miércoles, 25 de mayo de 2022 Actualizado a las 00:20

Opinión

Autor Imagen

Una política para renovar el contrato con la Tierra

por 10 febrero, 2015

Una política para renovar el contrato con la Tierra
Surge un problema sistémico: los límites químicos, físicos y ecológicos del planeta Tierra ya no soportan más. Ervin László lo grafica de la siguiente manera: “Hemos llegado a una línea divisoria en la historia. El mundo que hemos creado ya no es sostenible: o cambia o se destruirá. La pregunta ya no es si habrá un cambio, sino cuándo ocurrirá y a qué precio”.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

La Tierra gira en sí misma, como un trompo taladrando el oscuro telón del infinito. Y mientras gira, va mezclando los componentes físicos, químicos y biológicos exactos para generar la vida, como solo un organismo vivo puede hacerlo. Además, y con idéntica exactitud, equilibra sus balances de temperatura, la composición química en el mar y la biosfera. La Tierra se crea y recrea a cada instante, para que nazca y renazca la vida. La Tierra alberga vida, pero ella misma también está viva: entrega signos de su vitalidad cuando agita sus placas, cuando sacude los circuitos del agua, cuando gira en sí misma o alrededor del Sol. También respira: la vegetación inhala de la atmosfera unos 450 mil millones de toneladas de CO2 al año, que luego exhala a través de la fotosíntesis, la quema natural de materia orgánica y otros procesos. La Tierra está viva, y nos concede las condiciones exactas para que nosotros, los seres humanos, la habitemos. Y dentro de todas las especies que adornan y recrean la vida, a los seres humanos le fue asignada una tarea esencial: organizar los recursos sobre la Tierra. Tenemos una vida a cargo. Todavía mejor: a nosotros nos toca vivir y rehacer continuamente el contrato natural entre Tierra y humanidad, pues su cumplimiento garantizará la sostenibilidad del todo.

Al igual como los cuerpos humanos necesitan comer y descansar para vivir bien, la Tierra necesita energía y descanso para seguir funcionando. Sin embargo, apurando sus ritmos y estrujando sus entrañas, nosotros, que debiésemos cuidarla, hemos puesto a este organismo vivo en guerra consigo mismo. Una de las mejores evidencia científicas de este colapso la encontramos en un informe elaborado por Johan Rockström y otros veintiocho científicos de tres continentes, entre ellos varios Premio Nobel. El informe (Planetary boundaries) determina nueve indicadores para mantener el equilibrio del ecosistema. De estos, tres ya han sido superados: cambio climático, ciclo del nitrógeno y pérdida de biodiversidad. Lo que indica que ya hemos superado los límites de seguridad recomendados. Tristes datos adornan las páginas del mencionado informe: dice, por ejemplo, que hoy estamos extinguiendo entre 100 a 1.000 veces más biodiversidad que en la era preindustrial, extinguiendo unas 50 mil especies por año. Hemos estrujado la mitad de las reservas de petróleo que albergaba el planeta. Hemos inventado nuevos materiales, como el plástico, y de plástico hemos atestado los mares: solo el Océano Pacífico contiene tal cantidad de residuos plásticos que cubre un área equivalente a dos veces el tamaño de los Estados Unidos. “Cada milla cuadrada de océano contiene un promedio de 46.000 pedazos de plástico flotante”.

En La venganza de Gaia, James Lovelock explica cómo anualmente se lanzan a la atmósfera cerca de 27 mil millones de toneladas de dióxido de carbono. En las últimas tres décadas se ha perdido cerca de la tercera parte de toda la riqueza natural. En las siete décadas trascurridas tras la Segunda Guerra Mundial, se han consumido más recursos planetarios que en toda la historia de la humanidad. Según Global Footprint Network, “necesitamos un planeta y medio para abastecer las necesidades de consumo de la humanidad”. De mantenerse esta paranoia, para el 2050 necesitaríamos tres planetas como éste para generar la vida. Mafalda, con razón, se preguntaba: “¿No sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?”. Bastante sensata la duda de Mafalda, porque, a diferencia de otras crisis, ya no se trata de un lugar en el mundo que esté en peligro, de una sociedad o una localidad en particular que podamos abandonar, este es un problema de supervivencia planetaria, por lo que, de seguir así, tendríamos que buscar otro planeta en el universo para generar la vida, ¿será por eso que tiritarán las estrellas, por temor a que algún día las poblemos para llenarlas de humo y cemento?...

En este trance, que va desde el paradigma de la dominación a un sistema holístico, donde todo depende de todo en una red interconectada e inteligente, vivimos nuestras vidas, protagonizando este pequeño fragmento de la historia universal. Si existiera una máquina del tiempo y me propusieran elegir una etapa de la historia a la cual dirigirme, elegiría el momento que actualmente vivimos. El desafío es enorme.

En fin, hemos puesto en riesgo los límites del planeta. El concepto de límites planetarios se originó al reconocer que la humanidad se ha convertido en la principal fuerza que dirige los cambios sobre la Tierra. Tanto hemos alterado el equilibrio del planeta, modificando la composición de la biosfera o los mares, por ejemplo, que –según explicó Rockström– “hemos entrado en una nueva era geológica: el Antropoceno”. En la era del Antropoceno, el ser humano se convierte en el principal factor de alteración de los sistemas terrestres.

La pregunta fundamental, explica Rockström, reside en comprender cómo este evidente colapso afecta al desarrollo humano y cómo condiciona nuestra supervivencia. La respuesta“tiene mucho que ver con la resiliencia”, indicó, “se trata de ver las capacidades del Sistema terrestre de autorregularse; de soportar disturbios y mantenerse en un dominio estable”.

Sin embargo, no hemos sido muy resilentes que digamos, nuestra acumulación ilimitada, nuestro despilfarro inconsciente, no puede ser soportado por un planeta limitado, que ya saca la lengua y da evidentes signos de agotamiento.

Entonces surge un problema sistémico: los límites químicos, físicos y ecológicos del planeta Tierra ya no soportan más. Ervin László lo grafica de la siguiente manera: “Hemos llegado a una línea divisoria en la historia. El mundo que hemos creado ya no es sostenible: o cambia o se destruirá. La pregunta ya no es si habrá un cambio, sino cuándo ocurrirá y a qué precio”.

A pesar de todo, a pasar de todos, la Tierra, este organismo vivo y autopoiético que nos recibe, continua generando las condiciones exactas para generar vida. Está cansada, pero continua girando. A pesar de las 16 millones de hectáreas de bosque que se cortan cada año, los arboles siguen creciendo y regalando sus frutos a cambio de un poco de agua, además de transformarnos el dióxido de carbono en oxígeno, proceso esencial para la vida. A pesar de los 6,4 millones de toneladas de residuos que cada año le arrojamos al mar, este sigue humedeciendo las costas, transformándose en espejo de la luna y pariendo a las olas, aquellas hijas danzantes que tiene con el viento. A pesar de los 27 mil millones de toneladas de dióxido de carbono que les arrojamos a los cielos, el aire, como la música y los sueños, sigue corriendo invisible, despeinando las ramas de los árboles, dibujando el rostro de las piedras y tejiendo la ruta del polen. La Tierra se empecina por mantener las condiciones para la vida, continuar siendo el milagro que es. Einstein decía: “Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro”. La vida en la Tierra es un milagro, milagro olvidado por quienes la habitan.

Si tuviéramos un telescopio gigante, ubicado a 15 millones de años luz de la Tierra, y con ese telescopio miráramos hacia acá, probablemente nos impresionaría que en una esquina del universo, en una de las 100 mil millones de galaxias, en la Vía Láctea, en el sistema solar, ni tan lejos ni tan cerca del Sol, en un pequeño grano de arena flotando en un haz de luz, especialmente acondicionado para generar vida, naciera una especie única, con las facultades para imaginar y reimaginar la vida, para inventar y reinventar el futuro, que puede organizarse para vivir y convivir en sociedad. Si ese telescopio se acercara aún más, vería que todos los habitantes de este grano de arena esparcido en el universo son parte de la misma especie, única hasta lo visto, habitando el mismo puntito de arena, también único, y que cualquier daño que hagan sobre otros, lo hacen sobre sí mismos. Porque todos son Uno. Vería, también, que no hay peligros provenientes del espacio, que no hay armas escondidas en el Sol o la Luna, ni en ningún lado, y que cualquier mal provocado en la Tierra, nacerá de la misma Tierra.

Y si ese telescopio pudiese viajar al pasado, vería que, a lo largo de toda su historia, la Tierra tiende a aniquilar los excesos y alcanzar formas regulares. Incluso los opuestos se equilibran para mantener ese orden primordial. Los seres vivos siguen ese impulso, por eso han logrado adaptarse a las diferentes fases de la Tierra: las primeras bacterias, ayudadas por el proceso de fotosíntesis provocado por los rayos ultravioleta y las tormentas, se transformaron en organismos unicelulares que, luego, fueron generando diferentes modos de vida. Millones de años después, organismos como el elefante, inteligentes y pluricelulares, generaron pieles para amagar la Era del Hielo y, de esta forma, se transformaron en otro organismo vivo: el bisonte.



Las jirafas alargaron sus cuellos para acceder a los frutos en altura; los conejos se blanquearon para engañar a los zorros; los caballos desarrollaron esas pezuñas para desplazarse con mayor rapidez. Casi todos los organismos vivos han logrado ir adaptándose a su entorno. Pero hay un organismo que sigue un camino inverso, que rompe el equilibrio y la tendencia al orden. Es más, ese organismo transforma su medio ambiente natural para desarrollar sus fines. No se adapta, adapta el entorno. Si, ese organismo es el ser humano. Pero no podemos ser pesimistas. Es cierto, el ser humano recorre aquel camino inverso, su adaptación ha sido más compleja en relación a los demás seres vivos que pueblan la Tierra. Sin embargo, el ser humano, que nació cuando ya existía el 99% de la vida, es quien piensa la Tierra. Es el único ser vivo que tortura a otros humanos, que inventa armas, que ensucia la tierra con sus desperdicios. Pero, y en este pero se encierra el milagro, es el único que inventa sonidos con las manos y el palpitar de las estrellas, que arma, noche tras noche, sin descanso, una obra de arte con aspiración a trascender su muerte, que utiliza la razón para armar una nave que lo lleve a la luna y el corazón para defender al desvalido. El ser humano le da un sentido único a la comedia de la vida, es quien debe revertir los límites planetarios, y generar una nueva adaptación al entorno. Adaptarse al entorno y no adaptar el entorno, ahí está su desafío. Enfrentar la crisis, he ahí la forma de hacerlo. Porque si consideramos que este colapso es una consecuencia natural e inevitable del progreso humano, entonces estamos expulsando al hombre de su condición como sujeto histórico, a su condena de elegir el modo en que habitará el mundo. Sábato lo explica mejor: “El hombre no es un simple objeto físico, desprovisto de alma; ni siquiera un simple animal: es un animal que no sólo tiene alma sino espíritu, y el primero de los animales que ha modificado su propio medio por obra de la cultura”.

Hoy, enfrentamos el desafío de pasar del Antropoceno a una nueva era de adaptación consciente de la humanidad en los ciclos de la Tierra, para generar sociedades más sabias, con mayor respeto por el entorno. Para eso, resulta imperioso comprender que el ser humano no se ubica por afuera, ni menos encima de las demás especies y la Tierra. El ser humano está incluido en el mismo trascurrir del organismo vivo que es la Tierra, y no puede continuar la vida sin este planeta, aunque la Tierra sí puede continuar sin nosotros. Dependemos de la Tierra para vivir y la Tierra depende de nosotros para sobrevivir. Sin nosotros, la Tierra no podría apreciar su belleza, ni transformarla en, por ejemplo, una obra de arte. Somos el ojo en que la Tierra se mira. Resulta, pues, imprescindible comprender nuestro verdadero lugar en el espacio (este milagro flotando en el universo) y en el tiempo (un suspiro en la eternidad). Una nada delante del Todo y un Todo delante de la nada. Quizás, este paso equivalga a lo que sucedió hace unos cuatro siglos, cuando el hombre comprendió que la Tierra no estaba quieta ni era el centro del universo.

Leonardo Boff lo resume así: “Lo que subyace bajo la actual crisis es la ruptura de la cosmología clásica que perduró durante siglos, pero que ya no explica más transformaciones ocurridas en la humanidad y en el planeta Tierra. Esta cosmóloga surgió hace por lo menos cinco mil años, cuando comenzaron a construirse los grandes imperios, ganó fuerza en el iluminismo y culminó con el proyecto contemporáneo de la tecnociencia. Partía de una visión mecanicista y antropocéntrica del universo. Las cosas están ahí las unas al lado de las otras, sin conexión entre sí, regidas por leyes mecánicas. No poseen valor intrínseco, solo valen en la medida en que se ordenan al uso humano. El ser humano se sitúa fuera y encima de la naturaleza, como su dueño y señor que puede disponer de ella a su gusto. Esa cosmología partía de un falso presupuesto: que el hombre podía producir y consumir de forma ilimitada dentro de un planeta limitado, que esta abstracción ficticia llamada dinero representaba el valor mayor y que la competición y la búsqueda del interés individual producirían el bienestar general. Es la cosmología de la dominación… Felizmente, a partir del siglo pasado, provenientes de varias ciencias de la Tierra, especialmente de la teoría de la evolución ampliada, se está imponiendo una nueva cosmología, más prometedora y con virtualidades capaces de contribuir a superar la crisis de forma creativa. En vez de un cosmos fragmentado, compuesto de una suma de seres inertes y desconectados, la nueva cosmología ve al universo como el conjunto de sujetos relacionales, todos interconectados. Espacio, tiempo, energía, información y materia son dimensiones de un único gran todo. Incluso los átomos, más que partículas, son entendidos como ondas y cuerdas en permanente vibración. Antes que una máquina, el cosmos, incluyendo la Tierra, se muestra como un organismo vivo que se autorregula, se adapta, evoluciona y, eventualmente, en situación de crisis, da saltos buscando un nuevo equilibrio…

“A parir de esta nueva cosmología, nuestra vida, la Tierra y todos los seres, nuestras instituciones, la ciencia, la técnica, la educación, las artes, las filosofías, y las religiones deben ser dotadas de nuevos significados. Todo y todas las cosas son emergencias de este universo en evolución, dependen de sus condiciones iniciales y deben ser comprendidas dentro del interior de este universo vivo, inteligente, autoorganizativo, y en ascendente rumbo hacia órdenes aún más altos. Esta revolución todavía no ha provocado una crisis semejante a la del siglo XVI, pues no ha penetrado lo suficiente en las mentes de la mayor parte de la humanidad, ni en las de los intelectuales y, mucho menos, en las de los empresarios y los gobernantes. Pero está presente en el pensamiento ecológico, sistémico, holístico y en muchos educadores, fundando el paradigma de la nueva era, el ecozoico” (“Espiritualidad y Política”. Edición a cargo de Cristóbal Cervantes.  Editorial Kairós. Páginas 19 y 20).

En este trance, que va desde el paradigma de la dominación a un sistema holístico, donde todo depende de todo en una red interconectada e inteligente, vivimos nuestras vidas, protagonizando este pequeño fragmento de la historia universal. Si existiera una máquina del tiempo y me propusieran elegir una etapa de la historia a la cual dirigirme, elegiría el momento que actualmente vivimos. El desafío es enorme. Hoy, el ser humano necesita de nuevos paradigmas para organizarse y así cumplir con la tarea que la ha sido designada: utilizar su inteligencia para organizar los recursos del planeta. Necesita, en definitiva, de una nueva comprensión de la política, entendida como el lugar donde consensuaremos las grandes ideas para vivir y convivir en sociedad. Política para revertir los devastadores procesos que hemos desatado, política para adaptarse al entorno, política para el buen vivir, política para recuperar la Tierra de sus secuestradores.

Síguenos en El Mostrador Google News



Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV