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En las patas de los caballos

por 29 junio, 2022

En las patas de los caballos
Ninguno de los bandos con el trabajo terminado el 4 de septiembre, uno y otro reclama hoy credibilidad para sí y la niega a su rival. Chile otra vez. El eterno ping pong político y moral de una sociedad en la que cada grupo habla y actúa como si por obra y gracia de algún espíritu superior fuera el único creíble y aquel que tiene superioridad moral sobre los demás. Maniqueísmo puro. Lo he sufrido en carne propia en la Convención Constitucional, donde los comisarios morales tanto de uno como de otro lado, o del extremo de cada uno de los lados, se declara portador de la pureza de que sus rivales carecerían en absoluto. Créanme, por favor: esa rutina de acusaciones cruzadas, desde nuestros discursos inaugurales hasta los de salida, ha sido muy difícil de tolerar para quienes creemos allí que nadie es más que nadie, que resulta discutible que alguien pueda presentarse como mejor que sus semejantes, y que lo menos que necesitamos son personalidades salvíficas y sujetos redentores, cualquiera sea el color que tengan o digan tener.
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Ni la Convención ni su propuesta dividen al país. Veníamos divididos desde mucho antes. Entonces, la Convención, si bien con cierto exceso y mayor estridencia que lo común, es reflejo y no causa de la división que existe en el país, particularmente entre las elites y su tradicional desconexión con las necesidades de la mayoría. Arrastramos desavenencias en nuestras interpretaciones del pasado, en nuestras apreciaciones del presente, en nuestras aspiraciones concernientes al futuro. Tenemos también discrepancias de intereses, cómo no, aunque las solemos ocultar, atendida la carga negativa de esa palabra cuando se refiere a intereses materiales, en nombre de creencias, principios, valores y otras palabras altisonantes.

Asimismo, se ocultan nuestras diferencias cuando todos decimos que queremos una sociedad más justa, un país más inclusivo, un reconocimiento de nuestros pueblos indígenas, aunque disintamos en lo más importante, que no son los fines, sino los medios para alcanzarlos. Nos separan los medios, ni más ni menos que los medios, y así, para alcanzar una sociedad más justa unos apelan a una reforma tributaria y otros apuestan al mero crecimiento del país.

Quizás nos tomamos muy al pie de la letra aquello de la nueva Constitución como la casa de todos. En efecto, y en caso de aprobarse la propuesta de la Convención, esta será la casa de todos, puesto que, sin excepciones, tendremos que aplicarnos en conjunto a su implementación y cumplimiento. Pero no lo será en cuanto a que la nueva Constitución resulte del gusto parejo de todos. Incluso tratándose de una familia numerosa que habita una casa de grandes dimensiones, no todos los ocupantes tienen que coincidir en la apreciación y el valor que le dan y a la habitación que les tocó en ella.

Una muestra palpable de nuestra persistente y quizás inevitable división (¿no es inalcanzable la unidad en una sociedad democrática y abierta?), es ahora la que separa, por un lado, a los del Rechazo y, por otra, a los del Apruebo. Pero se trata de una división parcial, puesto que salvo los fanáticos de la Constitución del 80 y los constituyentes narcisos que creen que su propuesta de hoy es impecable –hay no pocos de ambos tipos, los dos bandos, los del Rechazo y los del Apruebo, admiten que, dirimida como sea la cuestión el 4 de septiembre, quedará un buen y largo trabajo por hacer, y es por eso que los primeros llaman a Rechazar para cambiar, mientras que los segundos llaman a Aprobar para mejorar. Lo llamativo, sin embargo, es que cada bando no le cree al otro: los del Apruebo tienen buenas razones para desconfiar de una promesa de cambio constitucional hecha por sectores que detuvieron en 2005 el proceso de reemplazo de la Constitución de la dictadura, mientras que los del Rechazo apelan a la muy fraccionada composición del actual Congreso Constitucional para descreer en próximas reformas a una propuesta Constitucional que, en caso de ser aprobada, va a ser tenida por algunos como la voz definitiva del pueblo, si no del mismo Dios.

Ninguno de los bandos con el trabajo terminado el 4 de septiembre, uno y otro reclama hoy credibilidad para sí y la niega a su rival. Chile otra vez. El eterno ping pong político y moral de una sociedad en la que cada grupo habla y actúa como si por obra y gracia de algún espíritu superior fuera el único creíble y aquel que tiene superioridad moral sobre los demás. Maniqueísmo puro. Lo he sufrido en carne propia en la Convención Constitucional, donde los comisarios morales tanto de uno como de otro lado, o del extremo de cada uno de los lados, se declara portador de la pureza de que sus rivales carecerían en absoluto. Créanme, por favor: esa rutina de acusaciones cruzadas, desde nuestros discursos inaugurales hasta los de salida, ha sido muy difícil de tolerar para quienes creemos allí que nadie es más que nadie, que resulta discutible que alguien pueda presentarse como mejor que sus semejantes, y que lo menos que necesitamos son personalidades salvíficas y sujetos redentores, cualquiera sea el color que tengan o digan tener.

Está claro, entonces: rechacistas y aprobadores quedarán con tarea para la casa tanto si son unos como otros los que aprueben el examen del 4 de septiembre. Una tarea que, en caso de omitirse, no admitirá ningún tipo de justificativo, porque el pueblo o los pueblos de Chile, dígase como se digaestará atento a que cumplan con lo que prometieron.

En eso estamos y en eso continuaremos estando por largo tiempo, porque quienes detuvieron alegremente el cambio constitucional en 2005 creyeron erróneamente que ya estaba todo hecho, y porque el más reciente cambio que pretendió hacer Bachelet fue torpedeado con no menos euforia por el Gobierno de Piñera y desairado por algunos de los partidarios de la propia ex Presidenta que la llamaban a no meterse en las patas de los caballos. Y fíjense que hubo otro hecho desatendido: la propuesta de cambio de Constitución que incluía el programa de Frei Ruiz-Tagle cuando compitió por la Presidencia con Sebastián Piñera.

Camarón que se duerme…

Pero no nos llevará la corriente. Solo que estamos metidos en las patas de los caballos por creer, sin la más mínima visión de futuro, que hacer las cosas en el momento que se debe es meterse en ellas.



   

   

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