techo parece estar en ese contingente. El Gobierno pinochetizó –en la mente de los chilenos– la política con el voto Rechazo a cambiar la Constitución de Pinochet. Pinochet ha vuelto a la arena política, es parte de las razones que han polarizado la política. Uno de cada dos votantes de la derecha considera que el Gobierno de Pinochet fue “bueno”, eso sin duda limita el techo del voto de derecha. En efecto, más de la mitad del país, 52%, dice que el Gobierno está por el Rechazo, es decir, la defensa de Pinochet.

Casi dos tercios del país dice que la política esta “muy mal y mal”, 59%. La gente no tiene la ilusión de que las cosas se arreglen mágicamente, reconocen el momento de debilidad en que se encuentra el país, política, económica y socialmente. Nadie cree que le subirán el sueldo porque gane el Apruebo. El pueblo chileno ha obtenido varios doctorados en política con el estallido social y la pandemia. El inicio del proceso de cambio de “mula” es quizás la aspiración más intangible, más oculta y más deseada del pueblo chileno, según lo que han expresado en las encuestas en la última década. Es cosa de leer los números. Esto, de una sociedad que se ha abierto, secularizado, racionalizando su cultura en los últimos 8 años más que en los anteriores 25, según el Estudio Mundial de Valores.

La polarización y el pasado se manifiestan a pesar de que muchos insisten en que “todo” ha cambiado, pero no es tan así. Por su parte, el voto de Daniel Jadue muestra con toda claridad el impacto del anticomunismo, que sumado al voto anti-UDI –“nunca votaría por”– recogen a la mitad del electorado. Es decir, que uno de cada dos chilenos no votaría ni por un candidato que refleje la imagen de la UDI ni del Partido Comunista.

Lavín tiene una parte de su voto del pinochetismo, pero la mayor parte es muy heterogéneo. Es un candidato percibido como sin partido, sin ideología clara, sin un conjunto valórico único, votan por él muchos que no se ubican en la escala izquierda-derecha. Es la definición misma del populismo apolítico, una especie de populismo electoral. Ese conjunto de electores tienen también un techo. Es decir, los dos candidatos que puntean hoy en las encuestas representan electorados con “techos” conocidos, que dejan afuera a la mitad del país que no quiere ni lo uno ni lo otro.

Qué duda cabe que si la opción en la elección presidencial es entre Lavín y Jadue, uno de los dos ganará. La izquierda, mientras tanto, está de espaldas pensando que el futuro ya está decidido. Un candidato de la oposición que apele a esa mitad del país, no parece ser una opción para esa izquierda que mira atónita cómo el candidato es del partido minoritario. El rol de los partidos en los dos candidatos que lideran actualmente las encuestas queda diluido en sus rasgos populistas que sobresalen.

Al mismo tiempo, no cabe duda que la lucha contra el pinochetismo, en la forma de la nueva Constitución, no la llevan los partidos, sino la gente transversalmente en todos los tramos de edad, todos los niveles de educación, todos los niveles de ingreso. Un perfil sociodemográfico masivo a favor de la nueva Constitución.

No sucede lo mismo con los que votan por defender la Constitución de Pinochet, que votan Rechazo, que en el 80% son de clase alta –con más ingreso y educación– y el 85% son mayores de 60 años, mientras son débiles en los jóvenes y la clase baja, que reúne el 55% del país. Estos electores son los más ideológicos, lo más partidistas y los más congruentes en su posición de defensa de la obra de Pinochet. Todo lo contrario de lo amplio que son los electorados que apoyan el Apruebo.

El voto Rechazo tiene un clivaje socioeconómico y generacional que incluye el del pinochetismo: mayoritariamente hombres, de educación más bien universitaria y de edad superior a 45 años de edad. Es decir, se acabó el pinochetismo sociológico que le dio al general un 44% de apoyo en el plebiscito de 1988, ese pinochetismo popular que constituyó la base del triunfo de la UDI de Pablo Longueira en los años 90. Este pinochetismo, 30 años después, esta constituido por quienes se han beneficiado de las políticas económicas de la dictadura. La gente más pudiente y más educada, cuyo peso electoral es limitado. A ese grupo las elecciones no le vienen bien, porque son hoy día una clara minoría.

Eso es lo más importante que cambió con el estallido social: la muerte del pinochetismo sociológico que le daba a la UDI una base popular amplia, y la constatación de la existencia de un nuevo tipo de "pinochetismo empresarial", que es un poder fáctico minoritario.

La derecha no pinochetista, por su parte, tiene demandas y aspiraciones muy similares a la “no derecha” del país. Es importante mencionar esto, porque es eso lo que constituye la nueva mayoría del país que votará Apruebo el 25 de octubre. No es una mayoría ideológica, sino ciudadana, soberana y transversal. Este plebiscito es la derrota de la ideología y está permeando la carrera presidencial hasta el momento, es por eso que un candidato del Partido Comunista puede correr como lo hace Jadue: más allá de que no tiene competencia, es porque hay una demanda transversal que los partidos no han sabido responder.

La demanda transversal del 25 de octubre es de dignidad, igualdad, respeto, buen trato, todos intangibles no económicos, base para el nuevo Chile. Luego vienen las demandas sociales como el trabajo, el salario, la pensión. Es la misma razón por la cual Lavín parece haber topado techo. El 59% de los chilenos no tiene a nadie que le gustaría que fuera Presidente en la pregunta espontánea (9% Jadue, 7% Lavín en la respuesta espontánea), si bien el 48% “cree” que Lavín es el político con más futuro que probablemente llegará a ser Presidente. “Creen”, pero no les “gustaría”: la base del abstencionismo es precisamente no tener una opción deseada en la lista de candidatos. El abstencionismo aumenta los votos duros de quienes corren. Un círculo vicioso negativo que por el momento no se rompe.

¿El número de personas que vote el 25 de octubre será el piso de participación de las 7 elecciones sucesivas? Si ese 71% se da cuenta de cuánta diferencia hace su voto, es muy probable que así sea, cambiando el comportamiento del electorado chileno en esta ola de elecciones que termina con la elección presidencial 2021. Es decir, estas elecciones están atadas y bien atadas entre sí. Si el voto Apruebo se confirma ganador con una alta mayoría, cambiará el comportamiento de los que votaron Apruebo. Cambiará el “ánimo de la nación”, que sentirá que ganó el respeto, la dignidad, el buen trato y que la minoría no podrá seguir aplastando a la mayoría.

Hasta el momento, cerca del 80% creía que la minoría gobernaba para la minoría, aplastando a la mayoría como viene publicando Latinobarómetro desde inicios de la década del 2010.

Se equivocan los que creen que el pueblo no sabe de qué se trata la votación del 25 de octubre: se trata de derrotar a las minorías que han aplastado a las mayorías históricamente. Eso esta simbolizado en la Constitución de Pinochet, pero no es lo único, se suman las desigualdades mucho más allá de este Gobierno, por ende, no es tampoco un plebiscito sobre el Gobierno. Si bien es un componente, no es el central. Este es el “cambio de mula”. Los campesinos mexicanos después de la revolución decían que ella había sido "solo un cambio de cura en la misma mula”. Chile estará cambiando la mula en este plebiscito constitucional, al dispersar el poder y recuperar soberanía. ¿Cambiará Chile su mula solo en la Constitución o emprenderán los electores chilenos un cambio de mula en todos los aspectos que le atañen a su capacidad de votar?

El empoderamiento electoral que se puede producir con el plebiscito puede a la vez producir no solo una revolución participatoria, sino una revolución electoral que castigue fuertemente a los incumbentes en todas sus dimensiones. Son fenómenos que pueden suceder en 7 elecciones, donde el elector no tendrá tiempo de olvidar el efecto que tuvo su votación en la elección anterior, empoderando aún más su voto para la siguiente elección. Un efecto no buscado que el legislador no consideró al diseñar el calendario electoral. Si por otra parte sucede lo contrario y se alejan los electores de la participación, su efecto será muy duradero y probablemente tomará generaciones para recuperar el voto.

El votante probable y la pandemia

Entre 1990 y 2017, sabemos que hay cerca de un 35% de electores hoy que ha votado en todas las elecciones, un 15% que no ha votado nunca y un 50% que vota “ocasionalmente”. Son los votantes “ocasionales” los que cambian los resultados de la elección mucho más que la gente que “cambia” de posición. Por ejemplo, sabemos que una parte de la derecha no votó por Evelyn Matthei, pero sí voto por Sebastián Piñera en la elección siguiente. Por eso, las campañas lo que hacen en primer lugar no es convencer, sino activar, movilizar al elector que ya tomó su decisión.

En este plebiscito, un 59% dice haber tomado la decisión de ir a votar de todas maneras y lo único que podría disminuir ese votante probable sería el miedo al contagio. En ese caso, si el miedo es mediano, bajaría a 49%; y si es extremadamente alto, bajaría a 24% de participación. Esta elección depende de cuánto miedo al contagio perciban los chilenos el día de la elección, porque el resultado depende de la participación electoral.

Apruebo - Rechazo

Si votan TODOS, el 66% votará Apruebo, mientras que solo el 15% declara votar Rechazo, sin embargo, el 19% que no dice por quién vota, esconde voto Rechazo dentro del fenómeno llamado “espiral del silencio”. Este fenómeno afectó también al voto Sí en el plebiscito de 1988 y se vuelve a manifestar ahora.

El porcentaje que alcance el voto Rechazo depende de cuánta gente vaya a votar. Es altamente probable que el voto Rechazo alcance entre 20 y 30 puntos porcentuales, dependiendo de cuánta gente se dirija a votar. La franja electoral producirá una reactivación del voto Rechazo, haciéndolo salir a la superficie.

En resumen, el resultado del plebiscito será mucho más ponderado que lo que las encuestas registran hoy, debido a la espiral del silencio y al hecho de que no se podrá publicar al final de la campaña una vez producido el impacto de la franja, por la prohibición legal de difundir encuestas. No olvidemos que el 22% del país considera buenos los 17 años de Pinochet. Ese es el capital del voto Rechazo que puede activar la franja. Se debería acercar a su piso.

Casi dos tercios del país dice que la política esta “muy mal y mal”, 59%. La gente no tiene la ilusión de que las cosas se arreglen mágicamente, reconocen el momento de debilidad en que se encuentra el país, política, económica y socialmente. Nadie cree que le subirán el sueldo porque gane el Apruebo. El pueblo chileno ha obtenido varios doctorados en política con el estallido social y la pandemia. El inicio del proceso de cambio de “mula” es quizás la aspiración más intangible, más oculta y más deseada del pueblo chileno, según lo que han expresado en las encuestas en la última década. Es cosa de leer los números. Esto, de una sociedad que se ha abierto, secularizado, racionalizando su cultura en los últimos 8 años más que en los anteriores 25, según el Estudio Mundial de Valores.

Una sociedad que va delante de quienes mandan, en la búsqueda desesperada de encontrar a alguien que se ponga delante y los conduzca a un Chile mejor, dejando atrás este período oscuro donde los que mandan corren detrás del pueblo, creyendo que preguntando en las encuestas encontrarán la respuesta. El pueblo chileno no quiere leer encuestas que resumen lo que ellos ya piensan y saben, sino más bien leer propuestas sobre cómo finalmente llegar a la boca del túnel.

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