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La imperiosa necesidad de la ética en el mundo público y empresarial

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Gracia Navarro
Por : Gracia Navarro Directora del Programa de Responsabilidad Social de la Universidad de Concepción. Autora del libro “Moralidad y Responsabilidad Social, bases para su desarrollo y educación”.
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Se requiere creer que la empresa es un ciudadano más, que necesita generar riqueza, pero que no vive sólo para ello, sino también para aportar al bien común y que, por lo mismo, debe retribuir, contribuir y corresponsabilizarse de los problemas sociales. Para incorporar estas ideas en el desarrollo y hacerlo sustentable, hay que creer que los seres humanos somos interdependientes, que todos tenemos que convivir en un mismo tiempo y espacio y que convivir requiere salirse del individualismo.


En Chile observamos farmacias que se coluden para subir los precios de fármacos estando en juego la salud y la vida de las personas; universidades que dicen no tener fines de lucro, pero derivan utilidades hacia otras empresas de los mismos dueños y lucran con los sueños y/o necesidades de muchos jóvenes; políticos que debiendo trabajar para el bien común, trabajan para algunos; funcionarios públicos cuya misión es servir al bien común, pero caen en la corrupción. De hecho, podríamos seguir con muchos ejemplos del mismo estilo.

Por cierto, no se trata de fenómenos exclusivos de nuestro país, pues a nivel global se aprecia una existencia de vacíos éticos en las políticas públicas, de culturas corporativas basadas en una moralidad individualista (con incentivos perversos para favorecer la maximización de ganancias), de conflictos de interés en las agencias calificadoras de riesgos, y de un nula empatía de parte de altos directivos hacia sus conciudadanos.

[cita]Se requiere creer que la empresa es un ciudadano más, que necesita generar riqueza, pero que no vive sólo para ello, sino también para aportar al bien común y que, por lo mismo, debe retribuir, contribuir y también corresponsabilizarse de los problemas sociales.[/cita]

De este modo, la crisis mundial, que primero fue financiera, luego se transformó en económica y finalmente, en una crisis de convivencia que se vislumbra en la actualidad, y que se refleja en la demanda de cambios y de comportamientos éticos en todos los campos, especialmente en lo que dice relación con la regulación de las políticas públicas, la revisión de las culturas corporativas y una reformulación integral (o al menos un ajuste) del modelo económico.

No obstante, nada de ello será posible si se siguen olvidando los deberes del individuo para con sus semejantes y si se continúa sosteniendo que el único objetivo de las empresas es maximizar las ganancias de sus propietarios, sin darle espacio a la Responsabilidad Social (RS).

Para incorporar estas ideas hay que cambiar el paradigma, y ello implica creer que el máximo desarrollo moral de las personas ocurre cuando son capaces de conciliar la satisfacción de sus propias necesidades con el aporte a la satisfacción de las necesidades de otros y que —para ello— la opción es el bien común.

También se requiere creer que la empresa es un ciudadano más, que necesita generar riqueza, pero que no vive sólo para ello, sino también para aportar al bien común y que, por lo mismo, debe retribuir, contribuir y corresponsabilizarse de los problemas sociales. Para incorporar estas ideas en el desarrollo y hacerlo sustentable, hay que creer que los seres humanos somos interdependientes, que todos tenemos que convivir en un mismo tiempo y espacio y que convivir requiere salirse del individualismo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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