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Qué Duda Cabe: la muletilla de Burgos

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Daniel Moraga
Por : Daniel Moraga Psicólogo y Magister en Comunicación Política
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La pregunta que sirve de título es una de las muletillas que utiliza habitualmente Jorge Burgos cuando habla. Y habló, y quedaron muchas dudas. Ya en un artículo anterior, La billetera de Burgos, se habían dejado planteadas algunas dudas respecto del actuar del entonces Ministro del Interior y parece del todo posible contrastar esas hipótesis a 3 meses de distancia.

Durante el conflicto de Chiloé Jorge Burgos lanzó su famosa frase sobre la “billetera fácil” y luego estuvo la cuenta presidencial del 21 de mayo que marcaba un nuevo impulso del gobierno. Luego de ello, presentó su renuncia al cargo de ministro del interior. Según se comentaba por esos días le iban a pedir su renuncia y en ese contexto la presidenta Michelle Bachelet habría tenido un gesto con él, dedicándole una ceremonia, dedicándole numerosos halagos. Incluso, aplazando un cambio de gabinete mayor. Cansancio fue el argumento de Burgos para su alejamiento. Tomó vacaciones en Londres y desapareció durante dos meses aproximadamente.

Y retornó… defenestrando a la Nueva Mayoría, acusando al PC de hacerle mal al país al aferrarse en el programa, revelando además que él fue uno de los que puso la lápida a una modificación que abriera paso a una asamblea constituyente.

En esa vorágine discursiva es desde donde nacen las dudas: ¿Qué sentido tenía para Burgos, y por extensión a la DC, el programa de gobierno? Una cosa es pensar que se puede firmar cualquier cosa, ya que en el camino veremos cómo morigeramos su aplicación, y otra muy distinta es creer que todos quienes discutieron ese programa lo hicieron con la misma lógica. Con todo, es muy extraño que Burgos critique a una colectividad que ha intentado que el programa se cumpla.

[cita tipo=»destaque»]Sin embargo, y más preocupante aún, quienes se han plegado a los dichos de Burgos durante los últimos días, lo hacen llamando a la ciudadanía a retornar a un cierto idílico y pretérito estado de cosas, donde los acuerdos se podían hacer, donde funcionaba el consenso. Mirado desde afuera parece una fórmula burda de hacerle campaña a uno de los paladines de la época de oro de la concertación y que representó todo el pasado que hoy enarbolan: Ricardo Lagos[/cita]

¿A qué se refiere Burgos cuando habla del socialcristianismo y la socialdemocracia como el eje articulador de un futuro gobierno? ¿A los principios de la revolución en libertad que su partido enarboló arrejuntado con el Estado de bienestar de la socialdemocracia europea? ¿A los principios de una economía social de mercado amalgamados con la tercera vía que han destrozado la seguridad social en el viejo continente? ¿A una alianza tipo Concertación que en definitiva selle un pacto pro-crecimiento postergando las demandas sociales?

Estas preguntas tienen como telón de fondo una hipótesis política que algunos en la DC han insistido en marcar desde el inicio del gobierno: la gente no quiere las reformas y por eso rechaza al gobierno, y eso es lo que dicen las encuestas y etcétera, etcétera, etcétera.

Este argumentario que pretende ser novedoso, no es otra cosa que la vieja estrategia de marcar diferencias frente al adversario. En el caso de la derecha, el objetivo de fondo detrás de la estrategia es detener, volver al carril, transitar la grotesca senda de perfeccionar lo que existe, como nos ha señalado recientemente un José Piñera que intenta mostrarse sabio y humilde, sin siquiera darse cuenta que es torpe y que ningunea las aspiraciones de la gente que vive en carne propia las consecuencias del modelo.

A lo planteado por Burgos se ha sumado, con particular estridencia y desparpajo, Edmundo Perez Yoma, quien calificó la defensa del programa como una acción del comunismo internacional para implantar un modelo venezolano o cubano en Chile. Más allá de la flagrante mentira, esto en verdad se parece al viejo anticomunismo. ¿O será que lo tiene muy preocupado la discusión sobre el código de aguas que se ha venido desarrollando y que pone en riesgo sus negocios?, ¿qué modelo es ese? ¿De dónde lo sacó?

Sin embargo, y más preocupante aún, quienes se han plegado a los dichos de Burgos durante los últimos días, lo hacen llamando a la ciudadanía a retornar a un cierto idílico y pretérito estado de cosas, donde los acuerdos se podían hacer, donde funcionaba el consenso. Mirado desde afuera parece una fórmula burda de hacerle campaña a uno de los paladines de la época de oro de la concertación y que representó todo el pasado que hoy enarbolan: Ricardo Lagos. La ecuación que proponen es bastante simple. “Ricardo, retomemos lo hecho durante 20 años y, por favor, expulsa el lastre reformista de nuestro lado. Aquí estamos tus fieles escuderos para continuar apoyándote. Cárgate a la derecha que aquí te tenemos los votos.”

Pero la estrategia de los “chicos” rebeldes de la DC, plantea por lo menos tres temas fundamentales. El primero es que, con ese grado de deslealtad no es posible confiar en ellos. Es de lógica elemental que, a dos meses de su salida como ministro del Interior, Burgos no debería apuñalar a la presidenta de la República, dibujándola como alguien pusilánime frente al PC, sobre todo cuando ésta se encuentra débil y, más encima, tomando en cuenta que ella sí lo trató con delicadeza.

En segundo lugar la performance dada por estos señores demuestra su incapacidad de entender la manera en que se está configurando el escenario político. Por ejemplo, lo vemos en la Reforma Tributaria, que gozaba de un amplio apoyo social y político. Se discutió, fue aprobada por los diputados, hasta que pasó por “la cocina” del senador DC, Andrés Zaldívar, hoy seguidor de los planteamientos de Burgos. Después de la cocinada, la reforma tributaria, ya aprobada, no tenía aprobación ciudadana. Sus detractores se aprovecharon, señalando que estaba mal pensada, que no se entendía y, desde ahí a obtener beneficios políticos regalados. El episodio de la “cocina” fue altamente repudiado y tiñó toda la discusión que, hasta ese momento se daba. Luego el Gobierno tuvo problemas de gestión, ergo la culpa es del Gobierno y sus reformas. De esta forma, satanizaron las reformas, dejando de lado que éstas si importan, que sí son fundamentales para el desarrollo de Chile.

En tercer término, el sector de la DC que representa Burgos al hablar de pacto, de la necesidad de un nuevo pacto, se olvida que eso es precisamente lo que se está haciendo la discusión constituyente. Entonces que el ex ministro del Interior se jacte de haber desarticulado la moción que permitía que una nueva Constitución fuese definida mediante una consulta a toda la ciudadanía, abre la pregunta ¿Qué tipo de pacto quiere él entonces?

Al parecer no solamente hay que responder la pregunta -planteada en el artículo anterior- respecto de si Burgos es, negativamente un hombre de Estado, una especie de villano. Habría que agregar, como certeza, que es un hombre de pactos pequeños, de cocinas y sillones ministeriales, de firmar programas esperando que ganen elecciones, pero que no se cumplan, de traiciones palaciegas. ¿Cuántos de estos personajes quedan aun rodeando a la Presidenta?

Mientras, las pensiones seguirán generando pobreza, los salarios no facilitarán la vida, la educación y la salud serán negocios que no dan salud ni educación, sino muerte e ignorancia. Pero nuestros varones estarán pactando en sus sillones. ¿Qué duda Cabe?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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