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¿Bostezos en la modernidad?

por 18 diciembre, 2013

Hay sociedades donde existe un alto grado de modernidad (siguiendo esa línea de argumentación) y, simultáneamente, existen procesos de alta participación electoral. Tómese como ejemplo la última elección de Alemania. En un país con una economía exitosa, cuna de las teorías de diferenciación e individualización, la participación alcanzó un 73% en la última elección.
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Una de las recurrentes fórmulas para explicar lo acontecido en nuestra sociedad es una versión –bastante simplificada– de las consecuencias no deseadas de la modernidad. Así, en un contexto de alta abstención electoral, el rector de la Universidad Diego Portales Carlos Peña ("Un triunfo con bostezos", El Mercurio, lunes 16 de diciembre de 2013) señala que la baja participación sería una consecuencia esperable de la modernidad. En Chile sus ciudadanos poseerían biografías altamente individualizadas, con lo cual ellos y ellas no se sentirían apelados a participar en el proceso político. La abstención en países como Estados Unidos o Inglaterra confirmaría plenamente este argumento. Finalmente, el desafío de la nueva Presidenta electa sería despertar el sentir colectivo para fortificar el sentimiento de comunidad.

El argumento es empíricamente insuficiente, sociológicamente débil y, como lectura de la realidad chilena, discutible.

Es insuficiente porque hay sociedades donde existe un alto grado de modernidad (siguiendo esa línea de argumentación) y, simultáneamente, existen procesos de alta participación electoral. Tómese como ejemplo la última elección de Alemania. En un país con una economía exitosa, cuna de las teorías de diferenciación e individualización, la participación alcanzó un 73% en la última elección. A pesar que todas las encuestas daban como ganadora a la coalición de la Canciller (y ella simplemente repitió que su próximo gobierno seguiría las mismas líneas políticas de su anterior coalición), la gente igual participó y su partido venció con un 43%. Es decir, no siempre una "alta modernidad" o en sociedades con alta individualización se produce baja participación.

Hay sociedades donde existe un alto grado de modernidad (siguiendo esa línea de argumentación) y, simultáneamente, existen procesos de alta participación electoral. Tómese como ejemplo la última elección de Alemania. En un país con una economía exitosa, cuna de las teorías de diferenciación e individualización, la participación alcanzó un 73% en la última elección.

Sociológicamente es débil porque tiende a homogenizar la modernidad a un único patrón o modelo (nuevamente si deseamos enmarcar la discusión en esta línea de pensamiento). Pensar que existe una sola modernidad (o un solo modelo de individualización) –incluso la pensada por Max Weber– es algo que ya se refutó hace un buen tiempo. Muchos sociólogos prefieren pensar en múltiples modernidades o hacer una mayor diferenciación entre distintas formas de capitalismo y modernidad (o cómo se conjugan finalmente esos dos conceptos). Este punto no es importante por su carácter teórico, sino porque simplemente homogenizar la idea de modernidad capitalista a casos como el inglés y el americano, y traer sus consecuencias al caso chileno, es sociológicamente discutible. Se requiere un mayor esfuerzo para pensar las particularidades de nuestra modernidad y nuestro capitalismo para desde ahí observar qué países comparten nuestros problemas y desafíos. El ejemplo otorgado sobre el caso brasileño pareciera ser una pista interesante sobre los desarrollos de modernidad en América Latina.

Por último, y quizás lo más crucial de la interpretación propuesta, es pensar que el desafío del gobierno de Bachelet (dada la baja abstención) sería crear sólo "más comunidad". Esta línea propuesta es discutible en tanto no observa o deja a un lado elementos centrales que subyacen a la abstención. En otras palabras, lo discutible es pensar que sólo son consecuencias de la modernidad (individualismo y anomia) y no observar distintos mecanismos prácticos e institucionales que subyacen al problema (que, por supuesto, también otras democracias sufren). Ya muchos analistas han observado la crisis de representatividad del sistema de partidos políticos y su relación con la abstención (por ejemplo, véase  http://www.revistahumanum.org/blog/la-culpa-no-es-del-voto-voluntario/). Por otro lado, esta línea deja a un lado el tema referido a la baja confianza con el sistema político y sus instituciones. Por último, especialmente después del ciclo de movilización 2006-2011, sería discutible pensar que sólo se observa una sociedad totalmente individualizada, neoliberal, de sujetos "durmientes". Más bien sería atingente preguntarse si las posibilidades de representación –por los mecanismos institucionales que Chile posee– responden o no a las demandas de la ciudadanía.

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