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Pablo Jofre Leal desmitifica el fenómeno Trump: “Es la expresión del gatopardismo y estará obligado a actuar en virtud de lo que se defina no por él, sino por la figura del gobierno permanente” Analista internacional advierte que EE.UU. ha perdido la brújula moral y política

Pablo Jofre Leal desmitifica el fenómeno Trump: “Es la expresión del gatopardismo y estará obligado a actuar en virtud de lo que se defina no por él, sino por la figura del gobierno permanente”

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El destacado periodista internacional aclara que Trump es parte de la esencia y del ADN norteamericano, de modo que “se ciñe a este destino manifiesto que siempre ha estado presente, desde los padres fundadores: que EE.UU. es un faro, un referente”. Su tesis –que lo que aquí termina es una era demócrata, nada más– implica que el sistema estadounidense no va a sufrir mayores variaciones. “Será más de lo mismo, con una cara distinta y un peinado distinto, pero el tiempo demostrará que Trump se normalizará y que no aplicará muchas de sus promesas electorales”. Con respecto a los efectos en Chile –por el tratado de libre comercio–, defiende que “por mucho que llore Heraldo Muñoz, hay que saber que, cuando esos grupos empresariales dicen que se verá afectado Chile, no, señores, se verían afectados ustedes”.


Según el análisis del periodista Pablo Jofre Leal, quien ha escrito extensamente para cadenas como Hispantv de Irán, Telesur, Rusia TODAY y SPUTNIK,  Trump llegó a la presidencia gracias a su habilidad para centrar elementos de preocupación de política interna, con elementos de política exterior. «Todo empacado en un mensaje claro, elocuente y fuerte», dice.

“Si el elector de poca instrucción, ignorante, del Medio Oeste, quiere escuchar sobre un país que le va a dar incentivos al empleo, que será de nuevo el país de los años 60, que podrá seguir portando armas, y que habrá privilegios para los blancos, bueno, eso le estoy dando, eso quiere escuchar, aquí está”, explica, agregando que Trump no fue elegido en virtud de sus promesas de política exterior.

“La sociedad norteamericana suele mirarse hacia dentro, es mucho más introspectiva: poco le importa la política exterior si ella no repercute en su política interna”, comenta.

-¿Qué significa el triunfo de Trump?
-Ante todo, significa la derrota del establishment demócrata, de todo el núcleo partidista demócrata que rodeaba a Hillary Clinton, pero que también involucra al complejo militar industrial norteamericano, al mundo bancario, financiero, empresarial, que se la había jugado por su triunfo, porque era la continuación lógica y esperable de 8 años de gobierno demócrata, donde las grandes corporaciones, las grandes empresas norteamericanas, hicieron grandes negocios y multiplicaron sus ganancias.

-Era ideal, entonces, que ella continuara…
-Así es. Ella era la candidata de la nomenclatura política norteamericana, que ofrecía las menos variaciones posibles sobre una misma sinfonía. Donald Trump, por el otro lado, representa la incertidumbre, uno se pregunta: ¿qué va a hacer este personaje que no es parte del mundo político, que no es parte de este mundo que vincula lo empresarial, lo político, lo militar, la finanza, la economía, a los grupos de poder de Estados Unidos?

-Dejando a un lado el “triunfo de la incertidumbre”, ¿qué más implicará su presidencia?
-A ver, esto no es el triunfo de alguien que vaya a generar un descalabro. Eso no sucederá, porque si bien los bancos y los organismos de inteligencia y los grandes grupos corporativos apoyaban a la demócrata, Donald Trump es parte de la sociedad norteamericana, es parte de la esencia, del ADN de dicha sociedad (del modelo, del neoliberalismo, de la iniciativa privada, de la importancia del comercio, de lo crucial de la razón y la fuerza en virtud de un objetivo y un sueño americano), por tanto, se ciñe a este destino manifiesto que siempre ha estado presente, desde los padres fundadores: que EE.UU. es un faro, un referente, un elemento a considerar dentro del concierto mundial.

Trump es parte de esa sociedad que cree en la iniciativa privada, en las particularidades y en los sueños de una gran nación, dotada económica y militarmente de un poder; eso no se ha perdido y no se va a perder. Trump representa esa idea, y representa esa conducta y esa aspiración; puede cambiar la idea de enfocar, la idea en que EE.UU. se relaciona con algunos elementos, con algunas zonas del mundo, pero no más que eso.

-¿En virtud de qué el pueblo norteamericano lo eligió? ¿Fueron sus promesas de política exterior?
-No fue elegido en virtud de sus promesas de política exterior; esencialmente, la sociedad norteamericana suele mirarse hacia dentro, es mucho más introspectiva: poco le importa la política exterior si ella no repercute en su política interna, y en ese sentido Donald Trump fue muy hábil en destacar y darles mucho más fundamentos, en su campaña, a los elementos que preocupaban a sus electores: el comercio –y ahí lo vinculaba con China– expresado en la necesidad de ser más fuerte que sus rivales, a quienes acusaba de llevarse los empleos y robar la plata del país; el tema de la migración, pero vinculado a la pérdida de los empleos, donde culpaba a los emigrantes mexicanos. Trump dice “me voy a meter ahí, y voy a detenerla, voy a eliminar cualquier tipo de libre apertura a los migrantes y los voy a expulsar si es necesario”.

-¿Cómo define esa estrategia?
-Es la habilidad de centrar elementos de preocupación de política interna con elementos de política exterior, en un mensaje claro y elocuente. Ahora, hay que preguntarse: ¿ese candidato va a tomar las medidas siendo presidente? Difícilmente. Primero, maticemos el asunto: dice que  va a construir un muro que ya está construido; quizás haga una ampliación, será más alto, habrá control, pero recordemos que el control migratorio fue muy desarrollado en el gobierno de Barack Obama; la mayor cantidad de deportaciones fueron en su administración: cerca de 3 millones de indocumentados. ¿Podría Trump superar la cifra de Obama? Difícil. Quizás su política sea más severa, pero no lo veo deportando a cientos de miles de inmigrantes, de la forma en que lo hizo Obama.

-¿Y qué ocurrirá si no cumple con ninguna de sus promesas?
-¿Quién le va a exigir el cumplimiento de eso? ¿Sus electores? ¿Se lo va a exigir el Partido Demócrata? Te imaginas al partido, con Clinton a la cabeza, exigiéndole que cumpla sus promesas de deportación. Hay una habilidad de Trump de colocar en la mesa de la discusión temas que preocupan específicamente a su elector predilecto: ese blanco, anglosajón, del Medio Oeste, con poquísima instrucción, racista, xenófobo, encerrado en sí mismo, difícilmente un hombre de mundo, fácilmente cautivo de promesas de mayor empleo y control migratorio. Al ignorante le da terror la diversidad, lo distinto, es decir, se genera ahí también un temor de ese elector y qué mejor que limar ese temor, como lo hace Trump, cuando dice “yo lo voy a controlar, usted no tiene empleo, yo se lo daré, crearé 25 millones de empleo. China se lleva nuestro empleo, ese es mi enemigo”. Y, en el plano exterior, «combatiré el terrorismo, pero no de la forma que quieren los demócratas, voy a conversar con Rusia, voy a seguir protegiendo a Israel, voy a establecer un combate contra el Estado Islámico». Donald Trump le entregó a ese elector lo que quería escuchar; esa fue su habilidad.

-¿Cree que Trump representa el divorcio definitivo entre la elite y la ciudadanía?
-Absolutamente, creo que muchos analistas y autores hablan de una sociedad desgarrada, una sociedad en decadencia, dividida. Creo que, efectivamente, EE.UU. ha perdido la brújula moral, ha perdido la brújula orientativa en lo político, la brújula de los valores; hay un divorcio entre esa ciudadanía y los gobernantes; no es casual un 50% de abstención. Tampoco es casual que el mito del voto latino no le haya resultado a Clinton: movilizó al votante demócrata, pero fue incapaz de movilizar a aquella masa poblacional cansada de la corrupción, cansada de la falta de audacia política interna, de la falta en el cumplimiento de las promesas electorales, de las reformas sanitarias no llevadas a cabo, de las reformas tributarias que hicieron más rico a ese 1% y, en estos periodos de crisis, lo que se levantan son voces que te alientan al sueño americano, que te dicen “es necesario levantarse, es necesario salir adelante, no confíe en estas cúpulas demócratas, y tampoco confíes en las republicanas».

-¿Se refiere al distanciamiento de Trump con sus propias huestes?
-Él se pelea y se enemista con toda la cúpula republicana: no lo acompañan en su campaña presidencial, en el discurso del triunfo no hay ningún representante republicano de importancia; en el escenario, están su familia y amigos. Es un comunicador nato, es un tipo que ha sacado partido de los 30 años de experiencia que tiene en los medios y en el espectáculo; es un tipo que, frente a las críticas, frente a los ataques, desvía esos ataques: “Yo no voy a hablar de eso, voy a hablar de lo que yo quiero hablar”; con respecto a las mujeres, dice: “No, eso no es verdad, aunque sea verdad, no es verdad”, y se sitúa en lo que quiere ese elector: si el elector de poca instrucción, ignorante, del Medio Oeste, quiere escuchar sobre un país que le va a dar incentivos al empleo, que será de nuevo el país de los años 60, que podrá seguir portando armas, que habrá prioridad al blanco y no al inmigrante, eso le estoy dando, eso quiere escuchar, aquí esta, aunque el mismo Donald Trump sea emigrante. Estamos hablando de la contradicción absoluta, pero ahí está, como presidente electo.

-A pesar de la profundiza editorialización en su contra, ¿cómo explica esa, por decirlo así, resiliencia?
-Es que Trump, en ese ninguneo, adquiere una relevancia en los medios como ningún otro de los candidatos. O sea, Trump, desde el punto de vista de los medios, es un tipo atractivo: sus declaraciones son esperadas con ansias, o sea, qué bueno lo que dice Trump, porque nos da titulares, nos permite la discusión. El problema fue que pocos hablaban de la campaña, sino que resaltaban al bufón egocéntrico, al gracioso, al polémico, pero no se daban cuenta, o tal vez se daban cuenta, que efectivamente estaban ensalzando a una persona que terminaría centrando el interés de esa ciudadanía, cansada de la corrupción, cansada de años de nepotismo, cansada de años de una política que no le dio satisfacción a EE.UU. Él aprovechó esa división, aprovechó la delincuencia, la baja empleabilidad, es decir, todos los elementos que preocupan a ese norteamericano.

-El filósofo marxista Slavoj Žižek dijo que Hillary era más peligrosa que Trump. ¿Está de acuerdo?
-Ambos candidatos representan un peligro, quizás no son un peligro en la política interna, pero hay que ver los efectos en el resto del planeta, y en ese sentido Clinton es un personaje vinculado a los poderes fácticos, pero también a los poderes clásicos, a ese gobierno permanente, a ese gobierno que está ahí, y va a estar también con Trump. Esto es importante: él no podrá hacer lo que quiera hacer si no cuenta con el beneplácito de los poderes que están en la sombra en Estados Unidos; tiene un Congreso con el cual tiene que tomar decisiones: no es un Poder Ejecutivo que pueda hacer lo que quiera hacer. Lo que sí, creo que Clinton representa lo peor de la política norteamericana desde el punto de vista de promesas incumplidas en el plano interior, y una profunda vocación belicista en el plano externo; una mentirosa compulsiva, una corrupta, una persona que a través de su fundación recibió plata de los más diversos orígenes y que mintió sobre sus correos, los cuales daban cuenta de una política y una conducta destinada a la agresión y desestabilización de muchos países, no solo en Libia sino también en Ucrania, en Siria e, incluso, en el sabotaje que se le hizo a Bernie Sanders.

-¿Sabotaje en qué sentido?
-En el sentido de apoderarse de sus posturas y políticas más progresistas, para luego negarse a poder cumplir esas políticas, porque no las cree y nunca las hubiese llevado a cabo. Sanders estaba mejor posicionado para enfrentarse a Trump, porque él hablaba con altura moral, altura intelectual, de muchos de los aspectos que Trump hablaba: empleo, comercio, pero al mismo tiempo con la necesidad de mirar las relaciones exteriores de una forma mucho más brillante. Lo que vimos fue una elección que ha mostrado a una sociedad estadounidense que ha acentuado sus contradicciones internas y eso va a repercutir fuertemente en su política exterior, y con Trump tendrá efectos en la relación con Venezuela, Cuba, pero también va a repercutir con China y, quizás positivamente, en zonas del mundo donde EE.UU. tiene una presencia muy belicista y agresiva, como es Oriente Medio.

-¿No tendrá efectos en Chile?
-Creemos que lo que sucede en EE.UU. en este plano nos va a afectar fuertemente, por el tema del tratado de libre comercio, por el TPP, se está hablando en ese plano, que puede afectar a Chile, ¿pero en qué va a afectar a Chile? Las organizaciones sociales, en Chile, han discutido la conveniencia de tenerlo, hablan de un Chile mejor sin TPP. Lo que hay que plantear es si se verían afectado ciertos grupos económicos, ciertos empresarios, con la no firma del TPP: no Chile, sino ciertos empresarios que han lucrado con las firmas de ciertos convenios que los favorecen más, pero, insisto, Chile no se vería afectado. Heraldo Muñoz llora mucho porque se la ha jugado por el TTP, en función precisamente de los empresarios, de un tratado que no es conveniente para Chile, por múltiples aspectos, este TTP regula el comercio de la leche, los derechos de autor, en fin, son muchos temas que se discutieron secretamente: la sociedad chilena no tiene conocimiento de esto, ha sido negociado a espaldas. Cuando esos grupos empresariales dicen “se vería afectado Chile”, no, señores, se verían afectados ustedes.

¿Cree, como han afirmado algunos, que el triunfo de Trump es el fin de una era?
-Yo creo que termina una era demócrata, no termina una era política de decir “aquí lo que se viene es el cambio total”. En esencia, el sistema norteamericano no va a sufrir mayores variaciones, a menos que la sociedad exija ese cambio, cambio en el sistema electoral: es un sistema viejo, vetusto, anacrónico. Si se habla de mayor democracia del mundo, no puede seguir practicando la democracia de los padres fundadores. No sé si es una nueva era. Es un cambio importante, porque por primera vez un candidato que no viene del establisment, que tiene un discurso independiente de esos poderes partidistas, logra la presidencia, pero la logra en virtud del marco del Partido Republicano, y lo logra en virtud de la separación de poderes en EE.UU. con un Congreso que sigue estando ahí, con partidos con los que negociar.

Una nueva era, no. Lo que sí creo que es que ha terminado un periodo de dominio demócrata, que mostró las profundas contradicciones con un grupo que se quedó en los laureles, y otro grupo que dijo «es la posibilidad de avanzar hacia libertades civiles, desarrollo social», expresado por Sanders, pero que fue derrotado por la derecha demócrata. Por tanto, terminó la era de los Clinton, terminó la era de ese grupo demócrata muy belicista, muy cercano a los republicanos, y se da inicio a una época donde un candidato, que se supone fuera del circuito clásico partidista, tendrá que lidiar con lo clásico del poder, los republicanos, los demócratas, poder definir acciones diplomáticas y acciones de política exterior en virtud de lo que lo autoricen. ¿Cómo va a actuar Trump cuando el Congreso le diga que no?

-Su postura es que, con Trump, las cosas se van a mantener, en esencia, iguales.
-No va a cambiar mucho. Trump es la expresión del gatopardismo: la política norteamericana seguirá siendo la misma. Yo he definido a Trump como un personaje pintoresco, un bufón egocéntrico; él no va a poder hacer algo distinto de lo que ya han hecho, por eso no te dije si es más peligroso: es un personaje que va a tener que actuar en la política internacional en virtud de lo que se ofrezca, y lo que se defina no por él, sino por este gobierno permanente que está en EE.UU y que influye en las decisiones. Pongamos un ejemplo extremo: Trump decide reconocer al Estado palestino y exigirle a Israel que lo reconozca y retire sus fuerzas. Jamás. Porque el lobby judío en EE.UU. es tan fuerte que Trump es irrelevante, hay una imposición, hay un poder detrás, en las sombras, que le impone al Presidente norteamericano muchas de las decisiones que tiene que tomar, así que es más de lo mismo, con una cara distinta, con un peinado distinto, un lenguaje distinto, un tipo más visceral, pero el tiempo demostrará que se volverá normal, se va a volver un político, no va a validar su política de tratar de doblegar a Cuba, no las va a tener.

-Tiene sentido si se piensa que, en su discurso de victoria, parecía mucho más calmado. Incluso, presidencial.
-Así es. Otra cosa es con guitarra. Donald Trump más tranquilo, en un discurso de estadista, discurso de unidad, pero dicha unidad es imposible. Si algo demostró esta elección es la división y el desgarramiento de la sociedad norteamericana, entre la Costa Oeste, la Costa Este y el Medio Oeste, entre blancos y negros, entre aquellos que no le creen en absoluto al sistema político y no votaron, y aquellos que fueron a votar por “el menos peor”.

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