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No es “podemos”, es “poder”

por 5 enero, 2015

También es importante aceptar que la izquierda chilena, tiene una condición y característica bien especiales: llega tarde a todo, pues tenemos la costumbre de demorarnos mucho en el hacer, en el actuar, en la “praxis”, y esperamos permanentemente que la correlación de fuerzas sea la justa y equilibrada para atrevernos a dar el paso; somos fomes y conservadores, porque nos da miedo la verdadera rebeldía, tal vez, porque la dictadura aún nos tiene traumados. El problema es que, mientras tanto, la ciudadanía vive lejos de la dignidad mínima, del respeto adecuado y de la garantía de sus derechos fundamentales, vive en un sistema al que se le denomina democrático, pero que de democracia no tiene nada.
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A pesar del título, no haré aquí una crítica a Pablo Iglesias o Íñigo Errejón, menos al proceso que en España ha sorprendido a todo el mundo, me refiero al Podemos, que por cierto es una alternativa políticaque, tanto para los españoles como para los procesos europeos, probablemente esté bien. Pero estamos en Chile y si tuviese que hacer una crítica –que no es el sentido primero de esta reflexión–, sería a nuestra Izquierda, a esta izquierda que no se cansa de hacer lo incorrecto, no se cansa de mirar con envidia los procesos europeos o latinoamericanos, en la medida que estos triunfan o están cerca de hacerlo. Hoy, es el Podemos español, antes lo fue Chávez en Venezuela, Evo en Bolivia, Mujica en Uruguay, Correa en Ecuador y, por cierto, mucho antes, las revoluciones rusa, cubana, nicaragüense, y así podríamos seguir enarbolando las banderas de nuestros hermanos, esperando que alguna vez las nuestras se parezcan a aquellas.

Ahora bien, es cierto que las luchas y los procesos de emancipación en el mundo han sido logros nuestros, es decir, de toda nuestra clase, pero para ser franco, a nuestro pueblo poco o nada le importa que Pablo Iglesias y el Podemos en España estén, según las encuestas, cerca de romper el bipartidismo en la impuesta “madre patria”. A nuestro pueblo, a nuestra gente –estoy seguro– le interesa más la necesidad de mejorar las condiciones de vida, acá en Chile. No nos olvidemos que el 30% de nuestros compatriotas recurren al endeudamiento para lograr llegar a fin de mes; una solución a esta realidad precaria, sí les importa a nuestros ciudadanos.

También es importante aceptar que la izquierda chilena, tiene una condición y característica bien especiales: llega tarde a todo, pues tenemos la costumbre de demorarnos mucho en el hacer, en el actuar, en la “praxis”, y esperamos permanentemente que la correlación de fuerzas sea la justa y equilibrada para atrevernos a dar el paso; somos fomes y conservadores, porque nos da miedo la verdadera rebeldía, tal vez, porque la dictadura aún nos tiene traumados. El problema es que, mientras tanto, la ciudadanía vive lejos de la dignidad mínima, del respeto adecuado y de la garantía de sus derechos fundamentales, vive en un sistema al que se le denomina democrático, pero que de democracia no tiene nada.

También es importante aceptar que la izquierda chilena, tiene una condición y característica bien especiales: llega tarde a todo, pues tenemos la costumbre de demorarnos mucho en el hacer, en el actuar, en la “praxis”, y esperamos permanentemente que la correlación de fuerzas sea la justa y equilibrada para atrevernos a dar el paso; somos fomes y conservadores, porque nos da miedo la verdadera rebeldía, tal vez, porque la dictadura aún nos tiene traumados. El problema es que, mientras tanto, la ciudadanía vive lejos de la dignidad mínima, del respeto adecuado y de la garantía de sus derechos fundamentales, vive en un sistema al que se le denomina democrático, pero que de democracia no tiene nada.

Además somos patudos, ególatras, soberbios, porque estamos convencidos de que la ciudadanía es ignorante y no tiene conciencia, pues no es concebible que el “pueblo” no nos vote, no nos elija, no nos crea, ni siquiera cuando marchamos, enarbolamos banderas o levantamos el puño en su nombre o nos pasamos el año gritando a los cuatro vientos que los poderosos “se cagan” al pueblo, ni a pesar de que escribimos sendas columnas, sacamos pasquines, hacemos conferencias, nos “volvemos” a las poblaciones, y hacemos cuanta escuela de formación política nos permitan los nombres de nuestros “mártires”, nada, al final siempre terminan votando por el duopolio. Es que ¿cómo no nos van a ganar, si ellos, los poderosos, lo tienen todo? Tienen los medios, la plata, los canales de televisión, el gobierno, el Parlamento –¡pamplinas!, nunca vamos a contar con el beneplácito de los medios, todos sabemos que los recursos están en las castas y serán solo para ellos… aquí y en la “quebrá’ del ají”–.

Por otra parte, todos sabemos que a nuestro sector le gusta copiar, sin embargo, nunca miramos los procesos desde sus inicios. Sería bueno, que al copiar, miremos al Chávez que la Izquierda chilena de corbata criticaba llamándolo populista o bien cuando Íñigo Errejón y Pablo Iglesias se atrevieron a desafiar al rey, al bipartidismo y a la izquierda tradicional en España, porque nuestra izquierda, en esos inicios, los trataba de postmodernos y revisionistas, pues levantaban un proyecto que decía “superar a la izquierda”. Ni la Quinta República ni el Podemos, pidieron permiso a la izquierda consecuente y pura, no esperaron que los medios se pusieran de su parte, simplemente se atrevieron a desafiar, a jugar el juego y salir a atacar… y yo como buen militante de izquierda también me atrevo a copiar, ¡sí!, copiémosle las tácticas a Bielsa y salgamos de una vez por todas a ganar.

Pasemos del “Podemos” al “Poder”.

La derecha conservadora y la Nueva Mayoría nos han hecho creer que la sociedad chilena les ha entregado democráticamente el “poder”, nos han hecho sentir que incluso es un favor, pues ellos “abandonan” sus comodidades y beneficios, con el fin de prestar un servicio a nuestro país.

Sabemos, sin embargo, que los sujetos y las posiciones o las demandas que ocupan en el poder no están escritas en ningún sitio, sino que dependen de la libre determinación de las sociedades. Claro, los liberales de la Nueva Mayoría y los conservadores de la derecha habitualmente olvidan que estas libres determinaciones de las sociedades no pueden ser tales si unos pocos tienen los medios como para que el resto tengan que trabajar permanentemente para ellos, o si las decisiones de cuatro empresarios poderosos en un restaurante pueden condicionar a un gobierno elegido democráticamente. Esa parte siempre se les olvida y el problema es que a nuestra Izquierda también.

Debemos ser capaces de comprender que en política las posiciones no están dadas porque sí, por tanto, no hay actores políticos ni espacios políticos que se ubiquen a priori, sino que dependen de una lucha por el sentido, de una lucha por generar identificaciones. Esto explica que la política no es solo una lucha de tácticas y estrategias, sino que, como señala Gramsci, es una guerra en la que las posiciones no están dadas, sino que se constituyen. Ese es el principal sujeto de la política.

En esta “guerra de posiciones”, la izquierda Chilena no ha sido capaz de entender la superación del debate del siglo XX, entre Estado y Mercado, entre Revolución y Reformismo, aún nuestra Izquierda sigue creyendo que el Estado resolverá todos los problemas de nuestra sociedad, tal como la derecha cree que el mercado será el que mantendrá el equilibrio social. La dicotomía entre izquierda y derecha está en la mayoría de los ciudadanos superada hace varios años, pero nosotros, como izquierda, aún no hemos sido capaces de superarla. Todavía existen aquellos que creen que superar la dicotomía izquierda y derecha equivale a una suerte de cinismo o de oportunismo por el cual uno aspira a recibir votos de todos los sitios, disolviendo los principios. Esta interpretación es completamente errada y es finalmente el fin de la posibilidad de construir una verdadera mayoría político-social que le arrebate el PODER a la minoría económica y política que maneja los hilos en nuestro país.

Cuando hablamos de superar a la izquierda tradicional y conservadora, hablamos de desbordarla, no para limitarnos, sino para meternos en un conflicto mucho más radical que afecta al corazón de la democracia, que es el conflicto entre la mayoría social, entre lo que podría ser el pueblo de voluntad constituyente y una minoría que hace y deshace con la confianza de tener “el poder”.

Consideremos además que hay un sector de la izquierda que construye una especie de rosario de ilusiones con los momentos de irrupción popular en la política: el año 17 en Rusia, el 59 en Cuba, el 68 en París, el 70 en Chile, el 79 en Nicaragua. Esas son las excepciones, lo que hay normalmente es la vida cotidiana. La movilización popular no dura para siempre. A estos sectores de la izquierda les cuesta abandonar la idea de que las sociedades no se pueden movilizar permanentemente, los pueblos no pueden ir persistentemente movilizados haciendo política con cinco horas en asambleas, después manifestaciones, luego el bloqueo de calles. Lamentablemente, las poblaciones no hacen eso. Pero esto no significa que a la gente no le preocupe la política o no esté preocupada de quiénes ostentan y tienen el “poder”. La mayoría de las personas irrumpen en política cuando están desesperadas por las injusticias que viven, cuando tienen un horizonte, pero sobre todo cuando consideran que tienen verdaderas posibilidades de cambiar las cosas, cuando tienen el “poder” real de transformar sus condiciones de vida. Es decir, las personas comunes irrumpen en política en situaciones extraordinarias.

El reto, entonces, es construir una alternativa política que sea capaz de hacernos sentido y desarrollarla junto a los comunes, a los iguales, con la plebe, con la mayoría de los chilenos que, precisamente, no son parte de las decisiones de la política chilena, y que no encuentran posibilidad de ser parte de un proceso de transformación que pase de la invitación tan poco interesante del “podemos” que hace la izquierda chilena hace más de 24 años, al “poder” que precisamente es lo que espera y necesita la gente.

La mayoría de los chilenos y chilenas, ya no cree en el discurso de las izquierda de “creer que podemos” cambiar las cosas, hoy la gente se moviliza y sale a las calles sólo cuando está convencida que tiene el “PODER” de transformarlas, el “PODER” de tener asamblea constituyente, educación gratuita, salud pública digna, sindicatos que los defiendan, participación democrática, pensiones justas. Quieren “PODER” ir al cine, al teatro, sin tener que esperar a que la municipalidad ponga una pantalla en su plaza dando la película estrenada hace 10 años. Quieren “PODER” tener sexo sin culpas y traumas, quieren “PODER” abortar gratuitamente en hospitales públicos, con la dignidad que merece cada ser humano. La ciudadanía se moviliza cuando tiene el “PODER” de detener a las forestales, los proyectos hidroeléctricos.

El “PODER” comunitario y democrático, en los últimos años, ha superado con creces la dicotomía izquierda y derecha, Estado y Mercado; las comunidades de Aysén, de Camarones, de Arauco, los estudiantes el 2006 y 2011, comprendieron que no se trataba de un problema de izquierdas o derechas, sino que de PODER.

En definitiva, el desafío es el mismo de siempre, “PODER” cambiar el orden de las cosas, y nosotros, esta Izquierda castradora y puritana, debe ser capaz de dejar de pensar en que “podemos”, como si eso solo fuera una posibilidad en el qué hacer de la política chilena, y debe comenzar a pensar en el “PODER” que debemos adquirir para efectivamente transformarlas.

Llegó la hora de los plebeyos y la conspiración de los iguales, vamos tras el “PODER” que nos arrebataron las minorías, porque siempre hemos sido mayoría, solo que la izquierda, como siempre, no se ha dado cuenta.

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