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Jeremy Corbyn y el inicio del fin de la renovación socialista

por 17 septiembre, 2015

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Desde un poco antes de 1990, y agudizado con la caída del Muro y con él de los socialismos reales, los partidos socialistas de Occidente, empezaron a vivir un proceso histórico conocido como la renovación socialista, movimiento intelectual y político que, con diferentes tonalidades, vino a sepultar, transitoriamente al menos, la idea de transformación social profunda que se enarboló desde las últimas décadas del siglo XIX del socialismo como alternativa de desarrollo y de vida al capitalismo en sus distintas expresiones.

En ese transitoriamente llevamos cerca de 25 años, y salvo situaciones puntuales de resistencia ideológica y creatividad popular, como también de inconsistencias y carencias (Bolivia con el MAS, Venezuela con el PSUV o Ecuador con Alianza País y unos cuantos ejemplos más con luces y sombras en América Latina), la impregnación de la renovación socialista llegó a prácticamente todos los partidos socialistas occidentales.

Chile, por supuesto, no estuvo ajeno a este proceso global. Y es que tras la derrota del proyecto revolucionario de Salvador Allende, diferentes dirigentes de la facción llamada luego Renovación Socialista (y algunos por fuera, como el PPD Ricardo Lagos), embebidos del proceso encabezado por el Partido Comunista Italiano, disputaron, ante el PS-Almeyda –que tras la muerte de Clodomiro Almeyda derivó en la Nueva Izquierda, facción liderada desde entonces y hasta ahora por Camilo Escalona– la hegemonía práctica del PS. Y soy cuidadoso al decir hegemonía práctica, ya que en estricto sentido, luego de los primeros años de la transición esta sensibilidad del PS, supuestamente más histórica, más marxista, adoptó exactamente las mismas posturas que los socialistas de la renovación. Así, Andrade y Escalona (NI) son indistinguibles el día de hoy de Insulza y Schilling (renovación).

En Europa, el proceso de renovación fue encabezado por distintos referentes. En la España postfranquista fue Felipe González y luego José Luis Rodríguez Zapatero en el PSOE; en Grecia, el liberalizado Pasok de Giorgos Papandréou: en el Reino Unido, el Partido Laborista (LP), derechizado por Tony Blair, y su llamada la Tercera Vía, etcétera. En todos estos escenarios se han suscitado cambios importantes en los últimos años, al quedar en evidencia que la renovación socialista –un maquillaje burdo de capitalismo dentro de los partidos de izquierda– ha sido incapaz de representar, proteger y consolidar el mandato popular, obedeciendo en donde se exprese a los intereses de la elite y el mercado.

Así, en respuesta a las inconsistencias, los diferentes partidos socialistas y su indiferenciación con la derecha, han surgido alternativas de conducción: en España, desde el surgimiento del Movimiento 15-M, se han articulado distintos grupos de izquierda dentro de los cuales el de mayor preponderancia es Podemos. En Grecia la debacle del Pasok dio paso a la victoria de Syriza, que a pesar de su gran fractura y desgaste por el no cumplimiento del referéndum, aún se perfila como opción favorita para las nuevas elecciones este 20 de septiembre.

Y si los ejemplos de España y Grecia son probablemente los más llamativos para la izquierda no nuevomayorista en Chile, el caso que más convoca y entusiasma a la Izquierda Socialista es el aplastante triunfo del candidato de la transformación en las elecciones internas del Partido Laborista británico, realizadas hace pocos días. En ellas, contra todo pronóstico inicial y contra la animadversión frontal de las cúpulas partidarias –encabezadas por Blair–, la militancia de base apaleó a la casta dominante: entre cuatro candidatos, de los cuales tres eran cercanos a la línea de Blair, ganó con un aplastante 59.5% la única alternativa contraria al centrismo liberal con posiciones realmente de izquierda, la candidatura de Jeremy Corbyn.

Esta victoria brutal no se sustenta solo en el carisma que pueda tener Corbyn, sino en un coherente programa de defensa explícita de los intereses populares: defensa del Servicio Nacional de Salud (NHS), creación de un Servicio Nacional de Educación que defienda a las escuelas públicas, una posición antiausteridad, desmantelamiento del programa nuclear británico, salida de la OTAN, etcétera. Es decir, una apuesta genuina desde el interior del LP por la defensa del principal patrimonio de toda nación: su gente.

 Quizás, luego de 25 años, la renovación socialista como proceso ya sea incapaz de seguir disimulando su capitalismo intrínseco y engañando así a militantes y ciudadanos. Quizás, después de 25 años, las bases y la ciudadanía empiezan a entender por fin que ni los Tony Blair en Reino Unido, ni los Felipe González en España, ni los Ricardo Lagos en Chile, ni los herederos políticos de ninguno de ellos, serán capaces de revindicar los anhelos de pueblos oprimidos por la dictadura del capital, y que el verdadero cambio depende de nosotros, la ciudadanía organizada.

En Chile en las últimas elecciones internas del PS desarrolladas en abril de este año, Isabel Allende logró ganar por amplio margen al conservador Camilo Escalona, miembro ilustre del partido del orden. No obstante aquello, y si bien es un pequeño paso, la hija del más grande de los nuestros está muy lejos de encarnar un proyecto político de base que democratice la estructura partidaria y que pretenda la transformación social profunda, esa que altere la estructura productiva; que haga de la salud un derecho financiado mediante impuestos, universal, único y solidario; que acabe con el financiamiento con dineros públicos a instituciones privadas –como sucede hoy en educación y salud de manera escandalosa–; que acabe con las AFP y garantice un sistema de pensiones digno; y que, por último, defienda a rajatabla la única alternativa posible para hacer de nuestra Constitución Política una Constitución democrática y validada, que es la Asamblea Constituyente.

Analizando todo el proceso global, ¿nos encontraremos ante el inicio del fin de la renovación socialista en el mundo? Me encantaría decir que sí, pero aún es muy pronto para afirmarlo. Lo que sí está claro es que cada vez más hay más socialistas en Chile disconformes con la renovación, transversal a casi todas las facciones surgidas al alero de la transición, y que se evidencia críticamente en su incapacidad de ofrecer de manera clara una alternativa al capitalismo imperante, ubicándose confusos y confundentes en una izquierda “progre” insípida, sin objetivos definidos y consistentes. Ante este escenario nos rebelamos y revindicamos, sin más ni menos, el deber de plantear una alternativa de desarrollo a la barbarie capitalista que beneficia al 1% de chilenos sobre la base de un sistema abusivo con el 99% restante y depredador con nuestros recursos naturales.



Quizás, luego de 25 años, la renovación socialista como proceso ya sea incapaz de seguir disimulando su capitalismo intrínseco y engañando así a militantes y ciudadanos. Quizás, después de 25 años, las bases y la ciudadanía empiezan a entender por fin que ni los Tony Blair en Reino Unido, ni los Felipe González en España, ni los Ricardo Lagos en Chile, ni los herederos políticos de ninguno de ellos, serán capaces de revindicar los anhelos de pueblos oprimidos por la dictadura del capital, y que el verdadero cambio depende de nosotros, la ciudadanía organizada.

La apuesta es ambiciosa y exige humildad y unidad de las fuerzas transformadoras. Ya lo decía con meridiana claridad Pablo Iglesias, de Podemos, mediante una carta a Jeremy Corbyn luego de que ganara la dirigencia del LP: “Que (el cambio) ocurra desde dentro o desde fuera en el fondo es lo de menos. Por fin vamos a contar con un aliado en Reino Unido con el que compartimos diagnóstico y un proyecto de defensa de los derechos sociales mediante políticas que combatan la desigualdad. Nuestro papel no es otro que el de ser las fuerzas que representan a la mayoría social, a las clases populares golpeadas por un modelo de gobernanza financiero diseñado para favorecer a las élites financieras y su clientela”.

No hay renovación socialista que defienda a los intereses populares, y la izquierda debe comprenderlo, para que sin sectarismos pero con lucidez, trabaje por generar convergencia en torno al objetivo común de dar dignidad y justicia a nuestro país y su gente.

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