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Boric y Aylwin: muere lo viejo nace lo nuevo

por 25 abril, 2016

Boric y Aylwin: muere lo viejo nace lo nuevo
La diferencia entre banderas chilenas a media asta en una parte del Barrio Cívico y banderas multicolores en la otra, entre caras de funeral en el ex-Congreso y caras vivaces en la Alameda, entre recogimiento y extroversión coincidiendo en tiempo y espacio, marcó un contraste tan nítido y contumaz entre lo nuevo y lo viejo que resulta imposible no interpretarlo políticamente.
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El sensible fallecimiento del ex Presidente Patricio Aylwin ocurre justo cuando el sistema político y el pacto social que su gobierno inauguró en 1990 enfrentan su ocaso y su propio funeral.

El deceso de Aylwin ocurre en medio de la peor crisis política de estos 26 años de interminable transición democrática. Y por sus características –corrupción político-empresarial; ausencia de liderazgos legitimados; desprestigio extremo de lo institucional; desafección ciudadana, etc.– esta crisis permite ser leída como síntoma de algo más: la agonía de un ciclo y el proceso mortuorio de un pacto social que comenzó a negociarse entre militares y oposición civil a fines de los 80.

Bajo dicha lógica se inaugura el primer gobierno democrático en 1990, con Aylwin a la cabeza, cuya misión central fue recuperar la democracia en un marco económico-institucional neoliberal, lo que significó no alterar ni la Constitución ni la lógica de la ventaja empresarial.

En este último tiempo muchos han caracterizado la actual fase del sistema político chileno usando la frase gramsciana de que en el país lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba por nacer. Tras los funerales del ex Presidente Aylwin eso es hoy menos cierto: lo viejo está más muerto y lo por nacer más vivo que ayer.

Pudimos ver que durante el duelo oficial, mientras en el ex Congreso se realizaban los funerales de Estado, a pocas cuadras y a la misma hora, la Alameda se abría a una marcha multitudinaria de jóvenes protestando contra una de las herencias que ha caracterizado el ciclo postdictatorial –la educación de mercado–, reivindicando su derecho a marchar en un día rebelde para ellos, fúnebre para otros, político para ambos.

La diferencia entre banderas chilenas a media asta en una parte del Barrio Cívico y banderas multicolores en la otra, entre caras de funeral en el ex-Congreso y caras vivaces en la Alameda, entre recogimiento y extroversión coincidiendo en tiempo y espacio, marcó un contraste tan nítido y contumaz entre lo nuevo y lo viejo que resulta imposible no interpretarlo políticamente.

La decisión racional, debatida y consensuada del movimiento estudiantil de rechazar los llamados del oficialismo para que por “prudencia y respeto” cancelaran la manifestación callejera en un día de duelo nacional, así como la altísima concurrencia lograda en Santiago y en regiones, demuestra que no existen ya entre la clase política y el mundo social estructuras de lealtad ni empatía emocional capaces de contener una movilización ciudadana; ni aun apelando a los muertos o al clivaje democracia-dictadura .

El poder de contención del establishment vive su propio duelo, pues se ha cristalizado la independencia de las nuevas generaciones con el legado político de la Concertación, es decir, independencia del duopolio político y del duopolio mediático, a la vez que dueños de un discurso propio que marca agenda y plantea debate con un núcleo argumentativo distinto al de la Nueva Mayoría y la derecha.

El poder de contención del establishment vive su propio duelo, pues se ha cristalizado la independencia de las nuevas generaciones con el legado político de la Concertación, es decir, independencia del duopolio político y del duopolio mediático, a la vez que dueños de un discurso propio que marca agenda y plantea debate con un núcleo argumentativo distinto al de la Nueva Mayoría y la derecha.

Simultáneamente pudimos ver que en esta ocasión la nueva discursividad encontró una figura enunciativa que le dio voz y retórica a la gramática de lo emergente. El diputado Gabriel Boric ocupó con su presencia escénica todo aquel espacio mediático-comunicacional que de forma natural se abrió en un momento de tan fuertes y evidentes contrastes –generacionales, políticos, estéticos, etc.–, como el que vivió Chile en el contexto antagónico de la muerte de Aylwin y de la marcha estudiantil.

Mediante su voz logró representar a buena parte de esa mayoría social abandonada en los 90 por la misma institucionalidad que ahora pedía no marchar ni ocupar la Alameda por un luto, supuestamente nacional.

De este modo, lo nuevo, formando un tejido a través de miles de cuerpos marchando, articuló también un cuerpo social. Ese cuerpo social politizado, en el antagonismo marcha-funeral, logró presencia mediática y acceso a la agenda periodística nacional. A su vez, Boric presentando como diputado de la república sus condolencia en el ex Congreso a la viuda de Aylwin y luego participando de la marcha como dirigente social, demostró que es el único de los líderes jóvenes que llegaron al Congreso que hoy tiene la capacidad de estar con los dos pies en la calle y con los dos pies en el Parlamento. Así se despeja una duda: la lucha política entre lo nuevo y lo antiguo se dará en los espacios intra y extrainstitucionales.

El proceso social que pondrá fin al ciclo postdictatorial se inició inexorablemente en Chile. Está por verse cómo se resuelve, pero claramente el clivaje Sí/No que marcó a la transición, sus ritmos y sus (medidas) posibilidades, han sido desplazados por un antagonismo entre ese viejo ciclo y uno nuevo.

Asistimos al parto, las movilizaciones sociales iniciadas el 2011 frotaron la lámpara y se liberó el genio: una nueva Constitución para Chile. Será esa una batalla clave en la cual las nuevas tensiones y el antagonismo contemporáneo se resolverán, ya sea a través de la vía (novedosa) democrática y vinculante de la Asamblea Constituyente o mediante los (tradicionales) mecanismos institucionales.

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