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La frágil universidad I

por 5 junio, 2015

La frágil universidad I
Al frente de una reforma del sistema de educación superior, debe ponerse a la luz lo que muchas veces pasa inadvertido o se oculta: la universidad es campo de lucha y podría decirse, parafraseando a Clausewitz, que “la educación superior es la continuación de la política por otros medios”. Uno de los indicadores más elocuentes del paso desde un régimen político libre a uno totalitario es la consolidación del control de la universidad por parte del poder político.
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El país se apresta a iniciar un debate sobre la reforma al sistema de educación superior. Esa reforma establecería un nuevo marco de criterios definitorios de lo universitario y un régimen de financiamiento estatal, para las instituciones que se sujeten al marco aquel. La reforma ha estado acompañada de voces académicas y precedida de una movilización social importante, de las que el Gobierno ha intentado hacerse eco. En ese contexto, me parece pertinente analizar ciertos aspectos de la educación superior que considero significativos. Dedicaré al asunto una serie de columnas en El Mostrador.

Ciertamente, el actual sistema acusa problemas y necesita correcciones. Pero todo cambio fructífero exige atender a los resortes e inclinaciones que dan sustento a los aspectos destacables e incluso excelsos de la realidad efectiva, así como considerar sus debilidades y vicios. Reformas, no revoluciones; modificaciones paulatinas y circunstanciadas, severamente reflexionadas, no cambios repentinos o descuidados, son el modo de toda auténtica y duradera emancipación, especialmente en las cuestiones del espíritu, donde cada mutación importa una modificación de hábitos. Y la universidad es una cuestión del espíritu.

En la consideración de posibles reformas, las ideas son un punto de orientación. Lo público, lo excepcional, la libertad respecto de las lógicas concurrentes, el descubrimiento, la formalización sobre la que se asientan las disciplinas científicas, etc., etc., permiten ofrecer rumbos luminosos a la discusión, siempre que se las clarifique suficientemente y se esté dispuesto a entender que su realización depende también de las configuraciones típicas de la realidad concreta. La clarificación de las ideas empleadas en el debate y la consideración de las circunstancias nacionales bajo las cuales estas ideas buscan realización, son las dos direcciones hacia las que las presentes reflexiones pretenden desplegarse.

 Como la universidad está expuesta al poder, a ser abatida por el poder, ha de reflexionarse sobre las condiciones que deben cumplirse, si ella ha de lograr existir en medio de las intensas dinámicas seculares. Por eso, parafrasear a Clausewitz aquí no es cinismo, sino leal lucidez: recién la toma de consciencia respecto del poder que opera en el sistema universitario y alrededor de él, permite avanzar hacia una organización adecuada de la universidad en la cual sus labores más propias e insustituibles no resulten impedidas por la acción de aquél. Poner a la luz las dinámicas de poder externas e internas es el primer paso para emanciparse de ellas.

Trataré de identificar las notas distintivas de la institución universitaria y cuáles son las bases en las que ella descansa. La determinación de las condiciones bajo las cuales la universidad es posible y, en particular, sus condiciones morales y materiales, dependen de qué entendamos por universidad, de cuál sea su carácter. Son, por ejemplo, fundamentalmente muy distintas esas condiciones si concebimos a la universidad como una organización de capacitación o transferencia de conocimientos, como institución investigativa, como instancia de crítica social y política o como una combinación de las anteriores.

Si se atiende a lo que ha sido y pretendido que sea la universidad, lo mismo que a sus realizaciones descollantes, se dejan identificar dos características definitorias. Lo son, en el sentido que si no se presentan, no existe la universidad. No hay universidad si se carece de espacio para la razón pública y algún grado de realización de ella, es decir, de aquella actividad intelectual que aspira a conocer y orientar la existencia bajo condiciones de una discusión libre. La universidad ha de encarnar la razón pública.

Tampoco hay universidad si no hay en ella un campo para un pensamiento abierto a lo excepcional, a aquello que ya no se deja reconducir a las reglas y estándares usuales, y algún grado de realización de él. La universidad ha de encarnar el pensamiento de lo excepcional.

Tendré que justificar ambas características. Aunque son generalmente reconocidas, han de precisarse, especialmente porque entre ellas emerge una tensión. Ambas características son difíciles de realizar y le plantean a la universidad como institución efectivamente existente, una doble exigencia. Las dos características, sin embargo, cuentan con lo que llamo garantías de su realización. Si se cumplen ciertas condiciones, la garantía opera y la exigencia en cada caso se satisface.

De ambas características de la universidad, de su lado, se siguen las mentadas condiciones con las cuales la universidad debe contar, para existir y dar base a la operación de las respectivas garantías. Si la razón pública requiere libertad política y económica, vale decir, un campo despejado respecto de lógicas concurrentes, el pensamiento de la excepción exige, además, la que podría llamarse libertad espiritual, cuyos alcances queda también por precisar.

La universidad como orden de poder vulnerable al poder

El sistema universitario es un orden de poder. Todos los discursos sobre pluralismo, calidad de la educación superior, investigación, integración social, movilidad social, expansión de la cultura, ilustración, desarrollo económico, formación de capital humano, etc., vienen a integrarse en un sistema en el cual, a fin de cuentas, se trata también de poder.

En la universidad no solo se produce investigación técnico-científica. Además, en ella se generan interpretaciones de la sociedad y allí se forman las futuras élites del país. Una reforma al sistema universitario importará, por tanto, inevitablemente, que, junto con el rediseño del mapa del poder universitario y científico nacional, se redibuje el mapa del poder en Chile.

Ya la misma investigación técnico-científica, no es puramente técnico-científica, sino que posee implicancias prácticas. El ideal de una ciencia libre de valores ha sido develado hace tiempo como un ocultamiento de intereses (permítaseme remitir sobre esto a un libro que escribí años atrás: Más allá del cientificismo, Santiago 2011). La ciencia y la técnica se constituyen a partir de un interés de cálculo y control de la realidad, el cual explica la aparición de disciplinas dirigidas a comprender normalizadamente esa realidad, por la vía de “reconducir lo desconocido a lo conocido”. El esfuerzo de la ciencia normalizante y la técnica termina expresándose además en resultados que son todo, menos neutrales: un mundo crecientemente disponible, previsible, manipulable, calculable, donde lo excepcional, lo misterioso, lo insondable sobre lo que está asentada nuestra existencia, es soslayado, marginado, reprimido. Nietzsche (de quien es la cita de más arriba) indica que la ciencia surge del miedo a lo desconocido, como intento de suprimirlo. Un intento imposible, pues toda normalización se apoya en una indeterminación insuprimible de la existencia.

En ese nivel fundamental, el del interés de la ciencia moderna, ya se revela el sistema universitario como un sistema de poder. Hay también una política universitaria tras el proyecto científico-técnico y una formación consecuente de los profesionales, especialmente académicos. Sucede aquí lo que indica Ludwig Klages: “Tras el esfuerzo investigativo” –y docente, agrego– “se encuentran, exigiendo y conduciendo, los fines de la humanidad” (Mensch und Erde. Berlín 2013). El sistema universitario es un sistema de poder que prefigura los modos de aproximación a la realidad en general.

Pero, además, el sistema universitario es un sistema de poder en al menos otros dos sentidos relevantes. Por un lado, allí tienen lugar interpretaciones de la realidad, capaces de modificarla (de hecho, ya la misma comprensión científico-técnica es una comprensión de la realidad, capaz –¡y sabemos hasta qué punto!– de modificarla). En la universidad intervienen cosmovisiones e ideologías y se goza del tiempo para dar forma a teorías y argumentos aptos para convencer a los pares y a los estudiantes a quienes ellos les son enseñados. Esta misma serie de columnas que inicio, y todos los libros sobre la universidad en Chile, se han escrito en la universidad. En la universidad también se desenvolvieron Hegel, Nietzsche, Popper, Berlin, Habermas, Schmitt, Heidegger y una extensa lista de autores, de amplias repercusiones en la realidad política.

En Chile no ha habido interpretaciones universitarias originales y masivas, capaces de construir la realidad, y lo que ha existido es, mucho más, adaptaciones de interpretaciones intelectuales a la realidad chilena, mediante elaboraciones más o menos creativas, que han determinado nuestra historia política, social y económica.

Por otro lado, en las universidades se educa a las futuras élites del país. La cantidad y cualidad de las cátedras en las áreas menos “técnicas” y más “humanistas”, “comprensivas” o “interpretativas”, su eventual distribución entre grupos heterogéneos o, al contrario, su concentración en pocas manos, determinan la mentalidad y el talante de los que, luego de unos años, serán “los que mandan en Chile”. No conocemos hasta ahora una organización más influyente en la educación política de los grupos dirigentes que la universidad. En la escuela y el hogar se forma el carácter del infante y el adolescente según ciertas visiones y hábitos, pero no se alcanza el nivel reflexivo al que cabe aspirar en la universidad. La Iglesia, las organizaciones iniciáticas o filantrópicas reconocen su insuficiencia relativa, precisamente por el hecho de fundar universidades o participar en la vida y actividades de algunas de ellas.

En un tiempo relativamente breve (pueden ser cuatro o cinco años; compáreselos con los doce o catorce que dura la escuela), la universidad llega a incidir decisivamente en las mentes de quienes pasan por sus aulas. El proceso de construcción de élites no se realiza allí solamente por medio de la educación formal. La universidad es también plaza pública, el lugar donde los discípulos encuentran maestros y viceversa, donde se tejen realmente redes sociales, comunidades de profesionales o de correligionarios, como en pocas otras partes.

Ese gran poder universitario no pasa inadvertido y desde siempre la sociedad mira atentamente a la universidad. Los dos grandes aglutinadores modernos de poder social, el mercado y el Estado, buscan influir en ella, de diversas maneras.

El control de universidades privadas y el retiro de excedentes son formas comparativamente sencillas de incidencia del mercado en el sistema universitario. Existen modos más sutiles, como los estímulos que desde el mundo de la empresa se establecen para la actividad científica y tecnológica, orientándosela hacia la producción de patentes y resultados apropiables o, más en general, como incentivo hegemonizante a un modo técnico-científico-manipulante de comprensión de la realidad, por sobre los saberes gratuitos o “inútiles”, las artes, las humanidades.

El aparentemente inocente mecanismo de las donaciones puede operar como un dispositivo para apuntalar proyectos universitarios afines a los intereses de grandes grupos económicos o como manera de desviar o reblandecer la consciencia crítica que está llamada a ejercer la universidad, también respecto de las empresas, especialmente si, como ocurre en Chile, son parte de un oligopolio. El financiamiento privado es relevante a la hora de dividir el poder de financiamiento estatal. Sin embargo, es muy importante que exista claridad respecto a que, tal como el control del financiamiento por parte del Estado, el financiamiento privado puede amenazar la libertad universitaria.

El Estado y la política buscan influir, asimismo, en las universidades y acrecentar su control en ellas. Si la actividad política se realiza teniendo a la vista el interés general, el sistema universitario entra indudable e incluso legítimamente en su horizonte de problemas. Esta intervención puede, sin embargo, resultar perturbadora, como lo acredita nuestra propia historia reciente. Lo testimonia elocuentemente la dramática biografía del filósofo del derecho Jorge Millas, víctima del intervencionismo que ejerció en la loable institución la izquierda, primero, y la derecha, después. Su libro, Idea y defensa de la universidad (Santiago, 2012) está sintomáticamente articulado en dos secciones: “Antes de 1973” y “Después de 1973”. En ambas épocas la universidad se encontró bajo apremios venidos desde la lógica del poder político.

Al frente de una reforma del sistema de educación superior, debe ponerse a la luz lo que muchas veces pasa inadvertido o se oculta: la universidad es campo de lucha y podría decirse, parafraseando a Clausewitz, que “la educación superior es la continuación de la política por otros medios”. Uno de los indicadores más elocuentes del paso desde un régimen político libre a uno totalitario es la consolidación del control de la universidad por parte del poder político.

No solo el Estado y el mercado pueden dañar la institución. La propia universidad es eventualmente apropiable para el juego de dinámicas de poder destructivas, generadas a partir de estilos o lógicas intrauniversitarias, cuya hegemonía termina dificultando severamente las búsquedas y tareas a las que está llamada.

Estas indicaciones sobre la influencia del poder en el sistema de educación superior no han de entenderse como expresión de un desconocimiento del papel de la verdad en el quehacer universitario. Al contrario, precisamente porque la misión de descubrimiento o desocultamiento es “de la esencia” de la universidad, resulta muy importante develar los mecanismos de poder que actúan sobre ella y en ella y eventualmente la impiden. Poderes descontrolados terminan destruyéndola, frustrando su capacidad descubridora.

La universidad es una institución admirable, o puede llegar a serlo: constituirse en un campo abierto al libre uso de la razón, a la contemplación y la consideración de la insondabilidad de la existencia, todo dentro de un marco organizativo que suspenda los penosos apremios de la realidad y la urgencia apabullante de los negocios humanos, y les dé a aquellas inquietudes vitales fundamentales alguna estabilidad y permanencia, los tiempos y espacios de gratuidad, tranquilidad y silencio requeridos por la observación y la reflexión.

Habrá que indagar en qué consiste el modo propio de existir de la universidad: en qué su actividad descubridora, sus aperturas. Dedicaré parte de estas consideraciones a esa labor. Pero, además, como la universidad está expuesta al poder, a ser abatida por el poder, ha de reflexionarse sobre las condiciones que deben cumplirse, si ella ha de lograr existir en medio de las intensas dinámicas seculares. Por eso, parafrasear a Clausewitz aquí no es cinismo, sino leal lucidez: recién la toma de consciencia respecto del poder que opera en el sistema universitario y alrededor de él, permite avanzar hacia una organización adecuada de la universidad en la cual sus labores más propias e insustituibles no resulten impedidas por la acción de aquel. Poner a la luz las dinámicas de poder externas e internas es el primer paso para emanciparse de ellas.

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