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Yo odio los 80 (y los 70)

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Carlos Durán Migliardi
Por : Carlos Durán Migliardi Dr. en ciencia política, Académico
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Lo desgraciado no es tanto el fin de la música comprometida como la imposibilidad de toda una generación y más de jóvenes de no poder, de cuando en cuando, dedicarse libremente a lo insípido y superficial ¿por qué no? Imagino que grupos como Schwenke y Nilo, Santiago del Nuevo Extremo, Los Prisioneros –que en su tiempo también fueron catalogados como insípidos- o De Kiruza agradecerían no haber sido la banda sonora de aquellos tiempos. En realidad, creo que pocos agradecen haber vivido en esos oscuros y tristes 70 y 80. Yo, por lo menos, disfruté escuchar a Los Tres, tal como gocé de los triunfos de la U en el 94 y 95. ¿Por qué no?


En este mismo medio acaba de ser publicada una columna de opinión titulada “Yo odio los 90”, en explícita referencia a una serie recientemente estrenada en Canal 13. Como la nota se encuentra escrita en primera persona, quisiera tomarme el atrevimiento de manifestar, desde igual posición, mi discrepancia con tamaño “ensañamiento”, y proponer el patíbulo generacional a otras décadas, en lo específico la de los ochenta y la de los setenta.

En primer lugar, personalmente concuerdo con muchos de los argumentos que el autor esgrime para manifestar su visceral odio a gran parte de lo acontecido durante los 90: un tiempo de componendas, acuerdos y consensos que permitieron, por ejemplo, que el Dictador asumiera el año 1998 el cargo de senador vitalicio, o que nuestros gobiernos de aquel entonces –electos por una gran mayoría de ciudadanos que en aquel tiempo sí asistían a votar– se esmeraran en continuar y/o profundizar gran parte de la herencia económico-social de la dictadura.

Y sin embargo, ¿no será mucho? “Qué década más horrible, más penca, más espantosa”, señala el autor. Contestar ello es fácil: de modo ocasional durante los ochenta, y durante extendidos períodos de los setenta, todos quienes tuvimos la dicha y desdicha de vivir en Chile –lo indico, puesto que el autor refiere su exilio en la DDR– debimos encerrarnos en nuestras casas en cumplimiento del toque de queda; deben ser millones los testigos silenciosos de las balaceras, los ruidos de helicópteros, los militares de cuerpo pintado, y tantas otras vivencias que sería baladí replicar aquí; las micros no eran precisamente confortables, y el silencio, el temor y la angustia se podían hasta ver, incluso oler, en cada rincón de nuestras ciudades.

[cita]Lo desgraciado no es tanto el fin de la música comprometida como la imposibilidad de toda una generación y más de jóvenes de no poder, de cuando en cuando, dedicarse libremente a lo insípido y superficial, ¿por qué no? Imagino que grupos como Schwenke y Nilo, Santiago del Nuevo Extremo, Los Prisioneros –que en su tiempo también fueron catalogados como insípidos– o De Kiruza agradecerían no haber sido la banda sonora de aquellos tiempos. En realidad, creo que pocos agradecen haber vivido en esos oscuros y tristes 70 y 80. Yo, por lo menos, disfruté escuchar a Los Tres, tal como gocé de los triunfos de la U en el 94 y 95. ¿Por qué no?[/cita]

Es cierto, en los 90 se terminó «El Mirador», pero no es menos cierto que en los 90 comenzó ese mismo programa, al igual como «El Show de los Libros», «Ojo con el Arte» y un par de otras iniciativas surgidas y fenecidas en los 90. Lo sorprendente en esto no es que «Sábados Gigantes» haya sobrevivido en los 90, sino que en los 80 ese mismo programa –conducido por el mismo de siempre– haya sido la “alternativa” al programa facho de Bolocco y Santis que nos resistíamos a ver, cuando poco y nada era lo que se podía ver. ¿Se acuerdan?: ¡»Sábados Gigantes» como alternativa!

Y para seguir con cuestiones menores, ya no les cantábamos a los “valientes soldados”, no veíamos milicos todo el día en la tele, y por lo menos pasó a ser una verdad oficial la existencia de desaparecidos, torturados, asesinados y exiliados. Y es que, sabrá el autor, su existencia misma en la DDR no era precisamente un tema de noticieros.

Lo desgraciado no es tanto el fin de la música comprometida como la imposibilidad de toda una generación y más de jóvenes de no poder, de cuando en cuando, dedicarse libremente a lo insípido y superficial, ¿por qué no? Imagino que grupos como Schwenke y Nilo, Santiago del Nuevo Extremo, Los Prisioneros –que en su tiempo también fueron catalogados como insípidos– o De Kiruza agradecerían no haber sido la banda sonora de aquellos tiempos. En realidad, creo que pocos agradecen haber vivido en esos oscuros y tristes 70 y 80. Yo, por lo menos, disfruté escuchar a Los Tres, tal como gocé de los triunfos de la U en el 94 y 95. ¿Por qué no?

La homosexualidad era un delito, es cierto, pero hacia finales de los 90 ya había avanzado sustantivamente su despenalización, con la resistencia de amplios sectores de la derecha y algunos grupos de la otrora Concertación. Y junto a ello, la sociedad chilena comenzaba a instalar, quizás no con la velocidad ni energía deseada, un conjunto de temas y demandas que hacia inicios del nuevo siglo comenzaron a copar la agenda.

“Fue la década en que comprobé que los pacos seguían reprimiendo igual que en dictadura, con los mismos palos, gases y abusos”, dice el autor. Imagino que tamaña frase será el autor el encargado de defenderla, más que el suscrito de refutarla. No creo que resista un minuto de evidencia.

“Por suerte, los 90 quedaron atrás”, culmina el autor. Y concuerdo con él. Obvio, ese tiempo transaccional y consociativo no es precisamente para ponerlo en un marco del orgullo nacional. Pero, creo preciso recordarlo, ante el terror, el horror, el temor, los infaustos 90 no se comparan con los 80 ni con esa negra noche comenzada en 1973.

No creo que sea pecaminoso decirlo. Prefiero una y mil veces este presente esperanzador que la frialdad y conservadurismo de los 90. Frente a la dictadura, una y mil veces, los 90.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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