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Migración en Chile: la administración electoral de la xenofobia

por 17 enero, 2017

Migración en Chile: la administración electoral de la xenofobia
El hecho político es que irresponsablemente se ha generado un grave daño a la confianza y la convivencia intergrupal, el cual tiene un correlato directo en los territorios, en la convivencia concreta, en las relaciones vecinales. La persistencia de estos relatos simplemente modifica la riqueza y diversidad sociocultural del ciudadano extranjero y su aporte, trasladándolo y minimizando a ese “otro” como agente de sospecha y desconfianza, depositario final de estereotipos sociales negativos. De ahí que las declaraciones irresponsables de la oposición y los candidatos presidenciales, por un afán electoralista de corte populista, no hayan escatimado esfuerzos en el tremendo daño causado en las relaciones a este nivel, respecto de quienes han querido hacer de Chile su tierra.
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Con estupor hemos visto –a propósito de los flujos migratorios recientes hacia Chile– de qué manera, ciertos sectores de la política nacional, intentan homologar a la migración con delincuencia. Así como el caso de Trump en EE.UU. o Le Pen en Francia, esta situación ha abierto una oportunidad política única para sectores conservadores de los países de acogida, para posicionarse en la opinión pública reflotando viejas banderas de nacionalismos e intolerancia hacia ciertas nacionalidades, credos o etnias.

De este modo, el multiculturalismo a nivel internacional imaginariamente pareciera ponerse en cuestión, debido a que las actuales coyunturas geopolíticas de movilidad humana globales, cosechan el momento ideal para validar la contraposición entre multiculturalismo versus  nacionalismo, capitalizando políticamente esta situación. De esta misma forma en Chile se ha importado de manera explícita y asumido el modelo de la administración electoral de la xenofobia. Si bien la tesis de delincuencia y migración se cayó por sí sola, asociando irregularidad migratoria con delito, ya que esto es una falta administrativa, y comprobándose que solo el 1% de los inmigrantes ha cometido delito, lo anterior ha iniciado un proceso abierto de erosión de las relaciones de confianza interculturales, al poner en cuestión el aporte de la migración en Chile.

Qué duda cabe de que la ley de 1975 frena y obstaculiza la inclusión efectiva, y aún más cuando condiciona la regularidad migratoria a un contrato de trabajo donde el centro de esta relación desigual es el empleador, vale decir, en una relación entre privados. Como también una estructura anacrónica institucional que no va al paso de la aldea global, carente de inclusión efectiva. La herencia de la dictadura sigue vigente en materia migratoria, dictadura que muchos –que vociferan contra la ley hoy– apoyaron. Es decir, en medio de las consecuencias que provoca esta ley creada bajo sospecha y resguardo nacional, estos mismos grupos hoy capitalizan sus falencias para agitar el miedo.

Desde este punto de vista, hay un oportunismo político que este 2017, en vísperas de las presidenciales, puede verse incrementado –administración electoral de la xenofobia–, homologando la migración con delincuencia u otros males. El hecho político es que, irresponsablemente, se ha generado un grave daño a la confianza y la convivencia intergrupal, el cual tiene un correlato directo en los territorios, en la convivencia concreta, en las relaciones vecinales. La persistencia de estos relatos simplemente modifica la riqueza y diversidad sociocultural del ciudadano extranjero y su aporte, trasladándolo y minimizando a ese “otro” como agente de sospecha y desconfianza, depositario final de estereotipos sociales negativos. De ahí que las declaraciones irresponsables de la oposición y los candidatos presidenciales, por un afán electoralista de corte populista, no hayan escatimado esfuerzos en el tremendo daño causado en las relaciones a este nivel, respecto de quienes han querido hacer de Chile su tierra.

No hablamos solo de la migración reciente, sino de miles que hoy están con visa definitiva avecindados en el país. Familias y sus niños en las escuelas, muchos de ellos hoy chilenos de padres extranjeros, que comienzan a ser mirados con desconfianza desde el temor infundado o el cuestionamiento de su aporte al país. ¿Pero quiénes son los sujetos de la sospecha? No son los inversionistas “extranjeros”, no son los migrantes europeos, sino más bien el miedo se funda y dirige hoy hacia la cultura caribeña, afrodescendientes y segmentos vulnerables, en cuanto estos “atentan contra la moral chilena”, incomodando a los sectores conservadores.

No hablamos solo de la migración reciente, sino de miles que hoy están con visa definitiva avecindados en el país. Familias y sus niños en las escuelas, muchos de ellos hoy chilenos de padres extranjeros, que comienzan a ser mirados con desconfianza desde el temor infundado o el cuestionamiento de su aporte al país. ¿Pero quiénes son los sujetos de la sospecha? No son los inversionistas “extranjeros”, no son los migrantes europeos, sino más bien el miedo se funda y dirige hoy hacia la cultura caribeña, afrodescendientes y segmentos vulnerables, en cuanto estos “atentan contra la moral chilena”, incomodando a los sectores conservadores.

En consecuencia, no resultaría extraño que el desconocimiento ciudadano respecto de este tema sea capitalizado por los prejuicios de los grupos de interés que, instalados en la opinión pública, se objetivaban con encuestas “exprés” que refrendaran el plan comunicacional de homologar el miedo respecto de delincuencia con migración. Es por esto que no es de extrañar, por ejemplo, que la encuesta Cadem consulte ex post si piensa que los extranjeros que cometen delitos deben ser expulsados, y no genere la interrogante inversa al ciudadano, respecto de si está al tanto de que existe un convenio internacional ratificado por Chile, que no habilita romper con el principio de reunificación familiar. Al menos sobre esta interrogante 90% se inclinaría por no estar al tanto. Distinto sería plantearse desde esa vereda, opción desestimada para refrendar el miedo y, por ende, las medidas populistas.

Como ya es de sumo conocimiento, actualmente –según datos del Departamento de Extranjería y Migración (DEM)– 2,7% representa la población migrante en el país. Si vamos al análisis de censos históricos, el dato de mayor flujo migratorio fue en 1907, de 4,1%. Es decir, Chile aún no se supera a sí mismo en términos porcentuales respecto del flujo migratorio. El tema tiene una relación directa, más que con los datos cuantitativos, con las subjetividades, con el sumo desconocimiento de la ciudadanía y cómo esto es moderado por los relatos xenófobos, las actitudes y los prejuicios, alterando la convivencia.

Qué duda cabe que el tema del prejuicio, étnico, nacional, no se arregla con una ley que modifique o regule entradas o salidas mediante sistema de visas. El oportunismo de reemplazar la ley anacrónica de migración de 1975 no debe ser la excusa para dar paso a relatos xenofóbicos, no inclusivos y de intolerancia. El racismo y el prejuicio deben ser asumidos en su integralidad desde una política en general y políticas públicas en particular. La irresponsabilidad de los relatos xenofóbicos populistas, en autoridades locales y personeros políticos, han validado y facilitado la proliferación ciudadana de grupos por la defensa de “identidad chilena” –en tanto grupos organizados y foros virtuales– o, sin ir más lejos, en la operacionalización de ataques de violencia, realizado a dos ciudadanos peruanos el 1 de enero de este año, por una turba en las calles de Santiago, acto que pasó inadvertido. Con la misma fuerza –de un país democrático, pluralista– que defiende hoy las banderas de género, diversidad sexual, debe asumir el rechazo pleno a la intolerancia y a la xenofobia.

Lo anterior significa avanzar en la construcción desde una visión de país hacia el futuro, de tolerancia al otro, de inclusión en reciprocidad y respeto. Ello no solo por los ciudadanos extranjeros residentes en nuestro país, sino por el más de millón de chilenos que están fuera de nuestras fronteras. El prejuicio y la intolerancia no están anclados en el ciudadano extranjero, sino el problema está radicado en nosotros mismos, en el ciudadano chileno. De ahí la pregunta que debemos plantearnos: ¿es capaz el chileno de recepcionar la diferencia, la diversidad y la interculturalidad, y sortear el boom mediático y la administración electoral de la xenofobia?

El rol educativo a todo nivel desde el Estado hacia la comunidad es fundamental, en caso contrario, el desconocimiento de la ciudadanía o el síndrome de la isleñofobia hará mella a los relatos de la administración electoral de la xenofobia. Esto supone un cambio cultural, y responsabilidad política. Debemos recordar que todos en gran medida, de una u otra manera, venimos de un segmento de la migración. Pareciera disonante que, aquellos que portan estos apellidos, hoy desconozcan su herencia familiar e intenten levantar muros simbólicos que a los suyos otrora no fueron impuestos y gozando de un pleno desarrollo. La inconsistencia interna de esos grupos no los valida para la generación de barreras reales ni simbólicas de ningún tipo. Ni aún menos para levantar temores a cuenta de la población migrante.

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