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Etiqueta negra

por 25 junio, 2018

Etiqueta negra
Todos implícitamente entendíamos y seguimos entendiendo que si algo está a la venta en el mercado es porque no es, en sí mismo, perjudicial para nuestra salud, de lo contrario estaría completamente prohibido. Otra cosa muy diferente es decidir con criterio qué alimentos consumir, cuándo hacerlo y en qué cantidades.
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Etiqueta negra, eran dos palabras que nada más oírlas nos evocaban un whisky de buena calidad, un momento de encuentro y el poder de disfrutar de algo calidad; hasta que a algunos iluminados se les ocurrió la famosa, y no bien ponderada, Ley de Etiquetados.

Siempre en la falsa creencia de que prohibiendo podemos mejorar los hábitos de la población. Un error de concepto, y una falta total de conocimiento de la naturaleza de los comportamientos humanos, por varios motivos.

Primero que todo, sabemos que lo “prohibido” siempre se vuelve deseable en forma inmediata e incluso objeto de obsesión, así como lo escaso es requerido y sube de precio en el mercado.

Segundo, porque “prohibiendo” no se enseña nada, sino que se invalida la voluntad humana, único recurso al cual podemos echar mano como persona para corregir conductas.

Tercero, porque las decisiones a la hora, de alimentarse, como es el caso, no son colectivas, sino individuales.

Y cuarto, porque “prohibir” no es informar, ni educar.

Y digo prohibir, porque la función de las etiquetas negras, no parece ser objetivamente informativa, sino más bien es una especie de disco pare, que dice NO lo consuma porque es alto en esto o aquello o, por lo tanto, indeseable para su salud.

Todos implícitamente entendíamos y seguimos entendiendo que si algo está a la venta en el mercado es porque no es, en sí mismo, perjudicial para nuestra salud, de lo contrario estaría completamente prohibido. Otra cosa muy diferente es decidir con criterio qué alimentos consumir, cuándo hacerlo y en qué cantidades.

Por lo tanto, el efecto de la cuestionada ley solo nos ha perjudicado como consumidores, porque, por un lado, menosprecia nuestra inteligencia y capacidad de toma de decisiones dejándonos en una posición indigna propia de ignorantes y, por el otro, ha vuelto aun más atractivos, en cuanto prohibidos, los productos que deberíamos consumir con moderación y sensatez.

Como consumidora, me gustaría ser informada y poder decidir a mi juicio, además me gustaría poder comprar un chocolate de regalo y también recibirlo, sin que estuvieran aguándome la fiesta con esas feas etiquetas.

Habría bastado con información transparente, completa y legible, para poder quedarnos tranquilos y contentos como ciudadanos civilizados. Y una buena campaña que nos enseñara a alimentarnos bien podría haber coronado la historia, cual guinda de una linda, sana y rica torta.

Mónica Reyes

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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