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Lo público y el Estado (las cosas por su nombre)

Rodrigo Baño
Por : Rodrigo Baño Laboratorio de Análisis de Coyuntura Social (LACOS). Departamento de Sociología Universidad de Chile.
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Volviendo al detalle de lo público, me atrevería a insinuar que el Estado es lo más público de lo público. No es porque tenga una misión pública ni porque entregue bienes públicos, al fin y al cabo cualquier artista de micro o de Ch.ACO puede proclamar una misión pública, y bienes públicos produce el panadero de la esquina y el Centro Cultural de Campos de Hielo Sur. El Estado es público simplemente porque somos todos.


«La palabra es fuente de malos entendidos», decía El Principito, y, aunque lo decía con palabras, es un bonito aporte para darle otra vuelta de tuerca a la palabra público que tanta diversión ha entregado a la teleaudiencia que manosea el tema de la educación. Un distinguido colega, aunque más político que colega, cuyo nombre no quiero recordar, comenzaba un sesudo artículo sobre el tema declarando enfáticamente que todas las universidades son públicas. Para colmo, como nadie le entendió el chiste, más adelante trata de explicarlo, señalando que se puede ser público de muchas maneras: por la propiedad, por su financiamiento, por su misión, por su control, por la legalidad de sus títulos y grados, etc. Pero el mundo sigue sin entender el chiste, porque en todos los países está claro qué es educación pública y qué es educación privada. Sólo aquí somos tan originales como para tener un sistema electoral binominal y una discusión acerca de lo que es público en educación.

Hay que reconocer que la palabra público es muy generosa en significados. No es que sirva para todo, pero hay espectáculos públicos, calamidades públicas, hombres públicos, mujeres públicas, alarma pública, transporte público y otros muchos públicos más, entre los cuales no puede dejar de nombrarse al respetable público. Pero ponerle a la educación particular o privada el apellido de pública es un poco raro.

[cita] Volviendo al detalle de lo público, me atrevería a insinuar que el Estado es lo más público de lo público. No es porque tenga una misión pública ni porque entregue bienes públicos, al fin y al cabo cualquier artista de micro o de Ch.ACO puede proclamar una misión pública, y bienes públicos produce el panadero de la esquina y el Centro Cultural de Campos de Hielo Sur. El Estado es público simplemente porque somos todos.  [/cita]

Alguien, malpensado él o ella, podría creer que detrás de la disputa por el significado de las palabras se encuentran descarnados intereses económicos, sin reconocer la afición por la semántica, la lingüística y hasta la semiótica de algunos ciudadanos. Como una forma de colaborar con tales aficiones y hacerle cosquillas a lo público, les ofrezco la palabra «Estado» (con mayúsculas, para no confundirla con «estado» con minúsculas). Es una interesante palabra, que actualmente se usa casi tan repetidamente como las palabras «emblemático» y «transversal». Lo interesante de esta palabra es que puede usarse con toda comodidad sin saber lo que significa. Esto suele suceder con casi todas las palabras, lo que explica que en general entendamos más por el tono con que se habla que por el significado de las palabras; igual que los perros. Pero en el caso de «Estado» se llega a la exageración, porque se habla y escribe profusamente de él y cada cual evoca un edificio gris, o un funcionario uniformado o la Constitución Política, o el territorio en un mapa o el Servicio de Impuestos Internos o el/la Presidente/a sin entender que el edificio, el funcionario, los impuestos, el/la Presidente/a, las leyes o el territorio son del Estado, pero no son el Estado. Entonces, ¿qué es el Estado?, ¿tiene alguna relación con lo público.

Más allá de las definiciones, que hay muchas, hay un elemento esencial para entender al Estado, esto es, que es la voluntad de una totalidad social definida, es una asociación política de la cual todos formamos parte. El que sea la voluntad de esa totalidad que somos los chilenos difícilmente puede discutirse (aunque nunca faltarán los discutidores), pero, siendo el Estado la voluntad política de esta totalidad, el problema real que suscita tanto resentimiento, queja, pataleo y hasta náuseas es la forma en que se genera esta voluntad del todo. Este es un bonito problema, pero es un tema de nunca acabar, así que es mejor no empezar. Para otra vez será.

Volviendo al detalle de lo público, me atrevería a insinuar que el Estado es lo más público de lo público. No es porque tenga una misión pública ni porque entregue bienes públicos, al fin y al cabo cualquier artista de micro o de Ch.ACO puede proclamar una misión pública, y bienes públicos produce el panadero de la esquina y el Centro Cultural de Campos de Hielo Sur. El Estado es público simplemente porque somos todos. Cuando se habla de los fondos públicos para referirse a los recursos del Estado, se emplea la expresión «la plata de todos los chilenos», pero cuando se habla de universidades del Estado no se emplea la expresión «las universidades de todos los chilenos». Curioso. Curioso, porque el pataleo de las universidades privadas (con vocación pública, religiosa, regional, ideológica o de otro tipo) es ante la amenaza de que existiría, eventualmente, la muy remota posibilidad de que en un descuido se entregara mayores recursos del Estado a algunas universidades por el mero detalle de ser propiedad del Estado. Eso es visto como una arbitrariedad intolerable, que «la plata de todos los chilenos» vaya a «las universidades de todos los chilenos» suena a escándalo.

Suena a escándalo lo que altera la rutina, la costumbre, lo habitual, lo aceptado como sentido común. Pero el problema son las palabras, fuente de malos entendidos. Un tío abuelo me dijo que actualmente la principal función del Estado es recaudar plata de todos los ciudadanos para transferírsela a la empresa privada, porque ya no están los tiempos para que ésta funcione sola. En su demencia hablaba de autopistas, inmobiliarias, Transantiago, puertos, salud, bancos, AFP y hasta de educación. El pobre se enreda con las palabras, no sabe lo que está diciendo, debería legalizarse la eutanasia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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