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Militancias de izquierda: los pecados de juventud

por 4 noviembre, 2014

Militancias de izquierda: los pecados de juventud
El “largo bostezo”político de los movimientos sociales en los años 90, algo tenía que ver con las mutaciones propias que sufrió la subjetividad política en esos años. No pretendemos plantear aquí, de manera determinista, que las ausencias de militancias –aquellas configuradas en los 60 y 80– son influyentes en la desconexión de las demandas ciudadanas con los espacios públicos. Sin embargo, tanto la introspección quejumbrosa como la instrumentalización desaforada contribuyeron al apagón movimientista.
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La derrota política de la izquierda reformista en septiembre de 1973 y sus inagotables enseñanzas para América Latina. El rico e interrumpido debate entre “socialismo y populismo” de la militancia argentina en los años 70. La vía italiana y las lecciones extraídas desde la propia Unidad Popular. La experimentación del Eurocomunismo y la restitución del gramscismo. Posteriormente, la caída del Muro de Berlín, la crisis teórica y política del marxismo vulgar a mediados de esa misma década (“crisis de los grandes relatos”). La renovación de la izquierda chilena, donde el exilio fecundo y cruel fue un incentivo para repensar la relación entre Democracia y Socialismo, sin sopesar los desbandes de la relación entre “democracia y mercado”. Por fin, la caída de las fronteras topográficas del Estado nación; la crisis del sistema de partidos, nos llevaron a una colosal redefinición de la polis. En medio de tales transformaciones qué mutaciones afectaron a la militancia sin hacer de esta un “reducto esencialista” que no admita las nuevas formas de acción colectiva, de subjetivación política. En principio, todo lo anterior conspiró en favor de los derroteros del desbande.

Sin embargo, la cuestión de la “subjetividad política” sigue demandando nuestra atención. Ello a propósito de la permanente referencia que hacen las distintas culturas militantes, sean partidarias o no, con relación a lo que debería ser concebido como un tipo de discurso que se autoproclama de “izquierda(s)”. El Estado, lo público, la igualdad social, valoración por los derechos humanos, las culturas indígenas, lucha contra toda forma de explotación humana, etc. Todos estos aspectos de la Multitud de Toni Negri pueden urdir cierto debate de carácter ontológico sobre lo que puede cobijar la simpatía de una izquierda postmilitante, así como, también, la vocación permanente por la transformación de las estructuras socioproductivas de la modernización capitalista.

En tal sentido, fijar la mirada sobre las prácticas militantes de la cultura de izquierda y visibilizar sus profundas mutaciones en el escenario de la derrota ideológica de estas últimas décadas, nos puede abrir espacios para “pensar lo (im)posible” más allá de la redundancia de los diagnósticos con que nuestra izquierda ha leído la tragedia ideológica. Rastrear una suerte de cartografía de las militancias, quizá nos permita amortiguar en parte la fragmentación político-ideológica de la izquierda en estos años.

Comunistas, socialistas y otras expresiones ciudadanas dentro de la izquierda se entremezclan con los entusiastas jóvenes, que ven en los movimientos sociales empoderados un camino plausible para variar la carta de navegación de la modernización neoliberal. Este entusiasmo político duró hasta que aquellos militantes dejaron su rol social y nuevamente se reintegraron a la indexación institucional, y, en este año, el movimiento vuelve a sufrir de la indiferencia y la hipocresía tan característica de la relación de los actores políticos con la ciudadanía en la década de los 90.

Uno de los aspectos sustanciales dentro de las prácticas militantes de los años 90, es su viraje radical desde el ethos político-ideológico a la razón gestional. De un lado, de manera repentina y sin un tránsito esperado, pierde sentido aquella subjetividad política anclada sobre el compromiso político por la erradicación de la modernización pinochetista. No está de más recordar que la década de los 60 recreó un ambiente en que las prácticas militantes de izquierda se entregaron a la ritualidad del horizonte, la ilusión, la utopía secular, en el lenguaje de Hinkelammert. Tal como lo concibe Tomas Moulian, esa fue una época en que la política dentro de la cultura de izquierda entendía al socialismo como pasión. Una “subjetividad política” que suscribía a los valores de la emancipación social comprendía que la descomposición de las estructuras socio-productivas del capitalismo requería de una militancia creyente, misionera, movilizada –de la utopía política del hombre nuevo–. La épica, el sacrificio y el heroísmo forman parte de la impronta de aquella subjetividad política de izquierda donde el compromiso por la “causa” era merito suficiente para elaborar un horizonte de sentido. Salvador Allende, Miguel Enríquez, Carlos Lorca, entre tantos, son parte de la reserva ética de un potencial utópico, olvidado e incluso enterrado por actores políticos indexados a la lógica de la institucionalidad chilena actual.

Nuestra heroicidad es solidaria de una militancia creativa por la “pasión socialista”, cultora de los imaginarios que trascienden la factualidad del establishment, como los símbolos producidos en la evolución sociopolítica de la izquierda chilena entre 1938 a 1973. Sin embargo, el ejemplo que nos dejaron no es traducible ni exportable a las nuevas subjetividades políticas que se han configurado en las últimas dos décadas. De un lado, la actual izquierda indexada (incluso la que valora la reforma desde la pragmatología) a los propósitos neoliberales, convive con su propia contradicción: honrar privadamente el valor político que representa el “rito movilizador”, pero a la vez se establecen discursos críticos de aquel pasado imprudente (“las locuras juveniles”), en que la miopía política nos condujo hacía lo que ellos denominan “la destrucción de la democracia republicana”, por un exceso de discursos maximalistas.

La izquierda indexada a la gestión neoliberal es profundamente autocrítica con aquella subjetividad política misionera y evangelizadora imbuida de la promesa socialista. La severidad de los diagnósticos hablaba de aquella militancia apegada (limitada) al manual ideológico y al sacrificio político, como elementos a revisar y reparar en nuevas formas de hacer la política en tiempos del postcomunismo. La crítica radical al manualismo como vehículo utilizado por las culturas militantes para remecer conciencias críticas en la década de los 60 y 80, abría la puerta a una lectura sin mediaciones de las tradiciones marxistas. Moulian detectó en medio de este rico proceso cultural un vacío de teoricidad. ¡Cuánta falta nos hizo Gramsci!

Décadas más tarde (años 90), se configuraba una militancia más meditativa y pausada, que miró el pasado reciente con determinado recelo de esa subjetividad política misionera y beligerante –propia de una borrachera ideológica–. Tal cultura de la introspección contribuyó a la desmovilización de la acción colectiva, en particular de los sectores populares –todo ello una vez que el integrismo configuró una derecha popular que despolitizó lo social–. La desmovilización militante en la década de los 90 dejó sin plataforma político-ideológica a militantes que persistían en su crítica al modelo económico-social, desarrollando acciones de resistencia que caen –por la fuerza del realismo político– en una zona de interdicción. De aquí en más, el trabajo de esos militantes en los sectores populares ya no era valorado como subjetividad política y paulatinamente sus acciones políticas fueron alojadas en el marco normativo de lo delictivo. De otro modo, el “boom” de la modernización acomete una operación de higiene, de cierre sanitario, que deja al sujeto popular en calidad de interdicto. La necesidad de buscar respuestas a la derrota, generó un repliegue de esta subjetividad que, a pesar de mantener un ambiente crítico, provocó a la vez desmovilización de su acción.

¿Qué decir de esa otra militancia? Aquella que con desenfadada avidez se dejó indexar en las tecnologías de la transición y reveló una inusitada subordinación a los tecnologías de Estado, en modificar su acción política hacia la labor tecnocrática de la gestión sectorial. De alguna manera, la funcionalización institucional de esta subjetividad muestra un panorama más funesto para repensar las militancias después de la derrota, ya que aquí su desconexión con la experiencia militante del pasado reciente las sitúa en ambientes tecnificados e instrumentales. En suma, presenciamos una funcionalización del militante que contiene en sí misma la desmemoria que estaría bajo la socioestética de la modernización autoritaria.

El “largo bostezo”político de los movimientos sociales en los años 90, algo tenía que ver con las mutaciones propias que sufrió la subjetividad política en esos años. No pretendemos plantear aquí, de manera determinista, que las ausencias de militancias –aquellas configuradas en los 60 y 80– son influyentes en la desconexión de las demandas ciudadanas con los espacios públicos. Sin embargo, tanto la introspección quejumbrosa como la instrumentalización desaforada contribuyeron al apagón movimientista.

La emergencia “esperanzadora” de los movimientos secundarios en los inicios del siglo XXI no estaba en los cálculos de los actores políticos de la transición pactada, que veían en la reivindicación del año 2003 un malestar momentáneo y subsanable con medidas gubernamentales de satisfacción de necesidades específicas (PNUD, 2001). Tampoco era esperable el asombro que generaba en la institucionalidad el carácter político que se instituyó en la llamada revolución de los Pingüinos del 2006. Entre una experiencia y otra, había un malestar continuo que se había mantenido, pero la protesta social agudizada (2011) reposicionó un tipo de discurso olvidado en las culturas militantes de izquierda: la iniciativa política como una dinámica que debe lidiar con el espectro de la transformación social obliga a revisar las militancias de nuevo tipo.

En esos años hasta la irrupción de un movimiento estudiantil integrado (2011), aparece nuevamente el valor de la articulación política (postmilitancias) como un vehículo portador de cambios. Comunistas, socialistas y otras expresiones ciudadanas dentro de la izquierda se entremezclan con los entusiastas jóvenes, que ven en los movimientos sociales empoderados un camino plausible para variar la carta de navegación de la modernización neoliberal. Este entusiasmo político duró hasta que aquellos militantes dejaron su rol social y nuevamente se reintegraron a la indexación institucional, y, en este año, el movimiento vuelve a sufrir de la indiferencia y la hipocresía tan característica de la relación de los actores políticos con la ciudadanía en la década de los 90. A pesar del abandono reiterado de los actores políticos a los movimientos sociales en estas últimas dos décadas, se hace imprescindible retomar una reflexión sobre el valor de las militancias en el trabajo y la organización de las luchas sociales.

Quizá no parezca viable recrear de nuevo aquellas militancias misioneras respaldadas de manuales y consignas. E incluso puede ser problemático plantearse su reivindicación dentro de una izquierda que se suma a las demandas postmateriales. Sin embargo, en estos últimos años hemos visto emerger con fuerza subjetividades políticas que no son posibles de indexar al campo institucional. Hay ahí un espacio significativo para pensar una (post)militancia como una actividad que fortalece la vocación por lo político. Vemos, en estos años, un movimiento social desbordante que supera los propios marcos normativos de la institucionalidad, pero, a pesar de su entusiasmo y voluntad política, a veces se resta a pensar ideológicamente la contingencia. Lo más atractivo de esta “subjetividad política” es su resistencia a la instrumentalización institucional, pero su debilidad es NO sostener con vigor una épica sin epopeya.

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