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Conservadores, progresistas y expectantes: la disputa por la Nueva Mayoría

por 11 octubre, 2016

Conservadores, progresistas y expectantes: la disputa por la Nueva Mayoría
Politizar la política –quitarle su neutralidad, tecnificación y asepsia–, parece ser el único mecanismo para acabar con la crisis de legitimidad del régimen y avanzar hacia un nuevo ciclo histórico caracterizado por la profundización democrática, es decir, por la representación popular versus la representación de la elite, la dicotomía que tanto irrita a Ottone y sus amigos.
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"Por una parte se habla del partido del orden como si el orden fuera un desvalor, como si el orden fuera algo que hubiera que combatir, como si no pudiera haber cambio y orden al mismo tiempo. Después, esta teoría de las elites y el pueblo, que es la versión disminuida de la lucha de clases. Como ya de lucha de clases no se puede hablar, porque el marxismo-leninismo ya no existe, ni existe el comunismo, ni existe un proyecto de socialismo real, porque eso ya existió en la historia y fracasó, entonces reemplazamos eso con una teoría que tiene su solidez teórica desde Mosca y Pareto, en fin"…

Con esas palabras Ernesto Ottone defendía a brazo partido la candidatura de Ricardo Lagos. Esto, en medio de un escenario marcado por una candidatura que no ha logrado el entusiasmo ciudadano que concitara en el 99. Al fenómeno se han referido, por diversos medios, analistas y actores públicos de izquierda y derecha. Editoriales y columnas, videos y entrevistas han abordado las diferentes perspectivas por las cuales esta campaña no prende, por lo que realizar un análisis etiológico parece innecesario.

Lo relevante de este proceso –abierto e iniciado por Lagos al mostrarse como carta para el próximo período– está en la identificación de la pugna política de poder subyacente, que se ha larvado al interior de la Nueva Mayoría, y que se correlaciona, no de manera exacta, pero bastante semejante, en la disputa histórica de las llamadas “dos almas” del bloque: los herederos de los “autocomplacientes” y “autoflagelantes” de la Concertación.

La importancia de identificar esta pugna tiene que ver con las consecuencias que se desprenden de quien gane.

Podríamos identificar tres grupos políticos transversales a los partidos en esta competencia: en primer lugar, los sectores más conservadores, o más cercanos a mantener el statu quo. En este grupo, la carta principal es Ricardo Lagos, y entre sus alfiles se encuentra Jorge Burgos en la DC, Camilo Escalona en el PS y la cuasimitad del PPD, la porción minoritaria que ha sido derrotada por el girardismo en los últimos años, donde podemos encontrar a Ricardo Lagos Weber, Felipe Harboe, Marco Antonio Núñez.

Este grupo celebra en su discurso constantemente la relevancia de la Concertación a la hora de acabar con la dictadura, y fundamentan, con parcial razón, la otrora imposibilidad de realizar más cambios en el Gobierno anterior del hombre que desafió por televisión a Pinochet. Fuera del ámbito político son afluentes de este cauce Somerville y Awad. Y, probablemente sin que el equipo de Lagos lo quiera, también la derecha más dura de todas, aquella que llegó a la conclusión de que el Gobierno de Piñera había sido traidor con la familia militar y era, a fin de cuentas, un “socialista” más.

En este grupo hay otros tres precandidatos con muy poca solidez por estos días: José Miguel Insulza, que por el poco vigor y poco apoyo en las huestes de este bando, es crónica de una muerte anunciada. Ignacio Walker, quien se esfuerza por llevar a su partido fuera de la primaria, directo a una primera vuelta para tratar de contrarrestar el desplazamiento de la opinión pública hacia posiciones que él denomina “populistas”, y volver a vigorizar así a la DC. Y, por último, Jorge Tarud, que es hasta la fecha el precandidato más solitario del bloque.

Lograr que los sectores progresistas posicionen una agenda y triunfen a la hora de ungir al candidato, probablemente decante en el quiebre de la Nueva Mayoría tal como la conocemos hoy: ya suficiente se han incomodado los sectores conservadores con la actual administración, como para aguantar eventuales cuatro años más si es que continúa o –peor aún para ellos– se profundiza una agenda de cambio social en beneficio de las clases populares y desmedro de la oligarquía.

El segundo grupo podría denominarse progresista. Está marcado, en mayor o menor grado, por una visión más crítica respecto a las gestiones concertacionistas y, a la vez, se suele mantener más identificado con las políticas del Gobierno de Bachelet, o de los postulados de fondo que las guiaron primigeniamente, antes de la fractura del bloque y la vulnerabilidad establecida tras el caso Caval.

Este sector presenta más alternativas presidenciales que el anterior y, al mismo tiempo, estas están menos coordinadas entre sí (a diferencia de Lagos-Insulza, que compiten entre ellos con excesiva delicadeza). Aquí figuran Alejandro Guillier, quien baila con la ventajosa chapa de no ser político en estos tiempos de descrédito. Y por el PS marchan dos precandidatos: Isabel Allende, quien en su calidad de presidenta del partido ha logrado, a pesar de ese título, mantener altos niveles de aprobación ciudadana, pero que se enfrenta también a la dura encrucijada de asumir el desafío presidencial y, a la vez, dejar la oportunidad casi segura de ser reelecta como senadora, lo que es especialmente peligroso para su afán si es que llegase a perder la disputa presidencial, porque quedaría marginada de la escena política y esta marginación sería aplicada con especial inmisericordia por parte de sus adversarios internos, en particular el escalonismo.

Todo parecería indicar que el mejor escenario posible para Allende es en la mitad de un próximo período en el Senado, y habiendo despejado como contrincante a Sebastián Piñera, que, mal que mal, es el candidato más competitivo que ha tenido la derecha en décadas. El otro socialista que corre dentro de este grupo es Fernando Atria, académico y uno de los líderes intelectuales tanto de la izquierda del PS como también para muchos de los partidos y movimientos políticos que se empiezan a cristalizar hoy por hoy en el denominado Frente Amplio.

Hay un tercer grupo, que podríamos llamar el de los expectantes. Este grupo será crucial para ir dirimiendo los candidatos que finalmente lleguen a la primaria, aunque por las condiciones de descrédito de la coalición es difícil que puedan ser tan influyentes como para evitar dicho proceso, escenario que hubiese sido el ideal para Lagos.

Este grupo es ideológicamente muy variopinto: en él está Pepe Auth, reconocido como experto electoral y, al mismo tiempo, como un político cercano al primer grupo, pero que ha evitado su apoyo manifiesto a Lagos, probablemente porque en su calidad de experto es capaz de ver la enorme resistencia que genera el ex Presidente en sendos sectores sociales. Apoyar a un candidato que pierde, es también perder y Auth lo sabe. Paradójicamente Auth se encuentra en el mismo grupo que sus ex adversarios internos: el oficialismo del PPD (Jaime Quintana, Guido Girardi), quienes probablemente por motivos similares han evitado mostrar preferencias políticas por los candidatos ya proclamados.

Un conjunto que se encuentra prácticamente completo en este grupo –como es de esperarse– es el Partido Comunista, que, a diferencia del ejemplo anterior, es una agrupación que ideológicamente está de manera muy clara en el segundo grupo. La voluntad de Daniel Jadue por competir, pero el poco entusiasmo que despertó esto en Teillier, da la impresión que tiene que ver más con el cálculo político. Una candidatura comunista tiene menos posibilidades de vencer en una primaria abierta que una candidatura de los conservadores o bien de los progresistas ya mencionados y, además, si compitiese, el nicho electoral que disputa sería precisamente con Allende, Atria o Guillier, lo que fortalecería las opciones de Lagos, quien es, evidentemente, el candidato más resistido por el PC.

Por último encontramos en este grupo a Andrés Zaldívar, quien, siendo parte de los sectores conservadores, también impresiona porque ha sido capaz de darse cuenta de la animadversión que genera el partido del orden, o las posiciones más conservadoras en la sociedad, de ahí que apoyar a Lagos hoy le puede significar a él y a su partido quemarse a priori y quedar en una posición tan desventajosa como lo que le ocurrió a Orrego en las últimas primarias. Tanto es así, que hasta se ha mostrado en contra de competir directamente en primera vuelta.

Reconociendo más o menos los grupos que se disponen a competir por el liderazgo de la Nueva Mayoría –asumiendo la variabilidad política que quede a merced de las futuras encuestas–, resulta importante entender lo que está en juego de fondo, para así definir la apuesta. Para los sectores progresistas que puedan encontrarse en la Nueva Mayoría es de especial importancia lograr la unificación precoz, en términos políticos, discursivos y programáticos, con un solo candidato o candidata. Si esto no sucede, la poca competencia dentro del grupo conservador, la gran influencia en la elite política y económica de dichos dirigentes, el amplio apoyo mediático y los años de circo, terminarán por hacer naufragar cualquier proyecto que pretenda la profundización democrática y de derechos sociales, sin subvenciones ni lucro.

Lograr que los sectores progresistas posicionen una agenda y triunfen a la hora de ungir al candidato, probablemente decante en el quiebre de la Nueva Mayoría tal como la conocemos hoy: ya suficiente se han incomodado los sectores conservadores con la actual administración, como para aguantar eventuales cuatro años más si es que continúa o –peor aún para ellos– se profundiza una agenda de cambio social en beneficio de las clases populares y desmedro de la oligarquía.

No obstante aquello, muchos miramos con buenos ojos el quiebre definitivo de la ya histórica alianza entre el centro y la izquierda, en la medida en que se acompañe de otras reformas sustantivas a la institucionalidad política: el fin al Tribunal Constitucional como tercera cámara, la consecución de un Parlamento unicameral, el paso a un Ejecutivo semipresidencialista y una descentralización radical del país. Todos estos cambios podrían hacer perfectamente viable la existencia de una escena de tripolaridad o tetrapolaridad, en vez del binominalismo de facto, con proyectos claros y una línea ideológica identificable.

Politizar la política –quitarle su neutralidad, tecnificación y asepsia–, parece ser el único mecanismo para acabar con la crisis de legitimidad del régimen y avanzar hacia un nuevo ciclo histórico caracterizado por la profundización democrática, es decir, por la representación popular versus la representación de la elite, la dicotomía que tanto irrita a Ottone y sus amigos.

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