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Educación: te he puesto en el centro del mundo Opinión

Educación: te he puesto en el centro del mundo

Juan Guillermo Tejeda
Por : Juan Guillermo Tejeda Escritor, artista visual y Premio Nacional "Sello de excelencia en Diseño" (2013).
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El mall es el campo de honor donde nos jugamos la vida cada fin de semana después de haber combatido en nuestros lugares de trabajo, y la medida de la gloria o el poder lo da el dinero. Barrio, metros cuadrados construidos de vivienda, relaciones sociales, destinos de viaje, marca de auto, de computador, de smartphones, de ropa, colegio de los niños, estudios universitarios, mascota, todo ello forma un kit hecho de indicadores comparables: cuánto vale cada cosa, desde luego, y qué rasgos de prestigio se adhieren a cada una de ellas.


Es útil y justo –sobre todo en un país injusto– que en la discusión pública que sostenemos hoy, en Chile, sobre educación se hable mucho de dinero, de recursos, de acceso, asuntos que requieren de soluciones nuevas y de cambios profundos. Sin equidad no podremos jamás ser una sociedad sana. Educar sin equidad es un contrasentido.

Al mismo tiempo, resulta inquietante que no se escuche a nadie hablar de qué entendemos por educación, y de qué estamos brindando o recibiendo cuando hablamos de educar. Los créditos, los aranceles, las subvenciones, los presupuestos… son relevantes y decisivos, desde luego, pero la orfandad de agenda propiamente educativa es un mal síntoma.

¿Es el aula de clases de 45 minutos, conducidas por un profesor o profesora, la herramienta de formación más adecuada en una sociedad digital? ¿Tienen que seguir teniendo rejas los colegios en su perímetro? ¿Constituye el éxito en mediciones estandarizadas como las notas, las pruebas Simce o la PSU algo que sirva para formar personas y no tuercas o tornillos de una máquina globalizada, en la cual nadie nos toma en cuenta sino para transacciones comerciales? ¿Estamos educando para la tiranía y el pesimismo, para la batalla continua de todos contra todos, o estamos brindando espacios de crecimiento orgánico y humanista a las nuevas generaciones? ¿Debe ser la educación pública una especie de educación privada pero no tan de lujo, o están llamadas las instituciones públicas a desarrollar y garantizar valores y procedimientos decididamente distintos?

[cita]La educación estandarizada, medible y guerrera en la que están imbuidos muchos de los presuntos expertos educacionales no sólo no es capaz de dar respuestas a esa hazaña siempre personal y siempre cotidiana que es educarse, y que es vivir plenamente, sino que a menudo la obstaculiza, la degrada y la hace imposible.[/cita]

Más crudamente aún: ¿arrastran quizá ocasionalmente las marchas, protestas y propuestas sobre la educación un arribismo no declarado, un consumismo ansioso de algo, esa cosa, la educación, que no “se consume” como muchos creen, sino que, en verdad, es preciso vivir dialécticamente? ¿Estamos hablando de dinero para comprar algo, o estamos hablando de ese algo vivo y abierto que nos va convirtiendo día a día en lo que somos?

De modo paradójico nos pertenece a los humanos la doble condición de, generosamente, ayudarnos en un naufragio o en un terremoto hasta salvarnos todos y, al mismo tiempo, o de manera alternada, pegarle con el remo en la cabeza al vecino para que se hunda y salvarnos solos, o hacernos los lesos ante el derrumbe de la casa de al lado.

Funcionamos desde el amor o desde el odio, desde el temor o desde el placer. Como una columna de insectos, construimos entre todos un palacio comunitario, o nos devoramos mutuamente hasta el exterminio. De allí que seamos alternativamente conservadores o progresistas, pesimistas u optimistas.

Hobbes, adscrito a la perspectiva existencial temerosa, considera que en estado de naturaleza el hombre es una bestia, y que la civilización política se hace por medio de la sujeción de todos a alguien que tenga potestad de hacer morir a los desobedientes. Su propuesta de tiranía civil se funda en el miedo a la destrucción generalizada del todos contra todos, del hombre como lobo de los demás hombres.

El legado de Hobbes se mantiene vivo y goza de gran predicamento en nuestros días. Que el hombre sea el lobo del hombre lo escuchamos decir en Chile con frases como “no, si es la raza la mala”, o “agarra aguirre, loco”. Y es esta filosofía estructural la que late también en el corazón de nuestro modelo educativo. La educación nos es presentada por unos y otros no tanto como un proceso, sino más bien como una cosa inerte a la que se tiene o no acceso, como un ascensor socioeconómico, un arma, un recurso, una herramienta.

Debemos dar a nuestros hijos con la educación la capacidad de combatir. ¿Contra quiénes? Contra los hijos de los demás. El combate puede ser con misiles o con carnicerías humanas, como vemos ocasionalmente por la televisión, aunque en el día a día se da más bien mediante el prestigio personal y el comercio.

El mall es el campo de honor donde nos jugamos la vida cada fin de semana después de haber combatido en nuestros lugares de trabajo, y la medida de la gloria o el poder lo da el dinero. Barrio, metros cuadrados construidos de vivienda, relaciones sociales, destinos de viaje, marca de auto, de computador, de smartphones, de ropa, colegio de los niños, estudios universitarios, mascota, todo ello forma un kit hecho de indicadores comparables: cuánto vale cada cosa, desde luego, y qué rasgos de prestigio se adhieren a cada una de ellas.

Y no es que esté del todo mal este deporte. El comercio es en general más amable que la guerra a balazos. Siempre será mejor una casa en un barrio bonito que una en un descampado, y más vale un computador cool que otro obsoleto. Pero de ahí a orientar la vida completa y cerrarla en pos de unas determinadas cosas materiales hay una pérdida, porque nuestros anhelos humanos son más complejos y más ricos y más cambiantes.

Vista la educación como un kit de recursos dentro del gran kit familiar de herramientas de combate existencial, es lógico que se la quiera medir, como se miden los arsenales de guerra. Lo que en la vida económica es el dinero, o en el fútbol son los goles, en la vida estudiantil viene representado por las notas, y en las instituciones educacionales por los indicadores: metros cuadrados de edificación, cantidad de doctores que dan clase, número de volúmenes de la biblioteca, etc. La matemática permite comparar y establecer ganadores, rankings, etc.

Nuestros temerosos y combativos partidarios de la vida como guerra abierta o larvada se sienten más tranquilos (nunca del todo) al considerar a la educación como un bien de consumo equivalente a la vivienda o a la ropa, que se pueda medir en todos sus detalles medibles. Medición incesante y obsesiva que alimenta un mercado de recursos educativos donde la gente va a comprar educación con o sin aval del estado.

Pero la educación (como el amor, como la amistad, como las convicciones personales) no es una cosa, sino un proceso formativo, y los procesos no se pueden comprar. Es inevitable vivirlos, con los riesgos, avances, retrocesos, descubrimientos y vacilaciones propios de lo que está haciéndose y por tanto carece de resultado asegurado.

No tiene mucho sentido gastar tanto esfuerzo en medir permanentemente las partículas constitutivas de la educación. Al revés, tanta medición introduce el miedo en los procesos, los obstaculiza, los empobrece y los lleva finalmente al fracaso.

Aprendemos a ser la persona que cada día somos, y aprendemos a habitar adecuadamente la personalidad que habitamos no tanto apropiándonos de conocimientos estandarizados en horarios y espacios también estandarizados, sino sobre todo siendo fieles a nuestro latido personal, y enriqueciéndolo, cada cual a su modo, con los naturales riesgos que la vida comporta, en un desarrollo no necesariamente lineal. No hay una receta única y segura, cada persona es diferente. Y lo que cuenta finalmente no es tanto lo que se nos quiere enseñar sino lo que efectivamente vamos aprendiendo. Aprendemos de los demás, de la realidad, de la historia, haciéndolo nuestro. No es interviniendo con jornadas y agendas invasivas el aprendizaje de quienes aprenden como se logran los resultados adecuados sino, por el contrario, brindando los recursos y la confianza para que cada cual pueda seguir su propio camino. Al final de toda vida está la muerte sonriéndonos, pero este espacio vital de que disponemos podemos habitarlo con mayor o menor plenitud, con más o menos humanidad, y de eso trata la educación humanista.

La dimensión defensiva de la vida existe, y la seguridad física o económica o social o laboral son ítems a los que debemos razonablemente prestar atención. Pero también es cierto que no somos plenamente personas sin un desarrollo individual que nos permita atender a nuestros deseos (no sólo a nuestros temores), a nuestra identidad, a nuestras capacidades creativas, a la relación amorosa o solidaria con los demás.

Dicho en palabras de Spinoza, contemporáneo de Hobbes, cada persona persevera en su propio ser y busca permanentemente pasar de un estado de menor perfección a uno de mayor perfección. Y así, lo que para uno es saludable y enriquecedor, para otro puede ser extremadamente destructivo. Lo malo y lo bueno no lo son en sentido abstracto y superior aplicable a cada caso mediante pruebas Simce o PSU, sino que cada ser de este mundo se nutre y se crece con según qué cosas o personas, y se disminuye o se destruye en contacto con otras que no le hacen bien. El deseo, apunta Spinoza, es la esencia misma del ser humano. Son las virtudes del coraje y la generosidad las que nos llevarán a darle cumplimiento sin hacer daño a otros. Somos cada uno de nosotros un proyecto en desarrollo durante toda la existencia.

Hobbes murió anciano y apegado a la monarquía. Spinoza de mediana edad, y cercano a los demócratas de su tiempo. Nosotros podemos seguir midiendo los centímetros cuadrados o kilómetros cuadrados, o las horas y años o pesando los gramos o kilos o toneladas de la artillería educacional, o estar abiertos a la infinita diversidad de proyectos humanos que comporta la vida social.

Poner a las personas en el centro de la vida y no a las mediciones o a los estándares es lo que siglo y medio antes de Hobbes y Spinoza proponían ya algunos pensadores del humanismo, síntesis del cristianismo con los recién descubiertos textos clásicos. En su célebre texto sobre la dignidad humana, Giovanni Pico della Mirandola hace hablar al Creador que, tras haber dado forma a todas las cosas y seres vivos, le dice al hombre:

“No te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas”.

Esa amplia e irrenunciable libertad de opciones y de programas personales estamos llamados a vivir los humanos, compaginándola por cierto con la estabilidad y la seguridad que la hacen posible. Tal es nuestro desafío existencial como personas. Ese es el legado que sustenta a la educación pública, a la formación libertaria, al trato ni mercantilizado ni competitivo ni autoritario, sino simplemente humano. Somos los dueños de nuestra existencia, no jadeantes alumnos o profesores en pos de una buena evaluación. Necesitamos los recursos propios de una buena educación no para medir ni ser medidos, no para comprar o ser comprados, sino para desplegar creativamente nuestro ser en consonancia con los demás.

La educación estandarizada, medible y guerrera en la que están imbuidos muchos de los presuntos expertos educacionales no sólo no es capaz de dar respuestas a esa hazaña siempre personal y siempre cotidiana que es educarse, y que es vivir plenamente, sino que a menudo la obstaculiza, la degrada y la hace imposible.

Sería una pena que todos quienes luchan por una educación digna consigan finalmente después de tanto esfuerzo una educación indigna, esclavizada y fundada en el pesimismo existencial, un simple acceso a un mall educativo que en verdad más que educar pervierte y más que enriquecer empobrece. Bienvenida sea en cambio la abundancia para hacer posible el buen vivir, para nutrir una existencia en libertad y en plenitud.

Tal como el amor no le pertenece a los psicólogos ni a los cantautores por mucho que se ocupen ellos profesionalmente del tema, tampoco la educación es patrimonio de profesores, políticos o economistas.

Aprendemos porque somos humanos, aprendemos con o sin colegios, con o sin universidades, aprendemos de niños, de jóvenes y de viejos. Somos animales nacidos para aprender. La educación es para cada uno de nosotros un camino personal, un proceso dialéctico infinito y cotidiano. Lo que pueden aportar en este proceso las autoridades, las instituciones y los expertos es brindar a las personas de manera equitativa los recursos y la libertad para que el aprendizaje sea rico, sea personal, sea cívico, sea creativo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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