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Caso Venezuela: de la ignominia al desacato

por 5 febrero, 2017

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No creo que exista un país en el mundo que este ajeno al éxodo masivo de venezolanos de su patria en busca de oportunidades en otras fronteras.  España por supuesto, es uno de los países que son elegidos de manera “predilecta” por los emigrantes en busca de un mejor futuro.

                Hablar de las motivaciones que conlleva a este grupo de personas de atravesar el océano para radicarse en otro país podría llevarnos un libro entero pero (y siempre hay un pero) la realidad es que existen elementos que son comunes que ciertamente conllevan a realizar un ejercicio de reflexión.

             La palabra  ignominia la podríamos definir como una ofensa grave al honor de una persona. Una afrenta pública pero no a un venezolano en particular sino al sentimiento patriótico que nace con la persona, al sentimiento nacionalista que define al que nació y creció en un país.

Este es sin duda el primer  elemento que se lleva el emigrante venezolano, un sentimiento de dolor por haber perdido una parte de su ser, un suspiro al vacío porque le es difícil reconocer que algo ha cambiado y el malestar de admitir que si tantos han emigrado de esta nación caribeña es porque sencillamente las cosas no están bien.

Ese sentimiento no es perteneciente únicamente al emigrante sino al venezolano en general, el que aún está en su país, el que espera que las cosas mejoren, el que se plantea volver algún día…

 Y antes de sonar como “golpista”, “conspirador” o “peón del imperio” hago referencia a un desacato más sutil y para nada violento: el que para muchos venezolanos consistió en dejar a sus familias de lado y hacer maletas o,  que para otros es luchar en silencio intentando levantar un país que se hace añicos sin merecerlo. Un desacato que no consiste en la forma sino en el fondo, un desacato que quizás sea un fútil intento de voltear la mirada para no ver al tricolor perecer sin dar batalla.

No se trata de hablar con pajaritos que traigan soluciones mágicas ni de pegarse con el pecho escuchando la canción: “Yo me quedo en Venezuela” del caraqueño Carlos Baute (que hace mucho tiempo fue un emigrante más en la lista de este país).

No hay mal que dure mil años ni cuerpo que lo resista yo me que en Venezuela porque yo soy optimista”

¿Imágenes? Existen muchas, ¿Realidades? Solo la que cada uno lleva consigo. ¿Médicos que prefieren ser mesoneros? ¿Profesionales que prefieren ser barrenderos? No es cuestión de denigrar ninguna profesión. ¡Al contrario! El trabajo dignifica y hoy en día el venezolano lo está demostrando lejos de sus fronteras.

Pero este no es un texto para venezolanos, así que vamos a definir la ignominia a la que me refiero: ¿Colas de toda una noche para comprar pollo? ¿Ir a un supermercado y no conseguir aceite, arroz o caraotas? ¿Qué un salario mínimo de para dos litros de aceite de oliva? ¿De  no poder hablar por teléfono en la calle porque te pueden robar? O que, sencillamente resulte imposible para un venezolano promedio conocer el salto ángel por lo costoso que resulta.

Algo se perdió en el camino, no se trata de colores políticos ni de banderas partidistas, no se trata de socialismo contra capitalismo, ni de izquierda o derecha… Es algo más simple, más sencillo, más palpable. Se perdió en algún lugar las pautas mínimas de calidad de vida, se fue cediendo poco a poco hasta que no queda nada que entregar y con esto nace el desacato.  

Y antes de sonar como “golpista”, “conspirador” o “peón del imperio” hago referencia a un desacato más sutil y para nada violento: el que para muchos venezolanos consistió en dejar a sus familias de lado y hacer maletas o,  que para otros es luchar en silencio intentando levantar un país que se hace añicos sin merecerlo. Un desacato que no consiste en la forma sino en el fondo, un desacato que quizás sea un fútil intento de voltear la mirada para no ver al tricolor perecer sin dar batalla.

Venezuela hoy en día no son sus fronteras sino los corazones tricolores que están esparcidos por el mundo.

Y unas últimas líneas para los europeos, No se permitan caer en promesas de un socialismo que no es socialismo, no existen atajos pero si tropiezos en promesas fútiles, los valores y principios no son renunciables porque en ningún momento se debe sentir lastima por un país que volverá a levantarse.

Y en cuanto a los aludidos, no desesperen, el legado de todo inmigrante es convertirse en un bastión, un faro que irradie luz en días de tormenta, en un elegido que levante la voz cuando las cosas se tuerzan ya sean en su país o en cualquier otro y, siempre queda la esperanza de que en unos años vuelvan a su patria de la misma forma que muchos hijos o nietos de europeos se reencuentran con la suya años después de su partida.

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