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De locos

por 31 octubre, 2013

Albert Einstein dijo: “Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. Si hoy se diese una vueltita por Santiago, aumentaría su certeza acerca de lo segundo.
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Todo comenzó hace seis meses cuando, de un día para otro (30 de abril de 2013), Santiago amaneció plagado con las nuevas gigantografías, al tiempo que desaparecían las anteriores, como por arte de magia, como una puesta en escena bien planificada, dejando la pregunta de si aquello de los fondos financieros en Islas Vírgenes, coincidente con una acusación por gestiones empresariales no muy vírgenes,  había sido algo más que un guión bien montado para provocar el enroque.

Más loco fue aún, que las nuevas gigantografías versaran la frase “Por un Chile más justo”, todos sabiendo que quienes estaban detrás de esa publicidad eran los que inventaron, avalaron e ideologizaron las leyes que han conducido a Chile a la más regresiva distribución de la riqueza que imaginarse pueda. Pero lo más loco de todo fue que ningún profesional de la imagen, ningún asesor de campaña –que debieron ser muchos y bien pagados– se fijase en la cara “de pitiado”, los ojos desorbitados, las ojeras de trasnoche y nariz de borracho, con que el nuevo candidato aparecía en las gigantografías que día a día iban cubriendo el horizonte urbano, añadiendo contaminación visual a la olfativa.

Cuando dos meses después ( 30 de junio ) el nuevo candidato ganó las primarias y resultó que durante cinco meses estaríamos obligados a ver una y otra vez, en cada esquina de Santiago, su cara de loco con ese lema tan loco, a mi me dio la angustia. De modo que tomé un billete de avión y me fui de viaje. Y entonces (18 de julio), a muchos kilómetros de distancia, me llega la noticia de su depresión y definitivo retiro de circulación… y se me viene una y otra vez la frase: “Era de locos y se volvió loco”. Porque las enrevesadas interpretaciones de esta depresión, ligándola a un fin de ciclo político, a mí no me convencen. Más que depresión, esto pinta a locura pura y dura. Quien estira tanto la línea que separa ficción de realidad, diciendo A y sintiendo B, pensando C y haciendo D, “Por un Chile más justo”, en un Chile cada vez más de unos pocos… corre el peligro de acabar confundiéndose en serio.

Albert Einstein dijo: “Hay dos cosas infinitas,  el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. Si hoy se diese una vueltita por Santiago, aumentaría su certeza acerca de lo segundo.

De vuelta a Chile (18 de agosto), perpleja constato que las gigantografías de “el Loco” dieron paso a las de “la Pindy”. Los asesores de imagen ahora sí hicieron su pega: planchadita de arrugas, “pelolais look casual moderno”, pero exagerando la nota a tal punto, que no queda claro si la nueva candidata lo es de un concurso de belleza o de un programa de la tele en formato “Ganemos Juntos”. ¿Quién quiere ser millonario?

Y entonces (18 de septiembre) las gigantografías de “la Pindy” más las gigantografías de “la Presidenta”, más las medianografías  de “la Pindy” y de “la Presidenta” (en dueto con senadores y diputados) invadieron la ciudad, se tomaron el espacio urbano, transformándolo en el reality show de los mil rostros sonrientes… en cada esquina, en cada plaza, en cada lugar donde un ciudadano cualquiera quiera fijar su vista... ahí, entre modelos de jeans ajustados y pestañas crespas que venden ropa o cosméticos importados, está esta manera importada de hacer política: un slogan que a nadie dice nada y un rostro alegre pidiéndole a Ud. su voto, a cambio de una sonrisa. Totalmente de locos.

Una publicidad ilegal, porque la ley electoral sólo permite propaganda en las calles un cierto número de días previos a la elección (a partir del 18 de octubre, en este caso). Una publicidad poco legítima por su exagerada contaminación visual que nos quita el derecho a mirar nuestra ciudad, sus casas y su paisaje… y nos sigue estresando (Santiago, ciudad con mayores índices de estrés del mundo). Pero, sobre todo, una publicidad absurda porque no da ninguna cuenta de las ideas del candidato, de su seriedad, responsabilidad, probidad u otra característica importante a la hora de elegir presidente(a). Sólo da cuenta de la cantidad de dinero disponible para su campaña.

Y así, la regresiva distribución de la riqueza en Chile tiene una manera adicional de perpetuarse: quienes tienen más dinero para el marketing electoral, los mismos que instigaron, avalaron y con su silencio apoyaron a la Dictadura Militar, hoy venden candidatos como quien vende jeans, Coca-Cola o la imagen corporativa de alguna transnacional; muchos no tienen ni medio peso para comprar las mínimas fichas para poder entrar en el juego; y a regañadientes, pero sintiendo que “no les queda otra”, la mayoría las acepta, sin reparar que en esta forma, hay un gran fondo.

En eso iba pensando, mirando una gigantografía, cuando tropecé y me fracturé un tobillo. Y entonces, estacionada en mi balcón, vislumbro cómo hoy (18 de octubre) a las giganto y medianografías colgando, se suman las pequeñografías sobre la vereda, que ciudadanos travisten a su antojo, pintando bigotes a la una o nariz de payaso a la otra. Y volteando a la calle otras cuantas, complican aun más –si se puede– la atascosa circulación de los días viernes.

Einstein dijo: “Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. Si hoy se diese una vueltita por Santiago, aumentaría su certeza acerca de lo segundo.

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