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¿Sumar mujeres es sinónimo de cambiar la tradición?

por 24 septiembre, 2016

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¿Sumar mujeres a un colegio de hombres es realmente cambiar la tradición? La pregunta es pertinente, considerando algunas de las opiniones que ha generado la carta de Marina Ascencio, pidiendo eliminar la barrera de género para ingresar al Instituto Nacional. Los argumentos a favor y en contra parecen girar en torno a la idea de perjuicio y beneficio de la educar juntos a hombres y mujeres, pero el debate no puede agotarse solo en esta cuestión técnica. Porque la controversia también incluye la petición de algunos ex alumnos respecto a mantener la tradición, opiniones del Ministerio de Educación evitando “imponer” la mixtura en un establecimiento, y editoriales como los del diario La Tercera del día 21 de septiembre, diciendo que esta discusión no es prioritaria en un establecimiento que debe recuperarse de una crisis volviendo a sus raíces.

En dicho contexto, movilizar la palabra tradición puede generar inmediatas resistencias entre quienes abogan por avanzar en la inclusión en el espacio escolar. Sin embargo, se pierde una oportunidad de reflexión crítica si se califica a los tradicionalistas simplemente de conservadores anacrónicos. Difícilmente alguien puede aplaudir ciegamente una tradición si se sabe a ciencia cierta que aquella es injusta. Por lo mismo, es preciso mirar qué es lo que permite sostenerla como algo necesario, a sabiendas que está en conflicto con un ideal de convivencia social que se impone alrededor a través de la educación mixta. Más allá del aparente temor a modificar las cosas, sería más interesante prestar atención al modo como las tradiciones se infiltran en la identidad de un individuo, para desde allí ofrecer una pista de cambio. De otro modo difícilmente pueden operar cambios culturales, quedándose toda la operación en un mero mejoramiento cosmético de la matrícula.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que una persona se construye a partir no solo de lo que le ocurre sino también de la manera como relata su propia historia para otros, como para sí mismo. La tradición es algo que antecede al sujeto, que tiene un componente repetitivo y que se fundamenta en el “siempre se ha hecho así”, pero en el plano de la experiencia concreta ella opera en otro registro: la de proveer bienestar, la de administrar una seguridad, la de generar una distinción personal.

Marina alude a cuestiones como la justicia y la igualdad, pero dicho anhelo convive con el querer estar en el colegio donde estudió su padre, de poder continuar una historia familiar que va más allá de la excelencia académica. ¿Por qué sería entonces tan importante entrar el Instituto? Porque los colegios se transforman en “emblemáticos” no solo por sus resultados, sino también porque logran estabilizar un sentido de pertenencia social con mayor fuerza que otros. Y esa pertenencia se reconoce no solo a través de un diploma sino también mediante una serie de cosas que perviven en la memoria de sus egresados: la manera en que el colegio encauzó la vocación personal, el orgullo que proviene de haber sido capaz de sobrellevar las exigencias, los recuerdos que se tienen sobre determinados profesores que dejaron una marca en una generación de estudiantes, las formas en que se ocupaban los patios o incluso el tipo de bromas y sobrenombres que después se rememoran entre amigos a veces con un poco de vergüenza.

Son este tipo de cosas las que generan pertenencia (algo que Marina también quiere vivir) y que están en el corazón de la resistencia a cambiar la tradición. En este caso, algunos pensarán que el cambio amenaza su propia coherencia como sujetos, porque admitir mujeres sería implícitamente reconocer que su propia experiencia estaba equivocada o que era incompleta.

La tradición es algo que antecede al sujeto, que tiene un componente repetitivo y que se fundamenta en el “siempre se ha hecho así”, pero en el plano de la experiencia concreta ella opera en otro registro: la de proveer bienestar, la de administrar una seguridad, la de generar una distinción personal. Marina alude a cuestiones como la justicia y la igualdad, pero dicho anhelo convive con el querer estar en el colegio donde estudió su padre, de poder continuar una historia familiar que va más allá de la excelencia académica. ¿Por qué sería entonces tan importante entrar el Instituto? Porque los colegios se transforman en “emblemáticos” no solo por sus resultados, sino también porque logran estabilizar un sentido de pertenencia social con mayor fuerza que otros.

Sin embargo, la coherencia no depende únicamente de cómo se cuenta la tradición. Depende también de lo que la tradición deja dentro y de lo que deja fuera. Se podría pensar que en casos como el Instituto Nacional lo que faltó fueron las mujeres compañeras, pero esto es solo una cuestión parcial. La tradición construye también un tipo de masculinidad en particular, un estereotipo del “varón institutano” y lo mismo podría pasar para el caso de las mujeres. Porque la pregunta que surge a partir de la carta de Marina es cómo aquella podría encarnar entonces lo propio de ser una “institutana”. ¿En relación con qué se define ese valor? ¿Qué diferenciaría a las mujeres del Instituto de las de otros liceos o colegios en el mismo espacio social? ¿La manera de enfrentar las exigencias, las maneras de argumentar frente a un conflicto, las formas de relacionarse con los hombres de este o de otros establecimientos? ¿El tipo de carreras en las que luego se van a matricular?

Lo que queda todavía no se discute: es cómo la tradición genera un tipo de hombre y de mujer particular, excluyendo las sexualidades no dominantes, o las múltiples formas de encarnar la masculinidad y feminidad en relación con el estereotipo que se espera de un colegio tradicional. Porque los relatos de la  tradición son también historias sexualizadas: el patio es también un escenario de conversaciones sexuales, las bromas delimitan el tipo de sexualidad visible en las aulas y la camaradería configura una forma válida de ser galán o de ser mina que deja afuera otras alternativas.

Vayamos a un ejemplo más que concreto: una simple arqueología a los recuerdos de cualquier egresado o incluso egresada permitiría comprobar que las “chanas” eran aquellas estudiantes que vienen de un establecimiento donde es menos difícil conquistar a las mujeres, cuestión que reproduce no solo una aproximación machista a la sexualidad, sino también un modo de segregación entre mujeres que también movilizan esa etiqueta. Luego el sexismo anquilosado en la tradición no se desmantela solo por construir ahora una comunidad mixta. Sumar mujeres no es sinónimo de integrar a todas las mujeres.

Si no se repara en este tipo de situaciones, la petición de Marina conlleva el riesgo de reducir la integración solo a una cuestión de convivencia y no a la inclusión de sujetos cultural, social y sexualmente diversos. Mal que mal, esta invisibilidad de la diferencia dentro del relato de la tradición es aquello que impide catalogar la propia resistencia de los egresados como puro machismo. Frente a ello, creo que necesitamos un esfuerzo colectivo para imaginar cómo hacer para que el ingreso de una Marina al Instituto Nacional o de un Pablo en el Carmela Carvajal no termine por abolir una tradición para reemplazarla simplemente por otra forma de segregación también tradicional.

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