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Piñera: las segundas partes nunca son buenas

por 4 septiembre, 2018

Piñera: las segundas partes nunca son buenas
En la historia reciente de Chile, los presidentes Arturo Alessandri, Carlos Ibáñez, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera han ejercido el mando de la nación por dos períodos no consecutivos, todos ellos han entregado su Gobierno, tanto en el primer como en el segundo mandato, a un nuevo gobernante de tendencia política, al menos en el discurso, distinta a la propia.
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El público amante del cine y en especial los cinéfilos, suelen decir que las segundas partes de primeras películas exitosas, nunca alcanzan la calidad y efecto de la primera (ni ninguna de la saga). Haciendo un símil, es posible decir que algo parecido pasa con los gobiernos en Chile cuando retorna un ex Mandatario a liderar el país. Hoy, es oportuno revisar cómo han sido los casi primeros 6 meses año del actual Gobierno, ad portas de entrar a un segundo semestre que pasará rápidamente entre las extensas Fiestas Patrias, el fin de año y las vacaciones de verano. En este contexto, siempre será aconsejable una introspectiva reflexiva (corta y efectiva) para ver qué tan buena (mala) está la película.

En la historia reciente de Chile, los presidentes Arturo Alessandri, Carlos Ibáñez, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera han ejercido el mando de la nación por dos períodos no consecutivos, todos ellos han entregado su Gobierno, tanto en el primer como en el segundo mandato, a un nuevo gobernante de tendencia política, al menos en el discurso, distinta a la propia. Con ello se podría afirmar que siempre los segundos gobiernos han sido poco efectivos como proyecto político y no logran consolidar en las urnas, el trabajo político, social y económico desarrollado.

Hay un hecho estilizado en la sucesiva de estos gobiernos: no pueden consolidar su proyecto político ganando la elección inmediatamente siguiente. Este correspondería a la naturaleza de la idiosincrasia nacional que se manifiesta en el dicho: previo a la elección “es una sandía calada”, en referencia a que una vez que la población ha experimentado la mano del gobernante prefiere repetir a ese gobernante que innovar con uno nuevo, pero al término del Gobierno, cambian a calificarlo como “el peor Gobierno de la historia”. Es posible que esta alternancia gravite favorablemente para reducir la corrupción e incentivar la rotación en el Ejecutivo (altamente susceptible de prácticas indeseables), consolidándose al no contar con una reelección inmediata, opción electoral que distingue a Chile, a pesar de algunas ideas “cocinadas” en los “raspados de olla” de algunos de los políticos de más bajo nivel de credibilidad y background de la historia política chilena.

En este contexto, un estadista debería asumir su rol y dirigir al país por la senda del máximo bienestar y desarrollo sustentable, con templanza y disciplina. Pero no olvidando que la historia está marcada por la derrota electoral del sector gobernante, no importando la calidad del Gobierno saliente. Desde ese punto de vista, cada uno de esos gobiernos puede ser considerado en el momento como el peor de la historia por su incapacidad de proyectarse con un proyecto político disociado del caudillismo contingente. Este calificativo se refrenda al disponer de toda la agenda fiscal, la atención de los medios de comunicación y más información que sus contrincantes que deambulan con habida esperanza de una victoria construida sobre el cuestionamiento de la historia inmediata y no necesariamente sobre un discurso constructivo que encante al escéptico elector.

Si la descripción anterior es correcta, ¿qué es posible vislumbrar en la presente administración gubernamental? Nuevamente se estarían repitiendo las condiciones para sostener que se materializará esta especie de profecía autocumplida del peor Gobierno de la historia. Los innumerables errores de los actores secundarios y de los de reparto, obligan al personaje principal de la película a estar más preocupado del backstage que de encantar al espectador. Esto, a pesar de la mordaza prudencial de los primeros meses, nuestro actor desata amarras y vuelve campante a una de sus mayores características: las cuñas que provocan el rechazo del espectador.

Por tanto, es entendible que comience un frenesí de potenciales candidatos, en vez de consolidar un buen Gobierno. Estos actores secundarios y de reparto están más preocupados del posicionamiento para la próxima contienda que de gobernar en favor del país. Por otra parte, existe un gran número de actores secundarios que solo socavan la ya disminuida sintonía social, preocupados de la cuña fácil y las efectos populistas de medidas irrelevantes, que no atacan los problemas relevantes de la sociedad.

Al hacer un inventario de los chascarros de la película, es imperdible recordar la visita a Harvard en el día del ex alumno del actor secundario que posee la más alta responsabilidad de crear las expectativas de un Gobierno austero y no despilfarrador. Otro actor (aunque ya despedido) que se vanagloriaba de la capacidad sexual de sus retoños, en una sociedad que ha escogido un punto de no retorno hacia la preeminencia de la igualdad de género.

Un actor de reparto, que trató de salir a primera línea, pero que fue víctima de sus propios discursos reconvertidos, consolidando la frase que indica que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras (o en este caso de citas de un libro de mediocre redacción). Finalmente, hay otros actores de reparto y extras que alcanzan sus pretensiones de grandeza infligiendo dolor mediante el más básico de los errores de un gobernante, la delegación para justificar sus acciones dolorosas como despedir empleados (fiscales), golpeando a esa masa de trabajadores timoratos del administrador de turno que, por el entendible temor a la pérdida del empleo, olvidan el fin último de su labor que es para la sociedad y para quienes pagan sus salarios y financian al Estado con impuestos de todo tipo, donde la peor de las recetas corresponde a la cuestionada y regresiva reforma de un sistema tributario integrado.

Lo anterior es parte de la parafernalia y chamuchina del que puede constituirse en el peor Gobierno de la historia. Lo esencial se juega en la orientación legislativa y acción ejecutiva que pretenda proponer el actor principal de esta película, sin embargo, un país que fue el conejillo de indias del experimento neoliberal no tiene muchas áreas nuevas donde crear mercados, sino más bien debería tender a perfeccionar los existentes, para que realmente ellos funcionen. Es aquí donde se juega el futuro nacional, cambiando el degradante desarrollismo extractivo por otras dimensiones de la producción, con mayor cuidado del medioambiente y de la población. Hoy existe un imperativo moral para que en forma gradual se eliminen las pérfidas zonas de sacrificio ambiental y humano como hoy sucede, por ejemplo, en la zona de Puchuncaví.

Los principales desafíos del país son dos: cambiar la senda del crecimiento antieconómico y mejorar la cancha de la distribución de la riqueza (o es lo mismo que reducir el crédito), todo lo demás es música. La falta de conciencia de estos desafíos puede conllevar desequilibrios sociales de tal magnitud, que ningún actor pueda mejorar la película, consumando definitivamente al peor Gobierno de la historia en forma perenne.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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