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Terrorismo: la muerte de la hospitalidad

por 3 abril, 2016

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Los atentados sobre París y recientemente en Bruselas, introducen la duda sobre Occidente, y es por ese motivo que el miedo surge como una inevitable consecuencia de un proceso de desconfianza previa. El sistema industrial capitalista se ha expandido al mundo gracias a dos de sus baluartes más representativos, el riesgo e interés. Si el primero conlleva consigo la idea de aventura para el empresario capitalista que puede con un bajo esfuerzo en costos duplicar rápidamente su inversión, el segundo tiende a la preservación, a lo seguro. Cuando mayor es el riesgo, mayor es también la ganancia percibida. El interés por su parte confiere una ganancia limitada, pero sin mayores riesgos. De la misma manera, que a diario especulamos sobre los costos y los beneficios de nuestras acciones, de la misma manera los terroristas seleccionan sus blancos y planifican sus atentados.

Desde el momento en que el capitalismo opera desde administración de la incertidumbre, en la cual toda ganancia y/o protección se encuentra anclada en el futuro, el terrorismo instala un mensaje que promueve un sentimiento extendido de pánico. En primer lugar, nadie sabe quién ni cuándo será la víctima del próximo ataque. Este se corresponde con el primer criterio de administración del temor. Pensemos por un momento que toda nuestra vida se encuentra atada a rutinas y a expectativas. Vamos al trabajo por un sueldo, llevamos a nuestros hijos al colegio para que tengan un futuro mejor, nos centramos en la rutina como un refugio que nos ayuda a llevar la angustia que despierta toda incertidumbre. La rutina lleva hacia la protección, pero por sobre todo, apelamos al progreso porque confiamos en que otro nos puede proteger, el Estado-Nación. El terrorismo no solo desafía la autoridad del estado nacional a proteger a sus ciudadanos, sino que lo hace en forma totalmente aleatoria, en donde cualquier persona sin importar estatura, etnia, religión o grupo social puede ser blanco. Esta idea de aleatoriedad es el segundo elemento que genera terror en la población y que sin lugar a dudas se remite a un futuro atentado. La gente común no se asusta tanto por lo sucedido sino por el hecho que nadie sabe cuándo el ataque volverá a ocurrir. El estado, en este sentido, es presa de la ilusión que ha propuesto el capitalismo sobre la idea de controlabilidad. Vamos a poner un ejemplo para explicar mejor esta situación, vivimos en un mundo de riesgos globales como bien lo ha demostrado en sus estudios Ulrich Beck, cada uno de nosotros tiene propiedades y personas a las cual ama. Para evitar que el peligro los aceche, debe contratar seguros de vida, de hogar, del automóvil y etc. No obstante, uno no puede legalmente acudir a la compañía de seguros una vez que el hogar se incendió. El sentido del riesgo, por ese motivo, siempre opera desde un futuro que todavía no es real, puede llegar a serlo, y porque esa probabilidad está latente uno reduce el temor pagando una cuota limitada de capital.

En el epicentro de la cultura del miedo no hay nada más que el espejo de lo que no queremos ver en nosotros. El terrorista es temido, no por sus actos, sino porque maneja la táctica de la extorsión la cual es puramente occidental. Si en la sociedad capitalista el pez grande se come al pequeño (darwinismo social), esa realidad debe ser reprimida y adaptada confiriendo los elementos negativos del discurso hacia un enemigo externo

 

En el mundo del riesgo es así como todo funciona, pero la misma lógica es empleada por el terrorismo moderno. Existen una serie de softwares, bibliografía, programas y planes de como poder desbaratar el próximo atentado. Empero tarde o temprano como quien es sorprendido mientras duerme, los controles tienden a relajarse. Cuando ello sucede, se dan los grandes eventos mediáticos como ser el atentado al World Trade Centre, los ataques a Madrid, Londres o París. Precisamente, es sobre éste último que uno debe prestar atención, ya que se da en conjunción con la suspensión de las barreras migratorias de refugiados sirios que escapan de la guerra civil. Si la tragedia de Aylan, el niño sirio que fue fotografiado sin vida en costas de Turquía, conmovió al mundo entero provocando medidas que facilitaron temporalmente la aceptación de gran cantidad de refugiados, el atentado de Paris cerró cualquier posibilidad, clausurando de esa forma el sentido clásico de la hospitalidad europea. ISIS y su administración instalan la duda sobre el extranjero y al hacerlo cierran cualquier posibilidad de recepción. Luego que Europa abriera sus fronteras, un comunicado advertía sobre la posibilidad que jihadistas se infiltraran entre los refugiados como verdaderos Caballos de Troya. Si sabemos algo de la hospitalidad, es su raíz milenaria para promover el entendimiento, pero también para funcionar como redes de defensa en caso de guerra. Cuando se acepta a un extranjero poco se sabe de él y la hospitalidad como institución ayuda a comprenderlo, a saber, quién es y pero sobre todo que desea de nosotros. Etimológicamente la palabra visa viene del latin visum (del verbo videre) que significa mirar. En efecto, el estado debe saber a quién se admite, de la misma forma que se compromete a proteger al extranjero que acepta. En resumen, la hospitalidad es una institución milenaria nacida del mundo de los viajes cuya función es la reducción del riesgo a un nivel controlado para que huéspedes y anfitriones puedan desarrollarse en paz. Con sus ataques a los grandes centros turísticos mundiales, las industrias del ocio y el entretenimiento, el terrorismo internacional intenta destruir las bases de la hospitalidad.

Todo el andamiaje cultural de Occidente se construye en base a la hospitalidad, desde los mitos de Helena de Troya que despierta la ira de Agamenón, y luego la tragedia de Aquiles, hasta los films de terror como The Hills have eyes, Texas Chainsaw Massacre, Dracula y Hostel. En todos estos trabajos, la misma línea argumentativa subyace. El mal es la falta total de hospitalidad, o la corrupción de la misma. El villano engatusa a los huéspedes con manjares y banquetes, pero nadie sabe cuáles son sus principales deseos. Esta suerte de hospitalidad siniestra se vuelve hacia la hostilidad en segundos, cuando los huéspedes duermen o se relajan, cuando sus defensas están desactivadas. Indudablemente, el terrorismo ha afectado la sensibilidad occidental hasta el punto de modificar la forma en que se vive el cine de terror. Si las películas de terror de hace décadas tenían al animal como villano, por ejemplo, la Marabunta, o Tiburón, hoy es el hombre el lobo del hombre. Ese otro que luce como yo, se comporta como yo, que viste como yo, es de quien debo desconfiar. Esta forma de pensar el mundo lleva a una plataforma de desconfianza que sin lugar a dudas altera y reduce el lazo social. Ante el peligro, las personas no se unen como en la Grecia de Alejandro, se separan, se dividen, se evitan. El terrorismo funciona eficientemente no solo por la atención que sabe generar en los medios de comunicación, sino porque nuestra confianza y el sentido de la hospitalidad están muriendo. Por otro lado, sus costos son notablemente más bajos en comparación a la atención que generan, pero por sobre todas las cosas, porque se mueven en una cultura del miedo donde prima el riesgo y la desconfianza como moneda de cambio. El ciudadano ya no confía en sus líderes o instituciones si es que estos no pueden conferirle la protección que necesitan. Como bien decía Aristóteles, el problema del miedo es que no tiene piso, ni techo y puede actuar hasta paralizar completamente a una persona. Impuesto desde afuera y con intereses poco claros, presenciamos una época donde el miedo se ha transformado en instrumento de gobernabilidad. No obstante, como su primo el riesgo, el temor no tiene razón de ser sino en un futuro derivativo donde lo que se anuncia discursivamente no es. Los estados nacionales parecen haber encontrado un instrumento de disciplina en los discursos del miedo que permite que sus respectivas poblaciones acepten políticas que de otra forma serían rechazadas.

En el epicentro de la cultura del miedo no hay nada más que el espejo de lo que no queremos ver en nosotros. El terrorista es temido, no por sus actos, sino porque maneja la táctica de la extorsión la cual es puramente occidental. Si en la sociedad capitalista el pez grande se come al pequeño (darwinismo social), esa realidad debe ser reprimida y adaptada confiriendo los elementos negativos del discurso hacia un enemigo externo. Para que la sociedad capitalista funcione correctamente sin cuestionamientos internos radicales, el terrorista debe ser un extraño, desalmado, un verdadero demonio que encarna la raíz misma del mal. Pero lejos de eso, él se ha educado en las mismas universidades donde enviamos a nuestros hijos, seguramente es nuestro vecino, o amigo y eso es lo que da terror.

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