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Política, populismo y frivolidad

por 18 agosto, 2012

Las crecientes tentaciones populistas caracterizadas por invitaciones a emprender rutas imposibles; de atractivas ofertas de todo tipo, como si el país fuera una liquidadora de segunda mano; la emergencia de “líderes salvadores, poseedores de la Verdad”; los “packs” de ofertas que tratan la educación, la vivienda o el empleo como baratijas, y en fin, toda la banalidad que surge y se promociona en momentos difíciles, constituyen el conjunto de conductas irresponsables de aventureros de las ideas que, en función de sueños utópicos, terminan lanzando al tacho de la basura los años de esfuerzo y sacrificio de millones de compatriotas.
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El creciente desprestigio de la clase política chilena, la influencia que han ido adquiriendo los movimientos sociales —algunos de noble causa, otros con liderazgos de dudosa credibilidad—, las manifestaciones populares sin canales de legitimación y ordenamiento de sus demandas, son expresiones que invitan a la reflexión, pues parecen responder a una grave pérdida de fe pública en las vías institucionales de participación e integración que nuestra democracia se ha dado para administrar el Estado y conducir a un mejor destino a la nación.

Nuestra democracia representativa será sólida y verdaderamente participativa e integradora en la medida que sus estructuras y órganos estén legitimados, actúen en forma correcta y cumplan debidamente la función que les corresponde. Pero tal vez lo más relevante es que las autoridades en las que el pueblo delega periódicamente su soberanía en elecciones libres, sean probas, responsables y auténticamente comprometidas con los destinos del país.

Las crecientes tentaciones populistas caracterizadas por invitaciones a emprender rutas imposibles; de atractivas ofertas de todo tipo, como si el país fuera una liquidadora de segunda mano; la emergencia de “líderes salvadores, poseedores de la Verdad”; los “packs” de ofertas que tratan la educación, la vivienda o el empleo como baratijas, y en fin, toda la banalidad que surge y se promociona en momentos difíciles, constituyen el conjunto de conductas irresponsables de aventureros de las ideas que, en función de sueños utópicos, terminan lanzando al tacho de la basura los años de esfuerzo y sacrificio de millones de compatriotas.

Una de las críticas ciudadanas recurrentes respecto del accionar de los partidos es la cada vez más obvia irrelevancia ante los gobiernos y su escasa preocupación por las inquietudes ciudadanas, reproche que se mide en la bajísima calificación que estas colectividades tienen en la opinión pública. Si por política se entiende la actividad humana tendente a dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad, en Chile, el papel de los partidos está en profundo entredicho desde hace décadas, aun cuando hoy pareciera ser un fenómeno universal.

En efecto, los partidos políticos se ven hoy como simples correas transportadoras de candidaturas y aspirantes a conquistar cargos de responsabilidad pública y, en muchos casos, sus campañas descansan en su preeminencia o fama, obviando declarar sus objetivos. Las organizaciones fungen así como simples máquinas electorales, sin más propósito aparente que la lucha por acceder a centros de poder, transfiriendo a los centros de estudios, institutos o think tanks, la noble tarea de pensar “la acción del Estado en beneficio de la sociedad”. Así, los partidos han ido perdiendo su función sustantiva de análisis estratégico-táctico y de coyuntura, y la de receptor y cámara de compensación social de los problemas políticos, económicos, sociales o culturales que surgen en la enorme diversidad de las comunidades modernas.

El mal que afecta a los partidos políticos es obvio. También parece evidente que muchos líderes, dirigentes y representantes sufren de igual enfermedad. Se requiere, en consecuencia, de un esfuerzo colectivo para superar esta débil posición, pues, hasta la fecha, no se conoce otro cauce para gestionar de manera legítima y eficaz la democracia representativa: es con el protagonismo activo de los partidos políticos y de quienes lideran con esfuerzo, desinterés, patriotismo e inteligencia esta noble actividad, que la democracia se hace real.

En este orden de ideas, es relevante que el esfuerzo creativo, la corrección de rumbos y la recuperación del norte político sea asumido por quienes están comprometidos con el modelo de democracia en que nos gusta vivir, desterrando utopías o experimentos que la historia ha demostrado lleva a los países a profundas crisis que suelen terminar en tiranías, decenios de retroceso, sistemas desiguales y de injusticia social o, simplemente, con la destrucción de la sociedad y el Estado.

Las crecientes tentaciones populistas caracterizadas por invitaciones a emprender rutas imposibles; de atractivas ofertas de todo tipo, como si el país fuera una liquidadora de segunda mano; la emergencia de “líderes salvadores, poseedores de la Verdad”; los “packs” de ofertas que tratan la educación, la vivienda o el empleo como baratijas, y en fin, toda la banalidad que surge y se promociona en momentos difíciles, constituyen el conjunto de conductas irresponsables de aventureros de las ideas que, en función de sueños utópicos, terminan lanzando al tacho de la basura los años de esfuerzo y sacrificio de millones de compatriotas que, con abnegación, han aportado su cuota para que Chile sea hoy un país estable, progresista y respetado internacionalmente.

Pero estos vendedores de ilusiones no están solos. De un tiempo a esta parte enfrentan la competencia de ofertas distintas —aunque igualmente irresponsables— que cuentan con verdaderos ejércitos de bien remuneradas orgánicas y discursos de alta frivolidad política (no confundir con la farándula), que entretienen a algunos, distraen a otros, son indiferentes a muchos y molestan a otros tantos. Los frívolos de la política, verdaderos exterminadores de la noble causa, invitan a estar alerta, pues su protagonismo es tanto transversal, como inconsciente y destructiva su tarea. Se trata de una especie que, sin mucho esfuerzo y ninguna responsabilidad, encuentra siempre motivo de conflicto, crítica, desencuentro e intolerancia, la que, bien maquillada, orquestada y promocionada, incentiva el disenso social, la polémica, la violencia y el enfrentamiento artificial. Sus argumentos, de aparente profundidad, son, empero, habitualmente triviales, livianos, intrascendentes, contribuyendo así a la mala fama de la política. Desterrarlos del quehacer cívico para construir una nueva política, respetada y admirada, es una tarea pendiente.

El gobierno del Presidente Piñera ha dado consistentes muestras de trabajar con altura de miras, responsable y seriamente comprometido con el Chile del presente y del futuro. En ello ha comprometido sus mejores esfuerzos, sacrificando el aplauso fácil, arriesgando la siempre anhelada popularidad, sumando logros efectivos por sobre las imágenes, impulsando así una obra fundacional que está instalando los cimientos de una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades y abierta a todos quienes, sin distingo ideológicos, de clase, etnia, credo u otro elemento diferenciador, tengan en común la voluntad de trabajar por los superiores intereses del país.

Ha llegado la hora que la clase política haga lo suyo: emprender una decidida revitalización de la actividad partidaria en todos sus niveles, recuperar la fe pública, buscar acuerdos razonables y equitativos y conseguir que el país sienta a sus representantes como legítimamente suyos. Ha llegado la hora de encaminarnos a un efectivo Acuerdo Nacional que aproveche la semilla sembrada, cuidándola entre todos, para obtener la justa y generosa cosecha. Las próximas elecciones municipales son la primera prueba. Sólo con un norte común y leal trabajo político, lograremos sortear estos dos años de aumento de las legítimas diferencias que, durante los períodos eleccionarios, brotan naturalmente en democracia.

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