jueves, 26 de noviembre de 2020 Actualizado a las 02:22

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#LaCuartaFemicida

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A propósito del importante rol que han jugado los medios de comunicación en los escándalos de la política, resulta fundamental que, de una vez por todas, quienes ocupan este espacio de privilegio y poder entiendan que el lenguaje construye realidad. En ese sentido, catalogar femicidios como un “crimen pasional” invisibiliza la violencia machista hacia las mujeres. Quien ama no mata, no viola ni maltrata.

Hace algunos días, conmemoramos el 8 de marzo con una multitudinaria marcha. Salimos a las calles por la protección de los derechos de las mujeres trabajadoras, las pobladoras, las niñas y jóvenes; las mujeres –trans, indígenas, lesbianas, mujeres con discapacidad– que día a día enfrentan acoso, agresiones, violencia económica, física, sexual y psicológica; las que ganan menos sueldos por igual trabajo, que cumplen dobles y triples jornadas laborales. Marchamos por las que fueron, estamos y las que vendrán después de nosotras. Marchamos porque exigimos la legalización del aborto y el derecho a decidir. Y, en especial, salimos y recordamos a las compañeras que ellos nos quitaron.

Sin embargo, al periodismo mediocre nada de eso le importa: dos días después, en la publicación del 10 de marzo la portada del diario La Cuarta desconoce la violencia e injusticia a la que somos sometidas diariamente. “El amor y los celos la mataron”, dicen. “Era una mujer hermosa”, dicen. Bueno, nosotras venimos a decirles a ese periodismo barato que esto no es un cuento de hadas, porque con 12 mujeres muertas por femicidas en lo poco que va del año, con 7 mujeres muertas en 7 días, sus supuestas historias de amor al estilo Barbazul son vergonzosas e inaceptables. Durante una semana los medios de prensa, que cubrieron el brutal asesinato y descuartizamiento de una mujer cuyos restos fueron encontrados en el río dentro de bolsas de basura, banalizaron la brutalidad de esa violencia hablando de la belleza colombiana, de los celos y el amor.

Cabe preguntarse, entonces, ¿cómo es que frente al aumento de portonazos en un reducido sector de la capital, la agenda política y noticiosa se enfoque en la sensación de inseguridad y la necesidad de tomar medidas urgentes para la protección de la propiedad y, al mismo tiempo, nada de eso ocurra frente al incesante aumento de femicidios? El Estado tiene la obligación de prevenir, sancionar y erradicar todas las formas de violencia contra las mujeres, se obligó a ello cuando suscribió la Convención de Belém do Pará, y sin embargo, no vemos ninguna agenda corta contra la violencia machista. Parece que a este Estado le interesa más proteger los cajeros y los portones, que la vida de las mujeres.

Los medios de comunicación tienen aquí un rol crucial que debe ser abordado con responsabilidad, porque banalizar e invisibilizar las razones profundas de la violencia no es inocuo, tiene consecuencias y la labor de comunicar e informar no puede transformarse en un móvil que perpetúa y profundiza aquellos estereotipos que están en la base de la violencia.

¿Hasta cuándo estaremos fuera del discurso sociopolítico concreto para seguir ancladas en un espacio que nos reduce a ser, eterna y románticamente, la amada moribunda? Cada vez que una mujer muere en manos de su agresor, todas nosotras sentimos ese asesinato en nuestra piel. Cada vez que sabemos que nuestra compañera de trabajo, nuestra vecina, hermana o amiga está siendo golpeada y abusada, nos asustamos. Nos da miedo por su vida, por la nuestra, por la de tantas mujeres que vendrán después de nosotras. Porque la verdad es que hoy, todavía hoy, ser mujer es un peligro.

Y pareciera que tenemos que cuidarnos de nosotras mismas, porque frente a cada agresión, frente a cada asesinato, frente a cada violación, hay una excusa. Es que les gusta que les peguen, dicen. Es que andaban solas, dicen. Es que cuando dicen que no, es sí, dicen. Es que tomó alcohol, dicen. Es que su ropa era muy provocativa, dicen. Lo que nadie dice, en cambio, es lo que de verdad importa: lo que mata es el machismo, no el amor.

Las justificaciones vacías –como que el agresor, violador y femicida era un buen vecino o un pobre joven enamorado que perdió la razón por celos– no dan lo mismo. Por el contrario, se trata de un discurso sumamente peligroso, porque continúa perpetuando la idea de que nuestras vidas y cuerpos no nos pertenecen a nosotras, sino a ellos, los agresores. Lo que hay detrás de la violencia machista no son celos ni amor, es control y subordinación; es la imposición del lugar que, se supone, nos corresponde a las mujeres: el silencio y la sumisión.

Los medios de comunicación tienen aquí un rol crucial que debe ser abordado con responsabilidad, porque banalizar e invisibilizar las razones profundas de la violencia no es inocuo, tiene consecuencias y la labor de comunicar e informar no puede transformarse en un móvil que perpetúa y profundiza aquellos estereotipos que están a la base de la violencia. Basta de naturalizar la violencia machista. Basta del periodismo mediocre. Basta ya.

Ni una mujer menos. Ni una muerta más.

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