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Profesores, el eslabón perdido de la reforma

por 17 agosto, 2014

El país dispone de todo lo necesario para levantar y diseñar un nuevo sistema educacional junto a los profesores, pero el gobierno no ha mostrado una hoja de ruta clara para la reforma en general, ni tampoco sobre cuáles serán los focos concretos del fortalecimiento de la educación pública.
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“Con excepción de los padres, muy pocas personas tienen tanta influencia en el futuro de un ser humano como los maestros. Y, sin embargo, millones de docentes latinoamericanos no ‘pasan la prueba’ cuando se trata de medir su excelencia en la formación de los futuros profesionales de la región”. Así lo dice un comunicado del Banco Mundial del mes de julio, con el que se presentaban los resultados de un estudio realizado en 15.000 aulas de la región y que reveló que los profesores son el eslabón débil de la educación.

En Chile, lamentablemente los docentes no son sólo el eslabón débil de un sistema atrasado y que no entrega los resultados que esperamos, sino que también se han transformado en el eslabón perdido de la reforma educacional. No han sido considerados con fuerza para generar un cambio positivo cuando es de toda lógica que deben tener una activa participación en este proceso.

Las reformas educacionales emprendidas en países europeos, pusieron en su centro al estatuto docente para mejorar su formación inicial, flexibilizaron las mallas académicas e incorporaron el desafío del aprendizaje electrónico, para generar un cambio revolucionario que se ha convertido en todo un ejemplo. En Chile, en tanto, debemos partir por redefinir el papel de los profesores, con el objetivo de responder a las nuevas demandas sociales y con ello fortalecer su formación, sus remuneraciones, su trabajo diario y el funcionamiento interno de los centros educativos para generar nuevos métodos de aprendizajes.

El país dispone de todo lo necesario para levantar y diseñar un nuevo sistema educacional junto a los profesores, pero el gobierno no ha mostrado una hoja de ruta clara para la reforma en general, ni tampoco sobre cuáles serán los focos concretos del fortalecimiento de la educación pública.

En Finlandia, por ejemplo, partimos de la base de que la pedagogía no es una carrera por descarte, es altamente prestigiosa, exigente, valorada y apoyada por el gobierno. Son considerados “agentes que facilitan el aprendizaje de los estudiantes a través de la creatividad”. La malla académica es bastante breve y deja amplios márgenes de libertad de acción para que los mismos colegios elaboren sus propios planes de estudios, siempre reforzados por la tecnología y la interactividad. Un dato, la Universidad de Helsinki junto a los creadores de Angry Birds realizaron un juego educativo para la sala de clases, que motiva a los alumnos y complementa lo aprendido previamente en clases. Cabe destacar que la docencia no es sinónimo de monólogo educativo, se refuerza e incentiva la participación constante de los niños, ellos mismos dicen: “Se aprende haciendo”.

Además, un profesor promedio trabaja hasta 600 horas al año dentro de la sala de clases, mientras que en Chile, según la OCDE, esta cifra se eleva a 1.200 horas, lo que les deja poco tiempo para preparar sus clases. Y, por último, los colegios finlandeses ni siquiera tienen inspectores, hay un aspecto clave que potencia la seguridad individual de los alumnos a través de la confianza, que se extiende desde los directores hacia los profesores y de los profesores a los alumnos.

Entonces debemos partir por adaptar los contenidos curriculares del profesor a la realidad, a la nueva demanda, estableciendo directrices específicas sobre las competencias básicas que se van a exigir: pedagogía, teoría de la educación, psicología, conocimiento y enseñanza de la materia, dominio de programas, de uso de softwares, internet, etc. Este perfeccionamiento no sólo debe estar ligado al conocimiento empírico, pedagógico y psicológico, sino que también enfocado en las destrezas sociales y comunicacionales. Hay que motivarlos y desarrollar estas habilidades para que esta intermediación de información se potencie. Dicho esto, debemos dejar a un lado esa cultura medieval que nos caracteriza a la hora de generar políticas públicas y hacerle frente a un rediseño del sistema educacional que sea sustantivo y propio del siglo XXI.

El país dispone de todo lo necesario para levantar y diseñar un nuevo sistema educacional junto a los profesores, pero el gobierno no ha mostrado una hoja de ruta clara para la reforma en general, ni tampoco sobre cuáles serán los focos concretos del fortalecimiento de la educación pública.

Nuestros diagnósticos están absolutamente reprobados, entonces avanzar en soluciones se hace muy difícil. Hay que sentarse a conversar, a estudiar, comparar, conocer en terreno la realidad país e incorporar de forma activa y protagónica a los profesores, quienes sin duda son el eslabón más importante a la hora de embarcarse en una reforma educacional. Este tipo de políticas no pueden ser del gobierno de turno, deben ser políticas de Estado y, para eso, las autoridades deben aprender a hacer equipo con todos los agentes, más allá de las ideologías políticas.

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