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¿Tiene usted más mérito que yo?

por 17 noviembre, 2014

El Estado neoliberal chileno, con todos sus gobiernos progresistas, ha renunciado a la posibilidad de entender qué significa la igualdad y justicia social, y la ha reemplazado por ecuaciones y modelos estadísticos que le permitan operar un mercado de subsidios.
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* Es una pregunta simple: ¿tiene usted más mérito que yo? Usted no me conoce (o tal vez sí). Tal vez conoce algo que he hecho, o que alguien más ha hecho. Pero eso da lo mismo. En el Estado chileno post-dictatorial el mérito ha sido parte de todos los discursos y políticas de quienes han ostentado el poder, ya sea en educación, en la administración pública, en la organización de la vida social. Y ellos –los poderosos- tampoco me conocen, ni a usted que lee esto. Pero aún así, han decidido confiar en los burócratas y tecnócratas, los profetas del neoliberalismo, para generar las tecnologías que permitan juzgar el mérito. El mérito que usted o yo tendríamos. Para cualquier cosa.

¿Tiene usted más mérito que yo? Quizá tuvo un puntaje más alto en la prueba de selección a la universidad. Quizá se sacó mejores notas que yo en la escuela, liceo o colegio. Quizá maneja la pelota con más destreza que yo en una cancha de fútbol. Quizá puede jugar videojuegos con más pericia que yo. Quizás usted lee más que yo, o escribe más que yo. Quizás usted es más informado sobre los planes de Isapres y AFP que yo. Quizá usted tiene menos deuda que yo. Quizá usted tiene una historia más sacrificada que yo. Quizá tiene una historia menos sacrificada. Quizá usted trabaja de forma más dedicada que yo. ¿Tiene usted más mérito que yo?

El mérito implica el merecimiento de algo. Se asume que alguien “merece” ciertos beneficios que son aparentemente muy escasos. ¿Merece usted el crédito bancario que a mí no me dieron? ¿Merece usted la beca que a mí no me dieron? ¿Merezco yo la beca que me dieron? ¿Merece usted el trabajo que tiene o lo merezco yo? No hay una respuesta simple para esto, pero si hay muchos que claman por fórmulas para hacer que el mérito defina la vida que a uno le toca vivir. ¿Cómo es posible tamaña imaginación y arrogancia? ¿Será que solo importamos los ideales –somo el mérito- que dieron orígenes a nuestras repúblicas, pero no su sustancia, su materialidad, su espíritu rebelde?

¿Cuándo empieza el mérito? ¿En qué etapa de la vida empieza? ¿Será en la pregonada racionalidad en la elección o en el enfrentamiento a la competencia por ser uno mismo? Cuentan que hay escuelas y colegios que hacen pruebas de ingreso a los niños y niñas para definir si los aceptan o no al pre-kínder o kínder. Definen si el niño o niña de 3 o 4 años “se merece” o no un lugar en tales escuelas, en tal o cual educación. ¿Empieza ahí el mérito? ¿Empieza en los padres que le leen en la cuna a la guagua? ¿Empieza en el padre o madre que trabajan cincuenta, sesenta, o setenta y más horas a la semana? ¿Dónde empieza el mérito de nosotros? ¿Empieza en tener buenas notas en la escuela? ¿Empieza con el SIMCE de la escuela? ¿Empieza con la PSU? ¿Empieza con nuestra incursión en el trabajo? ¿Dónde empieza el mérito? ¿Cómo lo sabemos?

¿Tiene usted el mérito para juzgar el mérito de otros? Yo no puedo arrogármelo, pero el Estado se ha organizado con quienes creen que pueden hacerlo de forma automática. Si no me cree, lea todas las veces que la palabra mérito ha aparecido en los discursos presidenciales de los últimos 24 años. Se dará cuenta que sin distinción de coalición, el mérito es el que ha permeado las políticas públicas. Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet, Piñera y Bachelet: todos sin distingo dijeron que el mérito tenía que ser el que organizara la función pública del Estado, tanto en los puestos directivos como en las burocracias judiciales. Frei responsabilizaba las fallas y éxitos de la sociedad como mérito de cada uno de los individuos. Lagos, Bachelet y Piñera decían que ningún joven con mérito debe quedar fuera de la educación superior por falta de recursos. Lagos repartió deuda a las y los jóvenes con mérito. Bachelet regalaba computadores a los niños y niñas con mérito, que para ella eran buenas notas en el colegio. Piñera repartió bonos a los niños y niñas con mérito, y bonos a sus madres trabajadoras. Lagos decía que era un mérito que los padres ahorraran para “invertir” en la educación superior de sus hijos. Piñera y Lagos repartían créditos y becas basándose en el “mérito” de rendir una PSU con alto puntaje. Piñera quería (quiere) que el mérito (es decir, los resultados de una prueba de calificación) definan el sueldo de un profesor o profesora que inicia su carrera. También decía que estar casado con la misma pareja por 50 años era un mérito, premiable con un bono. Bachelet dijo en su último discurso del 21 de mayo que quería que el “premio al mérito” sea una realidad, una repetición de lo que dijo en 2006. Ahí está toda nuestra historia post-dictatorial, sin distingo, escrita con el relato del mérito como organizador de la vida.

El mérito, el criterio meritocrático, es una formalización de un mercado de subjetividades respecto al esfuerzo de otros. Es el establecimiento de mecanismos de competencia regulada que requieren una infraestructura técnica y tecnológica de “juicio meritócrata” para darle una sensación de objetividad que solo satisface a los que no compiten por mostrar tal “mérito”. Por eso, los gobiernos no han escatimado recursos para establecer el mérito como organizador de la vida social. Desde la creación de los sistemas de Alta Dirección Pública, pasando por los formularios de “mérito de pobreza” de las encuestas CASEN, por las agencias de acreditación de educación superior, por las tecnologías de medición del mérito (llámese SIMCE, PSU, INICIA, PISA), los rankings de universidades, de escuelas, de profesores, de pobreza, de riqueza. Los rankings de merecimiento. El Estado neoliberal ha organizado a los “administradores del mérito”, los que deciden si usted o yo, o su universidad, o su profesor, o su población, o su comuna, o su escuela, o su pyme, o su proyecto, tenemos o no suficiente mérito. Es la semántica de la “gestión y liderazgo” que se come con cada vez más fuerza el presupuesto público. El Estado neoliberal ha entregado el juicio sobre el mérito a una casta tecnocrática que se arroga la capacidad de destinar los beneficios con sus bolas mágicas del esfuerzo ajeno. El Estado neoliberal chileno, con todos sus gobiernos progresistas, ha renunciado a la posibilidad de entender qué significa la igualdad y justicia social, y la ha reemplazado por ecuaciones y modelos estadísticos que le permitan operar un mercado de subsidios.

No hay progreso en organizar a la sociedad por “mérito” si eso significa una nueva forma de justificar la desigualdad. El gran relato por el que han optado los progresistas y conservadores neoliberales (hoy en el gobierno, ayer en el gobierno) es el de la “igualdad de oportunidades”. Pero claro, tampoco saben qué es una oportunidad. Solo buscan que todos tengamos en nuestra práctica diaria ese contexto ideal de la racionalidad mercantil, donde podemos evaluar con destreza los “costos” y “oportunidades” de nuestras decisiones de consumo. De consumo desde el pan, los zapatos, la familia, los amigos, los delitos, las cervezas. ¿Será ese el mérito que esperan de nosotros? ¿Será que tenemos que renunciar a la heurística de la informalidad, al goce de la apertura humana, y destinar todos nuestros recursos a hacer ecuaciones de costo-oportunidad? ¿Seremos así meritorios de las migajas del Estado para esta casta de meritócratas que deciden si tenemos o no tenemos mérito?

Y usted, ¿tiene más mérito que yo?

* Publicado en El Quinto Poder

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