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Crisis de las AFP: un país dividido entre personas activas y pasivas

Ignacio Moya Arriagada
Por : Ignacio Moya Arriagada M.A. en filosofía, columnista, académico
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Avalar un sistema de “pensiones” que solo ayude a los que ahorraron en sus vidas “activas” es avalar un sistema que solamente valora la actividad de aquellos que se insertan plenamente en la cadena productiva, a la vez que desmerece y desconoce el aporte sustancial que otras personas le hacen y le han hecho a la nación entera. Ese es el primer paso hacia la construcción de una nación que comprende el valor de la comunidad y entiende que todos, independientemente de nuestra función específica en la cadena productiva, somos un aporte al país y merecemos vivir nuestra tercera edad con dignidad.


El carácter de una nación se define, entre otras cosas, por la forma en que sus ciudadanos se ven los unos con los otros. Una nación encuentra su razón de ser en todo aquello que une, crea y fortalece los lazos de pertinencia. El tema de las AFP, que hoy ha irrumpido en el debate público, sirve para revelar cuáles son las ideas que sustentan y le dan fundamento a un concepto de nación que prioriza y le da valor a un tipo de actividad humana muy particular y limitada.

Uno de los argumentos que se dan a favor de la mantención de este sistema dice relación con la estabilidad financiera del mismo. Es decir, el sistema de capitalización individual tiene la gran ventaja de que es sostenible financieramente en el tiempo porque las pensiones que se entregan dependen exclusivamente del ahorro que cada contribuyente haga (más algún aporte marginal del Estado y/o empleador).

Comparado con el sistema de reparto, el sistema de AFP no puede quebrar. Y la razón es bastante sencilla: mientras que en el sistema de reparto los pensionados dependen de los trabajadores “activos” para que estos aporten con sus ingresos a financiar dichas pensiones, en el sistema de ahorro individual nadie depende de otro. Mejor dicho, cada uno depende de sí mismo. El sistema de reparto no es sostenible en la medida en que los “activos” vayan decreciendo en número, mientras que los “pasivos” (los jubilados) van aumentando. Es el ya muy manoseado “problema demográfico”.

Y es justamente aquí donde radica la gran suposición, la gran premisa oculta que sostiene una visión de nación que conviene cuestionar. La división entre “activos” y “pasivos” asoma como una visión metafísica que (sin decirlo explícitamente) valora y aprecia solo un tipo específico de actividad humana. ¿Qué es eso de personas “activas”? Claramente lo que se intenta transmitir con esta idea es que las personas activas son todas aquellas que están insertas dentro del sistema productivo. Es decir, todas aquellas personas que forman parte de la cadena productiva, que ocupan un rol y una función dentro de la cadena de producción contemporánea se consideran como “activas”. Ellas son los que generan los recursos que circulan y aportan a la economía nacional (y global).

Que hay personas que cumplen esta función es indudable. No se trata de negar eso. El punto que se debe cuestionar es que la división entre “activos” y “pasivos” instala de manera oculta en el imaginario social la idea de que algunos son más valiosos para la nación que otros. Se instala la idea de que algunas personas aportan a la comunidad, mientras que otros no aportan. Mientras que algunos se mueven, producen y generan bienestar para todos, otros parecen estar allí, “pasivos”, inertes, sin hacer aporte al bien común.

Al ser una persona “pasiva” que no “aporta” (o nunca “aportó”) con recursos e impuestos (a pesar de que todos pagamos impuestos al comprar), muchos se cuestionan la legitimidad de tener que mantenerlos ahora que entran a la tercera edad. Muchos estiman que no es justo que las generaciones futuras, los jóvenes, los que trabajan y los que ahorran tengan algún deber de sostener y mantener a todos aquellos que no formaron parte de la cadena productiva durante su vida (o durante alguna parte de sus vidas).

[cita tipo= «destaque»]Hoy día “pasivos” son las dueñas de casa (o el hombre que se queda en casa para cuidar a la familia), los artistas independientes, deportistas, los jubilados, los temporalmente desempleados, los estudiantes, y los voluntarios. Pero, si examinamos bien, nos vamos a dar cuenta de que ninguna de estas personas es, en estricto rigor, “pasiva”. Son todos activos. Todos aportan a la nación. Es más, sin ellos, la comunidad sería insostenible. Tomen, por ejemplo, los padres que se quedan en casa para criar a sus hijos.[/cita]

Esta división entre “activos” y “pasivos” es antojadiza y mentirosa.

Antojadiza porque no tiene un sustento ético y mentirosa porque oculta la gran verdad de que no existen personas “pasivas” (salvo casos muy puntuales y específicos, donde tal vez sí se podría considerar a algunos seres humanos como pasivos).

Hoy día “pasivos” son las dueñas de casa (o el hombre que se queda en casa para cuidar a la familia), los artistas independientes, deportistas, los jubilados, los temporalmente desempleados, los estudiantes, y los voluntarios. Pero, si examinamos bien, nos vamos a dar cuenta de que ninguna de estas personas es, en estricto rigor, “pasiva”. Son todos activos. Todos aportan a la nación. Es más, sin ellos, la comunidad sería insostenible. Tomen, por ejemplo, los padres que se quedan en casa para criar a sus hijos. Hoy día los costos de criar un hijo son privados, pero los beneficios son públicos. La mayoría reconocemos el valor y el beneficio que, como comunidad, obtenemos cuando los hijos son criados por sus familias. Es decir, la labor de padre o madre es fundamental para que la sociedad se mantenga unida, pero si el padre o madre nunca formó parte de la cadena de producción tradicional (y, por lo tanto, nunca aportó a su AFP), al llegar a la tercera edad va a vivir en la indefensión absoluta (salvo el apoyo que pueda recibir de sus propios familiares).

Muchos jubilados también siguen aportando a la comunidad a través de las múltiples actividades que realizan. Por ejemplo, si son abuelos, mantienen familias unidas y muchas veces facilitan la inserción laboral de sus hijos. El valor y el aporte de los artistas independientes, de las dueñas de casa y de los jubilados no tiene una cuantificación monetaria, pero no por eso no tiene valor. Es posible argumentar, incluso, que muchas veces son los mal llamados “pasivos” los que más aportan al sentido de identidad que como nación es necesario cultivar.

Avalar un sistema de “pensiones” que solo ayude a los que ahorraron en sus vidas “activas” es avalar un sistema que solamente valora la actividad de aquellos que se insertan plenamente en la cadena productiva, a la vez que desmerece y desconoce el aporte sustancial que otras personas le hacen y le han hecho a la nación entera.

Algo no está bien en esta imagen de país que estamos construyendo. Por eso es aconsejable terminar con esta división entre “activos” y “pasivos” (tampoco se debe usar en relación con el sistema de reparto). Ese es el primer paso hacia la construcción de una nación que comprende el valor de la comunidad y entiende que todos, independientemente de nuestra función específica en la cadena productiva, somos un aporte al país y merecemos vivir nuestra tercera edad con dignidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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